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Mario camina unos pasos hasta agarrarse a la barandilla de la terraza con las dos manos. Se hace daño de tanto como presiona aquella barra de metal oxidada. Levanta la cabeza y sus ojos se pierden en un cielo rojo, en el atardecer desteñido con el que quisiera fundirse. No deja de mirar hacia arriba porque, muchos metros más abajo, teme que el asfalto le reclame.

La terraza se encuentra en el decimoctavo piso, el último del edificio, está cubierta y  acristalada con grandes ventanales corredizos. El límite de la vista de Mario es el horizonte, el cielo perdiéndose en el mar, lo que le permite disfrutar tanto de las tormentas como de los reflejos del sol en los días de bonanza. En el otro extremo, unas montañas altas anticipan cada tarde el atardecer. A veces, Mario se asoma al bullicioso barranco que tiene a sus pies y contempla en silencio el torrente diurno de vehículos y gente, el ballet que realizan.

En pocos metros cuadrados, Mario dispone de una mesa redonda de enea cuyo tapete es de cristal, cuatro sillones del mismo material con mullidos cojines de colores y, lo que es más importante para él, su ordenador portátil. El suelo es de césped artificial, verde manzana. Cuatro pequeños cipreses, como si fueran  los guardianes de un tesoro, están plantados en macetas en cada una de las esquinas.

La terraza, y el resto del piso al que pertenece, Mario lo heredó de sus padres. Antes de irse a vivir allí, no solo llevaba ropa en su maleta sino que  dentro también había rabia y frustración. Aunque ha escrito dos novelas, no ha conseguido que nadie se las publique. Por eso, al darse de bruces con aquel pórtico de la naturaleza, está seguro que en aquel acantilado de hormigón batido por el viento, la inspiración le acompañará para escribir una tercera novela.  No quiere engañarse pero no puede evitar pensar que esa narración le dará la fama y gloria que persigue.

Nada más instalarse, Mario comienza a trabajar en la nueva obra: el soliloquio de un hombre que, tras haber tenido una existencia adocenada y aburrida, se pregunta para qué ha vivido. 

Según pasan los días y crece el montón de cuartillas escritas, Mario se siente dios. Un gigante porque desde que pisó la terraza parece estar poseído por una fuerza que antes nunca ha sentido.

Mario está a punto de terminar el primer borrador cuando observa que la bóveda celeste está llena de grises y azules, solo unas pocas nubes salpican el firmamento con lo que le parecen trazos con tiza rayándolo. Durante aquel anochecer, siente que  las  horas del día avanzan de puntillas, pero no deja por eso de teclear palabras sin pausa, de escudriñar la imaginación; tampoco de usar como palanca cuanto ve, cuanto corre debajo de su piel.

Redacta las últimas frases  y nota cómo el aire cargado de humedad hace de inductor y transmisor al mismo tiempo.

Ya noche cerrada, pone el punto final. Agrupa las cuartillas y las guarda en un sobre. Por la mañana hará copias y enviará el manuscrito a varias editoriales. Exhausto, el ímpetu que tenía al escribir comienza a deshincharse.  No necesita asomarse al vacío para sentir ahora el vértigo que siempre le produce. Apenas consigue que sus manos estén firmes y el sudor, poco a poco, le recorre la espalda y la frente. El nubarrón de las anteriores frustraciones descarga sobre su cabeza.

Han pasado varios meses desde aquellos días en los que Mario aún se sentía en la cima del mundo mientras escribía la novela. Ahora, todos sus fantasmas han salido de la cueva donde se habían refugiado. Le gritan, le llaman fracasado, le empujan hacia el precipicio para despeñarlo.

Es en otro atardecer cuando Mario estruja  la última carta que ha recibido como respuesta a su envío. La lanza con rabia contra la mesa y camina, con el manuscrito en la mano, dando pasos nerviosos hasta el borde de la terraza. Desde aquel puesto de vigía, observa que la oscuridad comienza a invadir la terraza como si fuera una marea viva. A lo lejos, sobre las montañas, los relámpagos de una tormenta pespuntean el cielo. 

Mario se asoma al exterior y, al bajar la cabeza, ve el apresurado ir y venir de lagartijas e insectos. En realidad, luces rojas de coche y personas que caminan apresuradas. Se resiste a volver la cabeza hacia atrás. Sobre la mesa se encuentran diseminadas todas las contestaciones que ha recibido, la última hecha una bola arrugada. Todas ellas, tras un no entra en nuestra línea editorial, no es comercial, se aleja de las últimas tendencias, incluso una con autor sin datos, rubrican entre frases de cortesía la negativa a publicar la novela.

El fuerte viento, epifanía del temporal, comienza a soltar  zarpazos sobre la terraza. Una de las contestaciones se eleva por encima de la  cabeza  de Mario hasta quedar fuera de su alcance. Cuando la ve precipitarse  al vacío, suelta una carcajada al mismo tiempo que sus ojos se convierten en dos llamaradas. De inmediato, levanta el brazo con el que sujetaba el manuscrito y, con la otra mano, va arrancando hoja tras hoja para también lanzarlas contra el viento. «Os entrego al olvido», grita Mario una y otra vez.  Entre risas que acaban siendo lágrimas y gemidos. 

No hay estrellas ni luna y las nubes hacen que un manto negro empape cada rincón de la terraza.  Mario siente el deseo de seguir el mismo camino que las hojas de su novela. Solo me costaría un paso más, se dice. Un paso hacia el horizonte aunque esa noche no consiga intuirlo. Sabe que si lo da atrás, hasta la mesa y el sillón, sería para aceptar la derrota.  Saltar o retroceder, ese es el dilema de Mario. 

Cuando da ese paso, un rayo zurce el cielo y llena de electricidad el aire. Por primera vez en mucho tiempo, la sinceridad del acto de Mario inunda todos los rincones de aquella terraza.