[Total:0    Promedio:0/5]

La subinspectora Greena Holt subió al transporter patrulla en donde la aguardaba Próculo Tontinus desde hacía escasos beleniminutos. Cuando la llamó estaba disfrutando de una suculenta cena en La Taberna de la Lombriz, la mejor gusanería de toda la ciudad en compañía de su novio, Clark Humble, aunque ella solía preferir El Corazón del Reptiliano, que era un restaurante mucho más íntimo y romántico. Por culpa de la urgencia del inspector no pudo pasar por casa a cambiarse de ropa. Cuando él la vio acercarse, todavía de tiros largos, con ese vestido tan ajustado que resaltaba la firmeza de sus pectorales y esos tacones de aguja, que dotaban de mayor rotundidad a su caderamen, no pudo reprimir un silbido de admiración. ¡Qué buena estaba la condenada! Ninguna tenía esos colores tan vivos en las escamas ni unas garras tan finas y elegantes como las suyas.

—Hola, Tontinus. ¿A qué viene tanta prisa? ¿Ya no puede una salir a cenar tranquila ni cuando está fuera de servicio?

—Tenemos que pratrullag esta noche. Me ha llegado un chivatazo. —Arrancó el transporter sin hacer caso del enfado de su compañera—. Tenemos que ig al bosque.

—¡Pues qué bien! —Holt no pudo disimular el sarcasmo.

Intuía que su Clark había estado a un tris de pedirle matrimonio y por culpa de la inoportuna llamada de Tontinus se le había aguado la fiesta. Todavía recordaba cómo se le pusieron los ojitos cuando tuvo que dejarlo solo en el restaurante. Menos mal que era un solete y comprendía que el trabajo era lo primero.

—Espero que esta noche hagamos algo de provecho. De lo contrario jamás se lo perdonaré, inspector.

—¿Quizás he integumpido una cita impogtante, subinspectoga? —Sonrió con cinismo al hacerle la pregunta. Muy bien sabía que sí.

—Váyase a la porra, imbécil —respondió con descaro mientras le hacía una peineta. Pero como iba conduciendo, él no se dio cuenta.

Desde que se conocieron, habían pasado ya unos cuantos años. Tontinus y Holt habían coincidido en la academia y después estuvieron en destinos separados. Se reencontraron cuando ella se trasladó a la comisaría del distrito oeste. Al principio el tipo no le cayó mal. Sin embargo, conforme lo fue conociendo empezó a sentir un creciente desprecio hacia él. Le parecía el reptiliano más engreído y prepotente que había conocido, además de un machista redomado. Era el típico que se adjudicaba todos lo méritos cuando las cosas salían a pedir de hocico y escurría el bulto echando las culpas a los demás cuando se torcían. En su opinión, como investigador era pésimo, aunque gozara de gran prestigio en el cuerpo, y para colmo de los colmos se creía todo un donjuán. ¡Seguramente que en su casa no tendría espejos!

La llegada a su destino puso fin a la discusión.  Antes de salir del transporter Tontinus dijo:

—Ya que ha venido sin el unifogme podguíamos fingig que somos una pagueja de enamogados. Así no levantaguíamos sospechas y si nos abgrazágamos seguía aún más cgreíble. ¿No le paguece, Holt?

—Estará de broma, ¿no? —Tan solo de pensar en esa posibilidad se le había revuelto el tercer estómago—. Déjese de estupideces y vaya al grano. ¿A qué morros hemos venido al bosque?

—¡Huy, pegdone! ¡Qué no se lo había dicho! Guesulta que un infogmante anónimo ha llamado hace como una media hoga a comisaguía para decig que ha visto a un seg de apaguiencia muy extgraña pog este bosque. Casualmente es donde dicen que ese chico…

—¿Berg? ¿El de esta tarde?

—¡Subinspectoga! ¡Haga el favog de no integumpigme mientgras le hablo de una misión oficial! Sí, efectivamente, me guefiego a ese Begg, o cómo se llame…

A pesar de su deficiencia no se cortaba ni un pelo al hablar. Quizás otro en su lugar trataría de adecuar el vocabulario empleado a sus limitaciones, pero él no. Su ego le impedía reconocer cualquier fallo en su persona.

—¡Pegdón! ¡Quiero decir perdón, señor inspector! Le prometo que no volverá a ocurrir —dijo aguantándose a duras penas una carcajada.

Sabía que Tontinus tenía esa mala dicción por culpa del frenillo y eso tenía un pase. Al fin y al cabo, nada podía hacer para evitarlo, no era culpa suya. Pero esa manera de restregarle por la cara su inferioridad en el escalafón había sido lo más ridículo que le había oído últimamente. Mucho más incluso que lo de hacerse pasar por una pareja.

—Bien. Puesto que mi prgimega pgropuesta no le ha gustado pasaguemos al plan B: usted explogagá a fondo esta zona y yo esta otgra —dijo señalándoselo todo en un plano—. ¡Si no hay novedad, nos veguemos aquí dentgro de una belenihoga!

Holt puso una mueca de asco cuando se dio cuenta de que Tontinus le había guiñado el ojo al hablarle mientras se relamía con su enorme lengua bífida, pero ya no dijo nada más. Poco a poco se había ido acostumbrando a pasar de sus gilipolleces. No le merecía la pena discutir por tan poca cosa y mucho menos con un tonto de la cola como él. Algún día encontraría un mando superior que sabría darle su merecido. Si se trataba de una reptiliana, mejor que mejor. Así la vengaría por todas las afrentas que tenía que aguantarle a diario.

Se bajaron del vehículo y se separaron. Tontinus se dirigió al norte y Holt fue en sentido opuesto. Se adentró en la vegetación sin volver la vista hacia su molesto compañero y se sintió aliviada. Tras aguantarlo durante todo el día y parte de la noche, la soledad era una bendición. ¡Nadie sabía la paciencia que tenía que gastar con él! ¡No paraba de tirarle los tejos a cada momento! Daba igual la cantidad de calabazas que le había dado, ni que supiera que ella tenía novio. Tampoco parecía importarle nada ponerse en ridículo cada dos por tres.

Estaban llegando a la estación templada y la noche era maravillosa. Las estrellas brillaban en el cielo y en el bosque se respiraba quietud y sosiego. Sámsara, la preciosa luna de Belenus, luminosa y de un rosa pálido, la más grande de todo el año, lucía en el cielo en plenitud, imponiendo su claridad al gris ceniciento de las escasas nubes que en ese momento surcaban el cielo.

La subinspectora aspiró con deleite el aroma herbáceo que impregnaba la idílica noche. Ojalá no estuviera ahí en una misión con el idiota de Tontinus, sino dando un paseo romántico con Clark. Podrían ir bien agarrados por la cintura, pegaditos y diciéndose al oído cosas bonitas y haciéndose carantoñas. Holt pensó que ese podría haber sido el momento y el lugar ideal para que su novio le pidiera formalmente la garra. Un suspiro brotó de su jeta. Acaba de separarse de él y ya estaba echándole de menos. Clark la hacía muy feliz. Era el mejor reptiliano del mundo, además de uno de los más guapos que había conocido. Estaba enamorada hasta las ancas.

Pero Holt, que era muy profesional, dejó sus divagaciones a un lado y abrió bien sus ojos de tres párpados a ver si había algo fuera de lo normal. Inspeccionó a fondo la zona que le había asignado Tontinus y no observó nada llamativo. Bajo los abedulanos, de follaje plateado, cuyos troncos esbeltos apuntaban hacia el cielo, todo seguía tranquilo. En un par de ocasiones oyó ruidos, pero cuando se acercó con sigilo a mirar de dónde provenían, resultó ser la propia fauna del bosque, que estaba habitada por muchos animalillos que salían por la noche para cazar o ser cazados, pero que, en cualquier caso, resultaban inofensivos para los reptilianos.

Sin embargo, en la siguiente ocasión que oyó algo raro y se acercó para observar más de cerca, apenas pudo contener un grito de sorpresa: «¡Por la Gran Madre Reptiliana! ¡Pero si es una cría! ¡Qué morros hace aquí sola!». Holt no lo podía creer: la niña, de unos cinco o seis beleniaños, estaba escondida entre unos arbustos e iba en pijama. Se pellizcó una vez para comprobar que era verdad. No lo hizo una segunda porque se había hecho un rasguño con su propia zarpa. Con la manicura recién hecha no podía cometer esos excesos expresivos o se arrancaría todas las escamas en un plis plas.

Se aproximó un poco más sin dejarse ver. Una vez que estuvo lo bastante cerca para hablarle sin necesidad de gritar, le preguntó con voz suave:

—¿Cómo te llamas, cielo?

Cris se sobresaltó al oírla. No esperaba que nadie la encontrara en el escondite donde la había dejado Berg. Ahora tenía miedo por lo que pudiera pasar. Además, sabía que estaba en un brete porque, hiciera lo que hiciera, estaría desobedeciendo sus órdenes y había sido muy explícito con ellas.

—Me llamo Cris. Mi caaasa —acertó a decir entre sollozos.

—Claro que sí, guapa. No te va a pasar nada malo, que para eso soy policía.

Holt quedó desconcertada al comprobar que sus palabras no solo no habían tranquilizado a Cris, sino que la hicieron llorar todavía con mayor desconsuelo. Estaba pensando qué debería hacer, cuando al mirar por encima de la niña, se vio sorprendida por la visión del codiciado artefacto por el que Tontinus había echado a perder su «gran noche». Se trataba de una majestuosa nave espacial, de un gris plateado que refulgía bajo la tenue luz de Sámsara con un esplendor inigualable. Entonces la subinspectora decidió aproximarse cuanto antes a la nave y llamar luego a Tontinus, quien sin duda debería reconocerle el mérito de su descubrimiento. Eso sería una buena compensación por haber tenido que interrumpir la cena íntima con su novio.

 

Ilustración original de Juanjo Ferrer para el libro editado por Desafíos Literarios

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
A %d blogueros les gusta esto: