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La minifalda no impedía que el frío, en forma de agudos pinchazos, lo sintiera entrepierna arriba. Solo las botas hasta la rodilla protegían algo sus piernas desnudas. Una fina capa de hielo se estaba formando sobre el cristal del coche en el que estaba apoyada cuando el vocerío deslenguado de otras compañeras la puso sobre aviso. Se aproximaba un vehículo, un nuevo cliente y la posibilidad de guarecerse, aunque solo fuera por un rato, del cruel invierno. Sabía  que ser su primera semana en aquella oscura calle del polígono industrial, sumado a un cuerpo joven y menos ajado que el de las otras, suponía una ventaja. Efectivamente así fue. El auto paró a su altura y bajó la ventanilla.

—De acuerdo, sube —respondió una voz temblorosa y afeminada tras haber dicho ella el servicio y la tarifa.

A pesar de que con aquella penumbra no llegara a distinguir del todo los rasgos de aquel tipo, al entrar en el habitáculo percibió algo extraño. Intentando descubrir qué la desasosegaba tanto, si el olor ácido mezclado con ambientador barato o el anodino perfil del hombre, de cara muy fina y cutis encerado, transcurrieron los primeros minutos mientras se alejaban del lugar.

—En el parque de ahí al lado nadie nos molestará —soltó ella poco después, pretendiendo aparentar tranquilidad ser convincente.

—No, iremos a otro lugar —fue la escueta respuesta y lo que prolongó su inquietud, al mismo tiempo que las luces de la ciudad empezaban a quedarse atrás.

Abandonaron la carretera por un camino sin asfaltar. A pesar de circular muy lento, los baches provocaban que se bambolearan como si fueran guiñoles, acrecentando las malas sensaciones que ella tenía.

—¿Adónde me llevas? —dijo entre risas con las que pretendía inyectarse ánimos—. ¿No me irás a secuestrar, verdad mi amor? —añadió, deslizando la mano hasta la bragueta del hombre para comenzar a dominar la situación y así terminar pronto aquel incómodo servicio.

—Estate quieta, que ya llegamos —respondió él sin brusquedad, pero siendo tan firme que ella regresó de golpe y sin rechistar al asiento, disimulando el pánico que la recorría el cuerpo cada vez con más intensidad.

Al parar el coche, y tras quitar el contacto, la oscuridad fue total sin llegar a distinguirse el lejano fulgor de la urbe tapado por algunos árboles. La luna nueva, sumada a una fina capa de nubes altas, hacía que el cielo se confundiera con el horizonte, sin verse nada alrededor. Entre sombras, intuyó que el hombre comenzaba a acariciarse y se dispuso a iniciar el trabajo.

—Yo te aviso cuando quiera que comiences —dijo él con sequedad y sin interrumpir su reciente actividad.

Tras el sí de la respuesta, apenas un débil silbido, cumplió la orden en silencio aterrada al igual que deseosa de no disgustar a ese peculiar cliente.

Cuando finalmente la reclamó, ella se agachó y, al aproximarse a la entrepierna, notó cómo las manos del hombre empezaban a aprisionar su garganta. Por más que agitaba los brazos y se removía en el asiento, la fortaleza del individuo era muy grande. Algo en lo que no había reparado consumió esos instantes: las zarpas de aquel desalmado eran desproporcionadas, de dedos gruesos y ásperos, de palmas prominentes; sobre todo, al aplicarlas despiadadamente con fuerza sobre su tráquea.

El aire no la llegaba a los pulmones ni la sangre al cerebro. Intentando aspirar, con las fauces muy abiertas, en los finales segundos de vida, comprendió lo que él pretendía pero nada pudo hacer. Ni tan siquiera llegó a tener alguna arcada al percibir cómo se introducía en su boca, mezclado con el último aliento, un trozo de carne flácida y húmeda del asesino.

Al terminar con el macabro ritual, excitado aún y sin la impotencia de otras ocasiones, empujó el cuerpo hacia afuera de la espesa noche y abandonó el paraje.

—Ninguna mujer me volverá a dejar, ya sé cómo disfrutar —dijo en voz alta según el vehículo tomaba velocidad y dejaba una polvareda tras él.

Rápidamente el rocío fue formando caprichosos cristales de hielo sobre matojos y charcos, también sobre los labios y los ojos cubiertos de lágrimas de aquella joven prostituta. Incluso, sobre la mirada de aquel solitario conductor que se alejaba en búsqueda de otras víctimas.


( incluido en el libro de relatos: Hojas Incendiarias.)

José Manuel López Monco
José Manuel López Moncó ( Madrid, 1956). Con apenas veinte años y junto a dos amigos, inaugura y gestiona una librería y sala de exposiciones de más gratos recuerdos que beneficios. También es en esa época cuando su nombre aparece por primera vez como autor: «Kabilaciones», libro que recogía poemas de otros seis jóvenes escritores. Transcurrieron treinta y cinco años, un larguísimo silencio según él mismo confiesa, hasta que volvió a publicar. Durante todo ese tiempo, una absorbente actividad profesional en el mundo aeronáutico lo mantiene alejado de la literatura, pero sin abandonar nunca el interés por plasmar en papel las historias o los versos que rondaban por su imaginación. Solo es en los últimos cuatro años cuando publica la mayor parte de su obra y se dedica con más intensidad a escribir. A principios de 2014 publicó «Obra Incompleta», compuesto por dos relatos y una novela titulada «Bailarina de alquiler». En octubre de 2015, auto edita un conjunto de treinta y cinco relatos cortos: «En pocas palabras». En Febrero de 2016 sale a la luz: «Fakir de Canciones», libro de cuentos y relatos, todos ellos vertebrados alrededor de reconocidos temas musicales. En marzo de 2017, culmina una larga idea y auto edita: «Mitin Natural», una antología poética de setenta y cuatro poemas escogidos entre los más de quinientos que ha escrito estos años. En Diciembre de 2017 publica la tercera edición de. «Bailarina de alquiler».Su último libro publicado ( Marzo 2018) es: «Hojas incendiarias», un conjunto de de relatos y cuentos, género en el que dice sentirse muy realizado pues le permite abordar múltiples temas y diferentes estilos narrativos.
José Manuel López Monco

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