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ESQUIZOFRENIA 

Aquel monstruo que lo acechaba al dormir nunca más le molestaría. Empezó por preguntarle si se encontraba bien, después y por aquella boca de serpiente, se dirigió a él por su nombre. Enseguida supo que era la voz de Selkie, la sirena malvada. No consiguió engañarlo, de debajo de la almohada donde cada noche lo escondía, el filo de un cuchillo tan largo como su antebrazo sería su respuesta. Se abalanzó sobre la sombra para, una y otra vez, clavárselo en el vientre. Entraba y salía como si fuera mantequilla. Mientras tanto, con la otra mano le ahogaba cualquier grito sellando aquellos labios. Cuando su enemigo dejó de patalear, de abrir del todo unos ojos de color cielo y que le recordaban a alguien, se sorprendió al ver que uno de los senos había quedado fuera del camisón de seda champán. Era un milagro que estuviera libre de cuchilladas.

— No puedo dejar que nada tuyo viva. Es o tú, o yo. 

Y según lo pronunciaba, fue asestando media docena de puñaladas más que alcanzaron el pezón y le salpicaron los labios dejándole un gusto metálico.

Encendió la luz de la mesilla y, durante unos segundos, el silencio de la casa fue un bálsamo. Solo oía el fuelle de su pecho cabalgando al galope. Sin embargo,  aquellos hilillos de sangre que manaban de la tripa y de los brazos eran como agujas que se le clavaran en los ojos. Se levantó y abriendo el armario, descolgó una bata blanca de la mujer a la que acababa de matar. Girando la cabeza para no verla, la cubrió desde los pies hasta el pelo con tantos vestidos, faldas y pantalones como pudo descolgar. Pero aquella mancha era una marea viva que ya cubría toda la cama goteando hasta el suelo. 

Alcanzó el cuarto de baño en tres pasos pero arrastrando los pies por la moqueta. Con la mano se apartó del rostro el humo que sentía a su alrededor y que le hacia tambalearse. Se tuvo que apoyar en las paredes, dejando manchas de sangre en los azulejos, antes de dar el interruptor y quedarse erguido frente al espejo del lavabo. Cuando el halógeno lo iluminó, vio a alguien irreconocible. Los ojos estaban inyectados de furia y se le salían de las órbitas, el cabello estaba alborotado y pequeños riachuelos de sudor y saliva carmesí le colgaban de la mandíbula. 

Antes de abrir el grifo, vio el frasco de pastillas. 

—Veinte días sin tomarlas. Nunca más lo haré — dijo mientras que soltaba una carcajada que se mezcló con el rumor del agua. 

Hizo un cuenco con la mano en la que no llevaba el arma, la puso debajo del chorro y, en media docena de veces, la llevó hasta la nuca para refrescarse. Según las gotas corrían por la espalda, alguna lágrima se desbordó mejilla abajo. De un manotazo, las secó todas. ¿Llorar, por qué o por quién?, pensó. Pero no conseguía dejar la mano quieta, la llevaba hasta la chaqueta del pijama intentando hacer desaparecer los rastros de sangre. Entonces, el sonido del cuchillo al chocar contra las baldosas del suelo retumbó como un tañido de campana. Él apenas lo oyó, estaba absorto en las imágenes de reptiles y demonios que volvían a danzar dentro de su cabeza.

Tampoco escuchó al niño que estaba en la puerta. Lloraba y se le mezclaban las lagrimas y los mocos en el chupete que mantenía en la boca. Solo lo descubrió al agacharse para recoger el cuchillo. Como una estatua, estuvo mucho rato vigilándolo a través del espejo. No movió ningún músculo de la cara ni del cuerpo cuando, alzando la voz, dijo: 

—¿Qué quieres de mí. No has visto que me sé defender de vosotros?

El pequeño no entendía lo que le quería decir pero dejó de lagrimear y esbozó una sonrisa a quién ya llamaba papá. En ese instante, el hombre se revolvió como un felino y con su arma atacó a aquella sombra, a aquel engendro que lo había amenazado y de la que todavía escuchaba el eco de unas carcajadas. El ruido del agua al golpear sobre la loza apenas amortiguó los chillidos cuyos restos quedaron esparcidos por las cortinas del baño y del inodoro.

El olor a muerte: ácido, seco y fétido, impregnó el hogar de aquel ser esquizofrénico y al que aún le quedaban unos cuantos monstruos más por matar.

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