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En la lejanía se oían las canciones de los Rock Pistons, el grupo que estaba actuando como telonero durante toda la gira. Cumplían a la perfección con la misión de enardecer al público para él: cuando salía, ya estaba entregado. Aquellos teloneros eran grandes chicos y su música lo volvía loco. Ahora le estaba ayudando a evadirse de los problemas. No había nada mejor en la vida que un buen cuelgue.
―¡Sales en quince minutos! ―le gritó el manager a través de la puerta―. ¡Prepárate!
―¡Sí, ya voy!
Esa noche, dadas las circunstancias, no le apetecía actuar. Pero sabía que era un ídolo de masas y se debía al público. Había que estar listo: vivía para eso. Unos blue jeans rotos de manera estratégica por varios sitios y una camiseta negra de tirantes constituían sus signos de identidad. Siempre se vestía igual para cantar. Las camisetas tenía que comprarlas por docenas, ya que en cada actuación una de ellas terminaba hecha jirones. Aquella costumbre, que provenía de la época de sus inicios, había terminado por establecerse como norma. Los fans no daban la actuación por terminada si no lo hacía y enseñaba el torso desnudo.
―Vale, no tardes. Están en la recta final.
«¡Espabila, tío!». Se daba cuenta de que no estaba en condiciones. Necesitaba otro chute de coca para poder actuar. «¡Joder, tío, si ya no me queda!». Aquello era un desastre. Si no se metía algo enseguida iba a terminar tirado en cualquier rincón porque la flojera se estaba adueñando de él. Miró la botella de reojo y se dio cuenta que se había tomado casi tres cuartos. Demasiado incluso para él. ¡No podía salir así al escenario!
Por suerte en el camerino ―que era compartido― estaban también las pertenencias de los Rock Pistons. Alguno de ellos se había dejado la chupa y no dudó en mirar en los bolsillos. «¡Sí, estoy de suerte! ¡Te quiero, tío! ¡Seas quien seas!». Había encontrado un par de papelas. Desesperado como estaba pensó en meterse las dos de golpe. Ya lo había hecho otras veces y no le había pasado nada. ¡Ya pensaba en el subidón que iba a sentir! Claro, que siempre lo había hecho con mercancía de confianza. No sabía quién era su proveedor. «¡Pero qué cojones! Esos tíos son de fiar: su farlopa tiene que ser buena».