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Cuando vi el ovni lo primero que hice fue coger el móvil para grabarlo. Sin batería. Típico. Entonces pensé en esas películas en las que el malo está a punto de matar al bueno y justo se queda sin balas en el último tiro. Típico. Pensé que a lo mejor era buena idea olvidarme de grabarlo y simplemente disfrutar del espectáculo. Y tanto que disfruté, que incluso me abdujeron. Vaya tíos nauseabundos, pero, en fin, eso es lo que hay por esos universos perdidos de la mano de dios. Me hicieron saber con una especie de lenguaje de signos que estudiarían mi cerebro. Les dije, con toda la humildad que pude reunir,  que yo no podía ser considerado, precisamente, un espécimen representativo de los humanos, que ni siquiera había acabado los estudios, que trabajaba como reponedor en un supermercado y que nunca me había leído un libro, pero no me hicieron caso. Cuando me quitaron la máquina de la cabeza vi cómo mi imagen quedaba entre la figura de una oveja y la de un cerdo. Me miraron y movieron sus cabezas en plan reproche, en plan “muy mal” y yo me encogí de hombros diciéndoles así que se los había advertido. Confraternizamos y me invitaron a una especie de café que sabía a gazpacho pasado. Repugnante, aunque a ellos les gustaba porque ponían la misma cara de idiota que les veo a mis compañeros cuando dan el primer sorbo a su café en la pausa que refresca. En fin, que en ese momento les vi unas imágenes que colgaban en las paredes, como nosotros con nuestras fotos y les pedí que me hicieran una. Me entendieron con facilidad, pues creo que a ellos les molaban tanto los selfies como a nosotros. Nos hicimos unas cuantas. Se las pedí pues nadie me creería si no las enseñaba pero ellos me dieron a entender que tampoco serían creídos en su planeta si no las llevaban y no tenían forma de hacer copia. Esto lo entendí porque golpearon con desahogo una máquina parecida a nuestras impresoras.  Así que me quedé sin fotos. Me devolvieron a la tierra con una especie de nostalgia y yo, la verdad, es que me apené un poco porque, después de todo, me dieron buen rollo. Cuando llegué a mi coche vi que me habían puesto una multa. Típico.

Carlos Roncero
Tengo dos grandes vocaciones, la enseñanza y la escritura. Como escritor he publicado cinco novelas: Clara dice, Los trenes perdidos, Mis ojos llenos de ti, Entre el esperpento y el escalofrío, y la Extraordinaria historia de Juan Barreto. En los próximos meses publicaré dos novelas más. Me gusta abarcar todos los géneros, desde la novela negra hasta la ciencia ficción, pasando por la comedia romántica. Mi novela más conocida es Clara dice, que, poco a poco, se ha ido haciendo un hueco en las redes, en los hogares y en los centros escolares, porque, sin ser una novela juvenil, gusta mucho a los adolescentes al tratar de los peligros de internet. Esto ha hecho que le novela sea lectura en muchos centros de España en tercero o cuarto de la ESO.
Carlos Roncero

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