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Hace la repera de años:

-Entonces, ¿confirmas lo que nos has dicho?

-Sí, excelencia, así fue, tal como os lo he relatado.

-Pues hazlo de nuevo.

-¿El qué?

Su excelencia apretó las manos para retener el impulso de abofetear a su súbdito.

-Lo que te sucedió en el bosque.

-¿Otra vez? Sí, sí, desde luego, podéis enfundar vuestra espada, excelencia. Pues como os he dicho, me adentré en el bosque esta mañana, en el bosque de hayedos. Ya sabéis el miedo que le tienen los paisanos, que si la luna llena, que si el lobo. Bien es verdad que yo me adentré a la luz del día, y no es lo mismo, he de reconocerlo. Ya voy, ya voy, honorable excelsitud, no es necesario que me amenacéis con el arquero. En fin, que entré en los hayedos, ¿y a qué no sabéis a quién vi? Sí, claro que lo sabéis, pues los he narrado anteriormente. ¿Os gusta lo emocionante que lo hago aunque ya conozcáis la historia? Sigo, sigo, no es necesario que ordenéis abrir la dama de hierro. Pues vi al lobo, al mismísimo lobo. Enorme, de ojos amarillentos y saliva espesa. Me escondí a tiempo. Ni me vio, ni me olió, aunque esto último no estoy tan seguro porque, como habéis comprobado vos mismo, apesto como un cerdo, y es que si en vuestras villas y comarcas aplicarais las simples reformas que os he pedido, ninguno…Sigo, sigo, no ordenéis hervir el aceite. Sigo con premura. Si aquel majestuoso lobo, el lobo de las leyendas, pasó a mi lado fue porque ya había elegido a una presa. Observé a lo lejos cómo una niña caminaba con toda su inocencia hacia nosotros. Como para no verla, excelencia, porque llevaba una caperuza  roja de lo más llamativa. Hice por advertirla del peligro, pero, como comprenderéis, me hubiera delatado a mí mismo y entonces la víctima hubiera sido yo.

-¿Y qué pasó?- preguntó su excelencia con impaciencia.

-Pues no lo vais a creer, eminencia, porque a mí mismo me costó hacerlo y eso que fui testigo directo, no sé si me entendéis; es decir, que estaba ahí mismo, a unos escasos dos metros. Ya voy, ya voy, enseguida os lo digo, no hagáis abrir el foso de las fieras. Pues el lobo y la niña comenzaron a hablar. Como oís, excelencia, que me parta un rayo ahora mismo si no es así.

-Hablaron- repitió él sin convicción- El lobo y la niña. Ya.

-Sí, excelencia.

-¿Y qué dijeron?

-Ah, no sé, no soy de meterme en las conversaciones de los demás.

Su excelencia miró  al verdugo que le acompañaba. Ambos compartían la misma expresión circunspecta.

-Mátalo.

-¿Por brujería?- quiso saber el verdugo.

-No, por bocazas.