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Corres tanto como tus piernas te lo permiten. Es en ese momento cuando tu imaginación, guiada por esta singular décima musa, explota y se convierte en la leña que da luz y calor a las historias que escribes. Lleva mucho tiempo siendo la única razón por la que cada día tus pies golpean el asfalto en más de diez mil ocasiones. Otros necesitan ver delante un montón de hojas en blanco con unos cuantos lápices afilados al lado, alguno recurre a escuchar a Vivaldi. En tu caso, es el viento o la lluvia sobre la cara lo que sirve para levantar el telón de tus cuentos. Hasta hoy nunca lo habías hecho a medianoche y mientras un manto helado deja congelado aceras y charcos. ¿Buscas que el vaho se transforme en frases y estas en párrafos? ¿O, tal vez, es que esperas encontrar el desenlace al cuento que estás escribiendo según atraviesas un mundo en el que todo está dormido?

Nada se mueve, salvo tus piernas y brazos. La quietud asusta bajo unas estrellas que parecen agujas. Escuchas por los auriculares, ‘Spain’, de Chick Corea, hasta que el murmullo de una voz conocida te habla más alto que la música. 

—¿Y qué te piensas, que con describirme con los ojos como si fueran las cuchillas de una tijera, con un mentón puntiagudo y manos similares a las garras de un lobo, cada lector supondría mis porqués? No te das cuenta, pero eso ya lo han hecho cientos, miles antes que tú. El nuevo ‘Hyde’ proclamas. Te pierde verlo ya escrito en la contraportada, al lado de tu foto, cuando lo que yo quiero es asegurarme de pasar a la historia, ser un personaje conocido por generaciones y generaciones de personas.

 

Sabes que nada conseguirás subiendo el volumen, nada girando la cabeza hacia atrás o hacia los lados. Sabes que él no dejará de bracear a tu lado y que el aliento de los dos siempre se mezclará con el aire que tienes a tu alrededor. Si regresaras a casa para ducharte y después arrebujarte con la manta, si no le contestaras, tal vez desaparecería para siempre. Pero con estas pesadillas es mejor olvidarse del nudo y del desenlace, del conflicto y de los giros. Tal vez, dialogar con tu personaje sea lo único que puedas hacer.

—Para ti es fácil decirlo, solo opinas sobre el resultado final. Eres como esas tartas de cumpleaños para niños con un ‘Bob Esponja’ dibujado por fuera. Nadie sabe si dentro llevarán crema, chocolate, bizcocho o galleta, si serán empalagosas, hasta que las pruebas. En tu ficha de personaje figura que eres inteligente y minucioso, paciente y sagaz, atrevido e imaginativo. Pero ya narré que tu padre te pegaba… —te cuesta seguir hablando, la carretera se ha empinado y el oxigeno parece quedar estrangulado en tu garganta— … cuan… cuando aún eras un mocoso y vivía tú madre; que…  tu tío te acogió en cuanto detuvieron a tu padre nada más… nada más que te quedaste huérfano de quien te había parido, pero este se metía en tu cama cad… cada noche y te contaba historias de demonios y ángeles mien… tras… te cogía de la mano para que la llevarás más abajo de su vientre; que los ojos se te humedecieron al… —aguanta un poco, unos metros más y empezará la bajada— …poner las manos sobre el cuello de tu primera víctima, una niña de solo siete años, aunque haya sido la única vez que te ha ocurrido. Solo yo sé de qué estas hecho y la novela, mi novela… o la tuya, si lo prefieres, no está a tu servicio. Es… al… revés. 

 

Como tu pensamiento, las piernas eran un molinillo hasta que empezaste a ver las farolas borrosas. Un martillo baja de cada una cuando pasas al lado. Te has parado y te quedas doblado por la cintura, con las manos en los costados. Parece que te estuvieran aserrando por dentro. Toses. Escupes. Bilis y mocos. Lágrimas y rabia.

 

—Tranquilo, no me iré de tu lado. Esta calle está muy solitaria y te aseguro que hay gente peor que yo fuera de tu imaginación —te dice mirándote de arriba abajo según habla.

—Cuanta más ironía demuestras, aun sabiendo lo mucho que desprecias a las normas sociales, más atractivo te vuelves. Eres un hijo de puta, pero simpático, un asesino que, aunque nos cueste reconocerlo, no quisiéramos ver con grilletes. Pero ¿sabes por qué? Porque estás enjaulado en nuestro cerebro y, de ahí, nunca podrás salir.

Te ofrece una mano, como si necesitaras una catapulta para continuar. Le miras a los ojos y te das cuenta de que son saltones. En cuanto a él le llega tu descubrimiento, tu pensamiento, sonríe y acaba por soltar una carcajada. Una risa que te hiela más y más. 

—¡Hay tantas cosas que todavía no has descubierto de mí! —te dice todavía con el brazo extendido y la mano abierta.

 

Sigues parado, tosiendo. Cruzas los brazos sobre el pecho y te golpeas en los costados de la espalda con las manos. Buscas no perder calor. Buscas ser tú el escritor y él tu personaje. No quieres dejar que se inviertan los roles.

—Te daré la razón. Miles ya lo escribieron, otros tantos lo harán. La literatura, toda la literatura, incluso la que me ha permitido crearte, está formada por un muro de ladrillos, todos iguales, unos apoyados en otros. Muy pocos son los que consiguen incrustar en esa pared una vidriera o una escultura de mármol. Entre estos, apenas uno o dos consiguen los soñados aplausos y bravos. Pero en el muro están todos. Ahora, si no te gusta ser un humilde ladrillo tengo la solución. Total, solo son doscientas páginas. Arrepentirte al verte al lado de los troncos de la chimenea no te servirá cuando tengas las llamas cerca.

 

Vuelves a correr, despacio, comprobando que el pecho ya no te oprime. Miras al frente, no te giras, aunque no dudas que él sigue marchando a tu lado.

—Muy bueno el discurso. Si no tuviera que impulsarme con los brazos para imitarte, chocaría las palmas de las manos hasta enrojecerlas. ¿No eras tú quién escribía para multiplicar la vida, la tuya, en otras vidas, en otros lugares, en otras aventuras que no cabrían en una simple existencia? Eso cuentas a todos y ni tan siquiera son palabras creadas por tu cerebro. Sin mí, nada de tu declaración se cumpliría. Haz lo que quieras, quémame, pero piensa que tampoco eres original. Pepe Carvalho ya lo hacía, ya quemaba libros impresos, reconocibles y famosos, en su chimenea. Lo tuyo solo son unas cuartillas llenas de tachones. No juegues a ser dios, o… ¿es eso, en realidad, lo que te lleva a emborronar folios? 

—No te apropies de lo que no te pertenece. Ya que lo mencionas, te diré que si bien la felicidad completa no existe, mientras lleno papeles en blanco con historias y personajes la rozo. Créeme, no me puede el ego literario. Si tuviera resuello, si no temiera rasgar este silencio, gritaría que me gusta imaginar y escribir, que disfruto creando monstruos como tú o seres tan bellos como cualquiera de las mujeres que te amaron y que tú, obsesionado por las puñaladas mortales que tu padre clavó en el pecho de tu madre, pretendes imitar. Pero ¿sabes? contemplándote ya no te imagino solo como un asesino, no. Más bien un genocida, otro despiadado y enloquecido Hitler sobre cuyos hombros danzan los esqueletos de millares de niños, mujeres y hombres. Claro, a ti te da igual, tú único fin es volverte tinta. Con eso te conformas. 

 

Lo has dicho de tirón y, por primera vez desde que apareció corriendo a tu lado, has logrado enmudecerlo. Involuntariamente, te giras, por si hubiera desaparecido. No, sigue ahí, está callado, acusando el golpe, a tu misma altura.  

Un poco más adelante, imaginas una figura que sale de entre las sombras. Alguien en dirección opuesta a la tuya. Tendrás que apartarte, por precaución o para no arrollarle. Sin apartar la vista de ese obstáculo, despreocupado ahora por el fantasma que corre a tu paso, ves que camina arrastrando los pies. A la vez, de su mano cuelga un palo alargado trazando un surco por las baldosas de la acera.

—Eres tan mediocre… renaceré y no podrás reclamarme, no podrás ni pensar que esas fibras eran las mías… —empiezas a desviarte según él te habla, libras la acera y saltas a la calzada, el hombre está a unos pocos metros, pero tu personaje continúa en línea recta con su frase— …no llegarás a identificarme. Tú te conformas siendo uno más del montón, de esta manera no se sufre…

En ese instante, cuando las dos sombras chocan sobre la acera, lo oyes. Primero el chasquido, como el de una rama que cruje al quebrarse, luego su voz, esta vez rota, vomitando un: «Papá… papá…» a la que se superpone otra, una que pocas veces habías escuchado antes y que dice: «Me equivoqué de víctima, era a ti a quien debía matar y no a tu madre cuando se puso en medio»

Miras tu reloj, las ciento noventa pulsaciones parecen quererse salir de tu pecho y perderse en la noche. Te quedan aún veinte minutos. Las notas del piano de ‘Satin Doll’ y la respiración de Oscar Petterson regresan a tus oídos. En el suelo hay ya charcos con un fino cristal por encima. Los evitas y sigues corriendo.

 

                                                            ***