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El día había sido espléndido, pero ya la tarde comenzaba a decaer lentamente, demasiado, como si el sol se negara en rotundo a desaparecer por completo detrás de la boscosa colina, al igual que mis lágrimas se negaban a brotar de mis ojos a pesar de que hubiera deseado con todas mis fuerzas llorar. Sí, yo quería llorar, pero mis ojos se negaban a ello.

Había sido mi último día con Norberto. Habíamos amanecido juntos, con los miembros entrelazados después de toda una noche de pasión. Habíamos hecho el amor con una intensidad infinita y desgarrada, casi como la primera vez; pensando en que quizás también pudiese ser la última. Luego pasamos todo el día con los preparativos del viaje, hablando del futuro, cuando al fin nos pudiéramos reunir de nuevo en la ciudad. Él ya tenía un trabajo de mecánico apalabrado con su primo, porque a pesar de que el campo había sido nuestra vida hasta ahora, aquí ya no quedaba futuro para nosotros ni para el hijo que esperábamos.

Habíamos fingido una alegría y una esperanza casi inexistentes, solo por no entristecernos más todavía el uno al otro. De cuando en cuando le había notado algo más taciturno, posiblemente preocupado por nuestro incierto futuro,  pero tragando saliva para disimular mi propia flaqueza, le intentaba convencer de lo bien que nos iría de ahora en adelante. De las comodidades que tendríamos en nuestra nueva casa, de las oportunidades que allí podría tener nuestro hijito cuando naciese.

Nos despedimos en el porche de nuestra humilde cabaña. Nos besamos largo rato, nos susurramos tiernamente dulces palabras al oído y juramos ante Dios no descansar hasta reunirnos de nuevo. Luego, por fin, él se marchó algo cabizbajo, aunque decidido.

Yo me quedé en el porche viéndolo marchar y cuando al cabo de mucho rato desapareció de mi vista, después de cruzar ese inmenso mar de amarillos trigales, mi cuerpo se aflojó, algo se me rompió por dentro y mis lágrimas al fin brotaron  convulsas. Me sentí apenada, rabiosa, triste y desesperanzada, y por fin fui libre para llorar mi soledad.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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