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“Me arrastran a la muerte. ¿Por qué? ¿En nombre de qué? ¿De qué ha servido la educación occidental que quisieron darme? Este vapor de cáñamo es insoportable; me asfixia, me embriaga. Debo resistir; no puedo sucumbir a sus encantos. Quiero mantenerme consciente todo el tiempo posible. No lo entiendo: nadie me auxilia. Todos gritan el nombre de mi difunto marido y el mío. Luego, un grito más fuerte, desgarrador, en honor a Kali. Me queman viva, ese es mi premio por haber vivido bajo los designios de una sociedad ignorante, salvaje. Mis padres concertaron mi matrimonio con un viejo decrépito al que solo restaban unos suspiros de vida y ahora me imponen seguirle en la muerte. No pueden quitarme la vida con la clemencia de un veneno; han de quemarme junto a los restos del fallecido. Nada sentí por él y dudo que jamás lo hubiera sentido, aunque los dioses le hubieran obsequiado con cien años más de vida. ¿Es ese suficiente pecado como para no dejarme vivir? ¿No eres dueña en esta tierra de tu propia vida? No, si eres mujer. ¿Entonces por qué mi formación inglesa? ¿Qué se pretendía con mi educación si mi destino era morir en medio del fanatismo más extremo? “

“Atravesamos la jungla. El calor y el vapor del cáñamo hacen sus efectos. No puedo razonar con claridad. De pequeña nos asustaban con la pagoda de Kali y heme aquí, frente a ella. Es más imponente de lo que jamás pude recrear en mis pesadillas. Huele a muerte y, sin embargo, también es nuestra diosa del amor. No puedo concebir una contradicción más grande, más terrorífica. No cesan en sus cantos, ni siquiera ahora, que hemos llegado a nuestro destino. Cae la noche. No me alimentan. Caigo en un sopor que me conduce a un sueño que no deseo”

“Amanece. La turba está más excitada que nunca. Me suben a la pila de madera. Mi marido yace junto a mí. Él no sufrirá los embates de las llamas, yo sí. Mi único deseo en esta hora fatal es morir ahogada por el humo antes de que el fuego lacere mi piel. Más gritos, más invocaciones. La locura se apodera de ellos. Son una masa irracional que disfruta con mi martirio. Sube el humo, empiezo a asfixiarme. La cabeza se me nubla. Apenas puedo distinguir algo que, por asombroso, es imposible que suceda y, no obstante, está ocurriendo. Mi marido se ha levantado ante el estupor de la masa, que se arrodilla temerosa de la ira de kali. Yo ya no tengo fuerzas para temer nada. Mi difunto esposo se acerca y me desata. Solo cuando me coge en brazos percibo que no sé quién es. Únicamente distingo su juventud. No habla. No hay tiempo para conversar. Desconozco el origen de su fuerza y habilidad pero desciende la pila conmigo a cuestas y atraviesa la marabunta ignorante. Me desmayo, pero recobro la consciencia solo lo suficiente para ver que me suben a un elefante. Es ahí donde vuelvo a desfallecer”

“Desconozco cuánto tiempo he estado sin sentido. Al despertar veo el rostro amable aunque serio de un caballero que se presenta como Phileas Fogg.  Me dice que su criado me ha salvado, que no corro peligro. Huimos sin demora pues están dando la vuelta al mundo. Quisiera agradecérselo pero todo es tan confuso para mí…”

 

Por Carlos Roncero, en homenaje a Julio Verne

Carlos Roncero
Tengo dos grandes vocaciones, la enseñanza y la escritura. Como escritor he publicado cinco novelas: Clara dice, Los trenes perdidos, Mis ojos llenos de ti, Entre el esperpento y el escalofrío, y la Extraordinaria historia de Juan Barreto. En los próximos meses publicaré dos novelas más. Me gusta abarcar todos los géneros, desde la novela negra hasta la ciencia ficción, pasando por la comedia romántica. Mi novela más conocida es Clara dice, que, poco a poco, se ha ido haciendo un hueco en las redes, en los hogares y en los centros escolares, porque, sin ser una novela juvenil, gusta mucho a los adolescentes al tratar de los peligros de internet. Esto ha hecho que le novela sea lectura en muchos centros de España en tercero o cuarto de la ESO.
Carlos Roncero

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