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Penny Lane 

El amigo que nos había invitado esperaba en el andén. Según nos daba la bienvenida, creí ver a los amantes a punto de salir de la estación. Caminaban cogidos de la cintura y, con mucha frecuencia, juntaban los labios en besos interminables. 

Habíamos llegado a Liverpool y, en aquella ciudad portuaria, mi viaje continuaría siendo mágico y misterioso, pero eso no lo sabía por entonces.

Subimos a un pequeño utilitario inglés, incómodo no por el espacio sino por la extraña sensación que me producía ver el asiento del conductor al lado derecho, y fuimos por el centro de la ciudad camino a la casa de nuestro anfitrión. 

A mitad de camino, en una intersección, un impecable «bobby» nos detuvo. No me dio tiempo a pensar por qué nos interrumpía la marcha, enseguida el policía nos dio la espalda y empezó a mover su brazo izquierdo para dar paso a una banda de música uniformada. Llamaba la atención que los músicos fueran vestidos con trajes de colores muy vivos, con sombreros emplumados y que brillaran especialmente los dorados entorchados de las hombreras y las múltiples medallas que todos colgaban en su pecho. El conjunto ofrecía un aire festivo al desfile y lo alejaba de parecer marcial. La comitiva se cerraba con un individuo vestido como los anteriores, pero en el que sobresalían en las mangas unos enormes galones de sargento. Aunque parecía un hombre de cierta edad, se mostraba sonriente mientras tocaba orgulloso un bombo exageradamente grande. El nombre de la banda, escrito con letras mayúsculas, se podía leer sobre la membrana del instrumento. Después de tantas señales, y de haber llegado a orillas del río Mersey, la cuna de ‘The Beatles’, no es difícil imaginar que mi memoria solo guarda el de ‘Sgt. Pepper’s Lonely Heart Club Band’

No podía haber soñado nunca con un recibimiento mejor, apenas había pestañeado al paso de la banda y, por eso, solo alcancé a balbucear cuando el amigo de mi amigo me preguntó qué me gustaría conocer de esa ciudad. Tuve que repetir la respuesta un par de veces. No me podía ir de allí sin haber puesto un pie en «Penny Lane», la avenida que había dado nombre a la canción de los «Four Lads who shook the world», como más tarde leí a la entrada de ‘The  Cavern’, el antro donde los Beatles comenzaron. La visita quedó programada para el día siguiente.

Dormí inquieto y, tras un copioso desayuno inglés, se cumplieron mis machacones deseos. Nada más llegar pregunté, ingenuo de mí, por algún cartel con el nombre de la calle. Todos habían desaparecido y el ayuntamiento no se molestaba entonces en inútiles reposiciones. Tampoco estaba la barbería, con las fotos de todas las cabezas peladas, ni el banquero, del que a sus espaldas se reían los niños, ni tan siquiera el bombero con el retrato de la reina. De igual manera eché en falta a la bella enfermera que vendía peluches, una imagen recurrente que había desatado tiempo atrás mi imaginación tanto como lo vivido el día anterior en el tren. Por fin, «Penny Lane» estaba ante mis ojos, pero también en mis oídos porque, sin necesidad de diminutos auriculares (todavía no estaban inventados) la música de la canción acompañaba cada uno de mis pasos. Mis amigos me contaron más tarde que, mientras caminaba, estaba ausente, aunque con una sonrisa en la boca y tarareando la letra. Sí, debía estar cubierto por un manto mágico e invisible para el resto del mundo… pero yo solo recuerdo estar debajo de un maravilloso cielo azul urbano todo ese tiempo. Me acabé sentando en el único banco de madera que encontré hasta que mi amigo tiró de mí e, imagino que algo preocupado, logró meterme a empellones en el coche en el que habíamos acudido hasta aquel mítico enclave.

Siempre que escucho «Penny Lane», en mi cerebro se dibujan las imágenes de aquel día. A pesar de haber pasado casi cinco décadas, son tan nítidas y reales como si se estuvieran produciendo en este instante. Pero no son las únicas, también regresan la de los muelles donde «The Cavern» era poco más que un lúgubre local enclavado en una sucia calle, o la de la banda desfilando o la de los campos de fresa salvaje entremezclados con los amantes del tren. 

Pero además hubo un «Abbey Road» con su paso peatonal, un «Savile Road» adonde yo estiraba el cuello buscando ver la terraza del «Get Back». En suma, una cultura y un modo de vivir que no solo giró alrededor del grupo de Liverpool, sino que supuso un sólido soplo de libertad que jamás me ha abandonado. Tal vez culpa de esos paisajes irreales o de haber logrado poner un pie en «Penny Lane». 

Es fácil vivir con los ojos cerrados, era muy fácil hacerlo en mi adolescencia, confundiendo todo lo que veía…todo lo que en mi memoria aparece hoy pétreo, aunque real, fantástico pero tangible. 

Por fortuna, solo unos pocos años después, pude, todos los españoles pudimos disfrutar del aire de la libertad sin necesidad de cruzar la frontera. Pero esto ya es otra historia cuyas canciones y melodías también, a la fuerza, son diferentes.


A Magical Mistery Tour
(explicación como final de relato)

Me quedaban solo unos días para cumplir dieciocho años cuando, en la antigua tienda de HMV de Oxford Street en Londres, adquirí el LP de vinilo que da título a estos relatos. Una auténtica rareza de coleccionista por aquel entonces al contener, además del disco, un extenso cuadernillo que incluye fotos junto a un curioso cómic sobre la película. 

Strawberry fields forever y Penny Lane, evocadoras canciones compuestas por John Lennon y Paul McCartney respectivamente, fueron grabadas en 1966 por The Beatles dentro del grupo de canciones que conformó más tarde el LP Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Finalmente, no fueron incluidas en ese mítico LP y, en febrero 1967, fueron publicadas por primera vez como disco sencillo. Más tarde, en noviembre de ese año, aparecieron en el lanzamiento para Estados Unidos del LP Magical Mistery Tour. No así en el EP editado con ese mismo nombre en el Reino Unido, que solo contenía seis de las canciones del disco grande. Las canciones que han inspirado estos relatos siempre aparecen una detrás de la otra en todos aquellos discos. Una unión que yo no he querido romper.

Por otro lado, la película de TV con el nombre de Magical Mistery Tour, fue emitida por la BBC en otras Navidades como estas, pero de hace cincuenta y tres años, causando un fuerte revuelo por lo transgresor y novedoso del argumento. (Un magnífico documental sobre la película se encuentra disponible en RTVE alacarta, quedándonos ‘San Google que estas en la nube’ como alternativa para encontrar la peli original o para ampliar información)

Si diversas razones comerciales, incomprensibles también, hicieron que ambas canciones no formarán parte del Sgt. Peppers, tampoco se escucharon entre los temas que componen la banda sonora de la película. 

 Strawberry fields forever fue compuesta por Lenonn durante su estancia en Almería, España, en 1966 cuando grababa la película «How I won the war» dirigida por Richard Lester, también director de las dos películas protagonizadas por los Beatles. Es curioso que el paisaje almeriense donde John se encontraba, seco y árido, es todo lo contrario a esos campos de fresa que llenan, que brillan en la campiña inglesa. Aunque Strawberry fields fuera solamente el nombre de un orfanato donde John jugaba de niño.

Más allá de la pequeña historia de estas canciones y de cómo se cruzaron en mi vida, doy fe que, a la hora de hilvanar con letras lo sucedido en el tren y en Liverpool, solo necesité dejarme llevar por la ola de recuerdos que te sitúan en el interior de lo que hoy en día soy.

        ***

(los anteriores relatos fueron publicados por primera vez en 2015 dentro de mi libro «Fakir de canciones»)