No sé porqué pero los veranos siempre llegan cargados de primeras veces. Como en el de ahora y Playa Ilusión, como en el que viví en Londres en el setenta y cuatro. Ha transcurrido tanto tiempo que la memoria se arquea, es una frágil lámina con latidos plagados de espesa niebla. Sin embargo, cuando un recuerdo se funde con una «primera vez», la cicatriz que esta nos deja nunca se borra. Sentimos el escozor que produce como si ocurriera hoy, somos capaces de revivirlo sin cesar. Por eso, aunque el paso de los años suela difuminar paisajes tan lejanos, siempre son un faro al que volvemos una y otra vez casi sin quererlo.

Fue un verano con la hierba de Hyde Park acariciando la planta de mis pies mientras que descubría el olor a jazmines y peonías. Seducido por los tímidos rayos de sol tumbado en sus praderas o, en otras ocasiones – las menos a pesar del tópico- refugiado de la lluvia bajo los majestuosos arces de sus paseos. Fue una temporada de sobresaltos, como el estruendo de los cláxones mientras cruzaba la calle mirando hacia el lado contrario, como el de dejar volar mi imaginación hasta escuchar el eco en Savile Road del «Roof concert» de los Beatles. Un mes de julio  con «The Guardian» anticipando – dieciséis meses antes – la muerte del  dictador y con los desagües de aquel régimen soltando toda la suciedad que podían aun sin disimular como nos aproximábamos al incierto final de una época oscura. Un conglomerado de primeras veces. Qué mejor reválida a una adolescencia ya terminada, qué manera tan excepcional de oír el pistoletazo de salida a la vida que tiraba de mí con fuerza.

Desde aquellos dieciséis años traspasaba la adolescencia, empezaba a prepararme para dar los primeros pasos como adulto y  toda una carga de risas y de lloros asomaba por el horizonte. Alejado de mis padres, afortunadamente también de un país de saludos fascistas y besos censurados, fui respirando cada aventura bajo una inmersión de libertad y de verbos irregulares. Era la primera vez que salía del entorno familiar – casi dos meses alejado de ellos-, y, de igual manera, se me venía encima toda una sucesión de primeras veces en muchísimas otras cosas. Tantas, que sin ellas, sin aquel verano londinense, mi vida sería muy diferente. Siempre he querido volver a pisar por las huellas que tracé entonces, vano esfuerzo porque la emoción de desnudar la vida por primera vez, nunca se repite. 

El avión de la BEA, un «Trident» de tres reactores, orgullo de la industria aeronáutica británica frente al Boing 727 yanqui, tomó impulso por la pista, despegó y la aventura dio comienzo. A mi derecha iba sentado el hermano de uno de mis mejores amigos.  Era  algo mayor que yo, más maduro también, y acababa de terminar el último curso en la facultad de medicina. Alegre y muy locuaz, su acento era el resultado de mezclar el extremeño y el malagueño. Pero apenas hablaba inglés, aunque fuera muy decidido y tenaz. Para conseguir una mejor inmersión en esa lengua, viviríamos en casas distintas pero compartiríamos «College» – la facultad de matemáticas -, a la hora de recibir clases para extranjeros. Entonces, no abundaban  las opciones de vivir en un entorno familiar y, a la vez, estudiar el idioma, a diferencia de más tarde ocurriría. Yo dependía de mis padres, y salvo un también inolvidable viaje de fin de estudios a París, siempre había vivido bajo aquel manto protector. Fueron ellos  quienes organizaron y buscaron esa estancia. Tuvo que ser difícil encontrar una empresa, y esta una familia «de probada confianza», que les garantizara cuidar de mí como si fueran ellos mismos. Sin embargo, no creo que fueran conscientes de las diferencias entre una familia inglesa y otra española, muchísimo más acusadas en aquellos años que hoy en día. 

Todavía bajo la resaca del aislamiento hacía nuestro país, el avión en el que volaba dejó atrás la península, el mar Cantábrico, Normandía, el Canal de la Mancha e inició su descenso planeando sobre campos verdes moteados de casitas, también sobre algún meandro del Támesis en un atardecer gris y lluvioso en el que ya cerca del suelo empezaron a distinguirse los focos de los vehículos y de las farolas. Al poner la ruedas sobre el asfalto de la pista en «Heathrow» no sabía lo importante que serían para mí las siguientes semanas. 

Las primeras veces acababan de comenzar entrando en mi vida para quedarse. En ese día, todavía me faltaba sorprenderme al circular por una ciudad vacía al acostarse muy pronto, o al llamar y llamar sin respuesta frente a la puerta de mi alojamiento. Pasar  la primera noche atemorizado y confuso, casi sin poder dormir. Descubrir con alivio, ya a la mañana siguiente, el cuarto de baño y, a continuación, enfrentarme al desayuno con Allison y la dulce Clair. Perderme en mi primer viaje en metro. Perderme la primera vez que andaba por las calles. Encontrarme con mi amigo y fundirnos en un abrazo como si lleváramos décadas sin vernos. 

Sin tregua, las primeras veces se sucedían como lo hacían los largos crepúsculos  a la noche y esta al amanecer de unos días inolvidables. Lo fue el saludar y el entablar conversación cada vez que me cruzaba con alguien hablando nuestro idioma. Ir a Liverpool en tren, estar frente a «The Cavern» y en «Penny Lane». Visitar el Museo Británico, la Torre y el Puente de Londres. Ver «El Exorcista» y pasar miedo, mucho miedo, mientras que mi amigo aprovechaba la proyección para compartir magreos con la vecina de butaca sin pasar a «mayores», eufemismo de aquella época. Comer poco y mal. Ir a la isla de Wight  porque hacía poco de un famoso festival, y solo encontrar unos bellos acantilados blancos en un verde paraje de granjas y pequeñas aldeas. Visitar y envidiar lo que aún no teníamos, la Cámara de los Comunes. Pasear cada sábado por el mercadillo de «Portobello Road» de la mano de un viejo exiliado socialista: un tío abuelo al que hasta entonces nunca había conocido y del que aprendí mucho, no solo en ese viaje, de igual manera en los sucesivos que hice o cuando años más tarde, por fin, él regresó a una España más libre y democrática. En resumen, que cuarenta y tres años después, todas esas «primeras veces» siguen respirando y latiendo como si ocurrieran hoy.  

Al sentir que este verano también deja una huella de primeras veces, la nostalgia me ha catapultado a navegar por aquellas hojas. La intensidad con la que se grabaron me lleva a no olvidarlas, a llevar mi mano para acariciarlas en algo tan humano como es la rubrica de nuestros actos. 

Si recordar es volver a vivir, escribir sobre nuestro pasado es proyectarlo a la eternidad.

José Manuel López Moncó ( Madrid, 1956). Uno de sus primeros recuerdos son las estanterías llenas de libros en la casa de sus padres. Tal vez por eso, el olor que estos desprenden sea uno de los que siempre le han hecho sentir mejor. Debía ser algo premonitorio, porque con apenas veinte años y junto a dos amigos, inaugura y gestiona una librería y sala de exposiciones de más gratos recuerdos que beneficios. También es en esa época cuando su nombre aparece por primera vez como autor: «Kabilaciones», libro que recogía poemas de otros seis jóvenes escritores. Transcurrieron treinta y cinco años, un larguísimo silencio según él mismo confiesa, hasta que volvió a publicar. Durante todo ese tiempo, una absorbente actividad profesional en el mundo aeronáutico lo mantiene alejado de la literatura, pero sin abandonar nunca el interés por plasmar en papel las historias o los versos que rondaban por su imaginación. Solo es en los últimos cuatro años cuando publica la mayor parte de su obra y se dedica con más intensidad a escribir. A principios de 2014 publicó «Obra Incompleta», compuesto por dos relatos y una novela titulada «Bailarina de alquiler». En octubre de 2015, auto edita un conjunto de treinta y cinco relatos cortos: «En pocas palabras». En Febrero de 2016 sale a la luz: «Fakir de Canciones», libro de cuentos y relatos, todos ellos vertebrados alrededor de reconocidos temas musicales. En marzo de 2017, culmina una larga idea y auto edita: «Mitin Natural», una antología poética de setenta y cuatro poemas escogidos entre los más de quinientos que ha escrito estos años. Su último proyecto, y en el que ha depositado mucho esfuerzo e ilusiones, se llama: «Hojas incendiarias». Otro conjunto de relatos y cuentos, género en el que dice sentirse muy realizado pues le permite abordar múltiples temas y diferentes estilos narrativos. Como lector, no se decanta por ninguna tendencia o género, todo aquello que le haga pasar un buen rato, le gusta. Así mismo, se siente atraído por el lenguaje cinematográfico, donde se mezclan imágenes con diálogos y sonido, algo que intenta trasvasar hasta relatos, cuentos o novelas. Entre sus referentes literarios se encuentran novelistas tan dispares como Galdós, Pérez-Reverte, A.Grandes, Ruiz Zafón, Vázquez Montalbán, o poetas como M.Hernandez, A.Machado, G.Fuertes o León Felipe. Gustoso esclavo de sus muchas pasiones, la de ser un buen escritor prevalece sobre otras, sintiéndose tanto agradecido como en deuda con todos sus lectores. Diciembre 2017

Últimos post porJosé Manuel López Monco (Ver todos)

4.00 Promedio (86% Puntuación) - 1 voto

Deja un comentario