… Habíamos llegado a «Playa ilusión». Y aquí nos quedaríamos… 

Los relatos o las novelas, nunca terminan cuando se cierra la tapa del libro. El escritor ha puesto la última palabra pero la historia siempre sigue y, en ocasiones, el final de la narración se convierte en un excepcional principio.

En absoluto sospeché que al acabar aquel viaje, el del concurso «Maldito viaje, maldito», me llevaría hasta el alumbramiento de esta columna semanal. Que el premio me permitiría surfear por ‘desafiosliterarios.com’ y, de esta forma, enseñar como hundo los pies en la arena o como la libertad y la belleza se confunden con el aire hasta inundarme los pulmones. Un folio para encerrar ese escenario y donde hacerlo infinito igual que si nos encontráramos en una sala de espejos.

Desde la inmensa «Playa ilusión» es posible dejarse acompañar por los jinetes de espuma blanca y encrespada que pelean sin cesar contra la orilla, bien en la oscuridad pintada de luceros, bien bajo un manto de rayos de sol; aquí, el resuello del viento es un hierro candente que todo lo cauteriza hasta conquistar la fortaleza inexpugnable de rocas y acantilados quebrados que encajonan un arenal salpicado de naufragios. 

El aria eterna del oleaje marca el ritmo de mis pasos mientras que el atardecer pinta regueros dorados sobre el mar, sobre nuestras sombras. Entonces, cuando las  huellas se diluyen en el agua cristalina y tanto mi corazón como mi cabeza se desnudan bajo ese haz oblicuo y anaranjado, tropiezo con troncos varados que sobrevivieron a la tormenta, con sucias botellas de plástico sin mensaje alguno, con restos de redes que indultaron a lubinas y jargos, con caracolas que nos permiten tener cobertura en el fondo del mar, o con algas como racimos de uvas.

Estamos en «Playa ilusión» y, desde hoy, descorro la cortina de mis entrañas y abro la ventana de la imaginación para dejarnos enamorar por la sal y el mar, las personas y sus latidos, por lo más brillante o lo más oscuro del ser humano. En suma, por lo único valioso que poseemos: la vida. 

Os invito a que me acompañéis por relatos, cuentos y poemas, por la necesidad de mostrar lo que los ojos observan, los dedos palpan o la boca saborea. Dentro de este sueño ( en el que cabrán miles de sueños), el susurro de unos cuantos renglones solo buscará ser el cómplice de quien esté al otro lado de la pantalla. Un viaje que, al igual que el rugir de las olas delante de mí, nunca querré que se agote. 

«Playa ilusión», esta columna semanal, una buena excusa para caminar juntos.