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En una unidad habitacional como hay tantas en tu ciudad, vivían dos hermanos llamados Karla y Sebastián.
Sus papás tenían que ir a trabajar todos los días, pero por las mañanas llevaban a la escuela a sus hijos, ellos al salir de ésta se iban a su casa, hacían su tarea y después salían a jugar al parque que se encontraba enfrente de la misma.
Karla que era la mayor era muy bromista y siempre le estaba contando historias fantásticas a su hermano, en algunas ocasiones de terror ya que el miedo que despertaba en el chiquillo le hacía gracia, así suelen ser los hermanos.
Uno de esos tantos días en el parque, Sebastián buscaba insectos en el pasto. Karla mientras tanto le decía que el día anterior habían llegado a visitarla unos marcianos y la habían enseñado a volar, los ojos de su hermano ya de por sí grandes, se abrieron más de asombro ante esa historia tan fantástica.
De pronto la niña vio una nave espacial sobre los edificios donde vivían y le dijo a su hermano: “Mira, una nave espacial”. Este acostumbrado a sus bromas y mentiras le dijo: “Ya encontré un grillo y lo voy a atrapar, no me vas a distraer”.
Karla asustada lo empujó atrás de un matorral, su hermano le grito:
—! Qué te pasa, por poco y mato al grillo! ¡Se me ha escapado por tu culpa!
—¡Cállate! – dijo Karla al taparle la boca-
Sebastián vio una luz deslumbrante, eso hizo que mirara hacia donde se encontraba la nave espacial. Ambos niños observaron cómo esta comenzaba a iluminar los edificios y las casas con el rayo de luz muy potente que había deslumbrado al pequeño. Este cambiaba de color, cómo si con el haz de luz buscaran algo. La nave se fue moviendo, al igual que el destello que emitía hasta que la luminiscencia se posó a unos cuantos metros del matorral en donde se escondían los dos hermanos, en dónde comenzaba el arbusto lleno de margaritas.
Asombrados los hermanos vieron como bajaban por ese rayo de luz como si fuera una resbaladilla dos extraterrestres que llevaban un casco en la cabeza, vistiendo un overol que parecía de mezclilla y unas camisetas y medias rojas con rayas negras. Los hombrecillos se dirigieron inmediatamente junto al arbusto. La nave mientras tanto iluminó todo el perímetro, como constatando la ausencia de algún humano, para pocos instantes después bajar a pocos metros de dónde estaban escondidos los dos niños, estacionándose y apagando sus luces.
A su vez uno de los alienígenas comenzó a cortar flores hasta hacer un ramillete, el otro observaba los insectos y las piedras, tal y como lo hacía Sebastián. Los dos hermanos desde su escondite los observaban muy atentamente.
El marcianito observador se encontró entonces con la pelota que Sebastián había llevado para jugar futbol, y con sus pierna comenzó a patearla, hasta que la hizo rodar cerca del lugar en que los niños se encontraban escondidos. Al verlos el marcianito les sonrió y con su mano les hizo una seña para que se acercaran, los hermanos le correspondieron la sonrisa pero no se acercaron, entonces el marcianito pateo la pelota hacia el niño y este se la devolvió, la sonrisa del extraterrestre se hizo aún más grande, y el segundo marcianito se acerco dejando las flores en el pasto, comenzó a jugar también, Karla lo imitó y continuaron jugando durante gran rato, divirtiéndose mucho los cuatro.
Cuando comenzaba a atardecer la nave espacial comenzó a sacar unas luces de colores y los marcianitos se despidieron con un abrazo de los dos niños y les prometieron que volverían a jugar al día siguiente. La luz amarilla volvió a encenderse y una puerta se abrió en la nave, y un marciano más grande recibió a los pequeños extraterrestres con un abrazo y les hizo una señal de adiós con la mano a los niños. Karla y Sebastián muy contentos regresaron a su casa, felices de su aventura, pensando en lo divertido que sería jugar al día siguiente con sus nuevos amigos.

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