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Creo, sinceramente, que soy alguien razonable. Hace doscientos años decidí recluirme, apartarme de la tentadora vida en sociedad, y alimentarme únicamente de la ingesta de pequeños vertebrados. Solos, mis libros y yo. Lecturas acumuladas desde siglos atrás que aún me aguardan a la luz de las velas. No concibo otro modo de vida, no hay mayor felicidad para mí. No obstante, y a pesar de mis precauciones, de vez en cuando algún caminante perdido, o algún grupo de adolescentes ávidos de lugares oscuros donde satisfacer su curiosidad sexual, invaden mi casa, allanan mi morada, interrumpiendo acaso mi placer con los dulces versos de Verlaine o con los pensamientos sin esperanzas de Baudelaire. Y claro, tengo que matarlos.