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La habitación era siempre la misma. La seiscientos diez. Llegaron por separado pero en cuanto la puerta se cerró, corrieron a desnudarse entre un mar de brazos y caricias, semejante a la impaciencia de una primera vez. El aire enseguida se saturó con la electricidad de la piel, con los pequeños gemidos que ella fue dando y que él sellaba besándola. Tumbados, sus piernas se entrelazaron y los dedos de los pies de la mujer parecieron alargarse mientras que con los de las manos recorría la espalda del hombre. La cama chirriaba como si fuera una noria desengrasada y solo la luz del baño los alumbraba. El vals que bailaban empezó a traspasar las paredes sin que les preocupara. El universo solo eran ellos dos.

La mujer elevó el pubis hacia el techo y un grito, mezcla de risas y lágrimas, rebotó contra las paredes. Fue como si por cada milímetro de la piel algo quisiera escapar y por fin lo hubiera hecho. Pasaron de sentir que los pinchaban desde el interior con millones de agujas, a dejarse caer y volar por un precipicio tan cálido como mullido. Pasaron de estar en comunión a rodar juntos por las sábanas al tiempo que sus miradas chocaban como lo harían dos meteoritos por el espacio. De nuevo, se abrazaron parando el tiempo igual que si este pudiera aprisionarse con las manos hasta convertirlo en eternidad.

La ventana daba a un patio interior por el que subía olor a café y carne recién hecha de las cocinas. Algún rayo de sol se colaba entre las cortinas, jugando a ser el foco que alumbrara el escenario donde los amantes dormitaban tras el combate. 

La mujer no quería incorporarse pero la vida fuera de allí siempre se presentaba como una losa de granito. Sin que su compañero lo notara, miró el reloj de muñeca.

—¿Me ducho yo primero… ?

Aunque sonó como si fuera una pregunta, en realidad no lo fue. Se incorporó y, dando  pequeños saltos, alcanzó el baño sin girar la cabeza ni mirar atrás.

—¡Qué frío! ¡Qué fastidio irse! — dijo una vez dentro pero el sonido del agua apenas hizo audibles aquellas palabras.

Nada más ponerse la falda y los zapatos, se sentó sobre la cama para pintarse los ojos y los labios. Utilizaba un pequeño espejo redondo que había sacado del bolso. Pasados un par de minutos, el  hombre salió del cuarto de aseo y recogió los pantalones que estaban sobre una silla.

—El jueves, ¿a la misma hora que hoy? — preguntó ella aunque ya supiera la respuesta.

No le gustaba estar callada en esos momentos previos a irse. La pierna no paraba de dar golpecitos en el suelo con el pie, como si tuviera un muelle. El silencio entre los dos le parecía un muro con alambrada de espino que debía saltar.

Él contestó que sí, que se escaparía de la oficina a la hora de comer, y ella se levantó a abrocharle los botones de la camisa. Le gustaba tanto dominarlo con esos pequeños gestos como mimarlo igual que si fuera una madre.

En cuanto ella le ayudó a ponerse la chaqueta, unieron sus labios queriendo prolongar los besos anteriores. Con ese sabor salado en la memoria, le acarició la mejilla y caminó hacia la salida. Ya desde la puerta, dijo:

—Pasa una buena tarde. No lo olvides: el jueves.

Al igual que siempre hacían, abandonó el hotel antes que su amante. En el ascensor se puso las gafas de sol y cruzó el vestíbulo apresurada pero sin poder evitar sonreír, sintiéndose una mujer plena y sin fisuras. Dueña de sus actos como lo era el de ya anhelar que el jueves llegara muy rápido. Aquella cama de hotel, la burbuja en la que semanalmente se exploraban como si fueran adolescentes, era el aire que la permitía respirar, las fuertes raíces que los unían.

Oyó abrirse la puerta. Por la hora, sería su marido. La ensalada de la cena y media botella de vino estaban sobre la mesa de la cocina. Los niños hacía rato que habían terminado y jugaban arriba en el cuarto. Él le dio un beso en la mejilla y fue hasta el salón para dejar el maletín con los papeles de la oficina. Por el camino preguntó por cómo le había ido y por los pequeños. Era la rutina de cada día. 

—Aburrida, solo salí con mi amiga Rosa a la hora del almuerzo— sin poder evitar ruborizarse al decirlo. 

Él tampoco disimuló y casi se le escapa una carcajada. Pero estaban tan acostumbrados a disfrazar en público cualquier emoción que apenas movió un músculo. Un instante después, como si fuera un disparo a quemarropa, la mujer dijo:

— Sabes, me crucé con los vecinos al llegar a casa. Nos han invitado a comer el jueves. Hace tiempo que insisten…

—¡Uy!, es imposible cariño, mi jefe quiere que esté con él precisamente ese día, me espera otra aburrida comida de trabajo. Diles que en cualquier otro momento sí podría ser. 

— Y que te crees que les respondí …— pero el marido no la escuchó, estaba enfrascado  buscando las zapatillas de andar por casa en el armario de la entrada. 

Ninguno de los dos volvió a preocuparse por la invitación. Mientras que cenaban, charlaron de los niños y de dónde pasarían las vacaciones de verano pero con la llama de la tarde que habían pasado juntos todavía encendida. Un fuego que renovaban cada jueves como amantes.