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Un anhelo que no duerme
vuelve periódicamente
a jugar conmigo a la melancolía.
Como un deseo profundo e inminente
se instala cálido, me acicatea,
se arrebuja en mi mente, me empuja a diario
sobre la hoja desierta que convoca…
Con su sempiterna esperanza de parir claridades,
certezas de alba diáfana,
ventanas al porvenir de tu mañana,
imágenes de musa enamorada
con sus tiernas ganas de tirar su falda
Y dejar de ser blanca.
Sin tema posible, sin orden preciso
sólo el sueño de escribir lo impensable…
Y que comulgue contigo, sin vértigos,
de plantar semilla en parajes desiertos,
atrapar una frase fresca al vuelo,
intentos inéditos proscritos del tiempo,
gritar rebeldías en el camino cercenado,
borrar las huellas de la estupidez y el miedo.
Aludir alguna convocatoria otoñal
que pervive y resiste entre sombras
de experiencias, y luces de nostalgia
del poeta exiliado de los sueños.
Replicar la imagen de un soneto olvidado
porque las palabras no suelen ser oídas.
Y menos recordadas si no hay provecho.
¿Qué hacer con este anhelo?
¿Quién volverá con un puñado de fuego?
¿Dónde desemboca el vaivén del recuerdo?
¿Cómo mitigar la ausencia, sin duelo?
¿Cuánto durará el sostén del intento?
Y vos, ¿Cuándo volverás por mi sendero?
Tengo el impulso de escribir en tu cuerpo
los más duros vocablos y, que se hagan verso.