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Aquel nuevo golpe me sumió en la desesperación más profunda. De repente, volvía a ser desgraciada. Lo cierto es que, salvo el breve paréntesis en que compartí mi vida con él, siempre lo había sido. La diferencia estribaba en que después de haber conocido la dicha no estaba ya dispuesta a conformarme con menos. El único aliciente que tenía ya en la vida era permanecer junto a él. En realidad junto a sus cenizas, de las que no me separaba ni a sol ni a sombra. Por las noches, cogía la urna donde reposaban y la metía en la cama junto a mí. Me solía dormir abrazada a ella. Parecía que ese simple acto hacía más llevadera mi soledad. Pero llegó un momento en que aquello ya no me bastaba tampoco. Compartir el lecho con las cenizas de mi marido muerto era un pálido reflejo de todo lo que había sido nuestra unión. Quería, necesitaba una mayor intimidad con él y entones se me ocurrió probar a tragar una pizca de las cenizas. Al principio la idea me resultó repulsiva a la vez que atrayente. Tuve un conflicto conmigo misma que se resolvió cuando de manera definitiva metí el dedo en la urna y luego me lo chupé.  Pese a lo que habría esperado el sabor era completamente neutro, lo que me ánimo a tomar un poco más.

Por supuesto, aquel acto de comunión no me devolvió la felicidad, pero hizo más tolerable mi dolor. Así que, después de aquella primera noche solo conseguía dormir chupando mi dedo previamente embadurnado en las cenizas de mi esposo. Repetía aquella operación tantas veces como me despertaba en medio de la noche, que solían ser muchas. Y con más facilidad de la que nunca pude imaginarme, la costumbre devino primero en un hábito y acabó por convertirse en una obsesión. Ahora ya no soy capaz de dormir si tener la boca llena de cenizas. Por otra parte, cuando comencé a hacerlo no tuve en cuenta un hecho de capital importancia: las cenizas de mi marido, como todo lo material, eran finitas. No pensé en que un día se acabarían, como casi ya ha ocurrido.

Aunque sea una vaca, no quiero quedarme sola de nuevo. Como ya no podremos «intimar» de esta manera que ingenié, mi vida carece por completo de objetivo, como no sea el de que nos reunamos en el más allá, si es que lo hay. De modo, que esta vaca, que lo es y siempre lo ha sido, va a ser única en su especie, y será ella misma la organizadora de su sacrificio. Está todo planeado. En cuanto firme esta nota de despedida brindaremos mi urna y yo con una copa del mejor champán francés que pude conseguir, aderezado con  una dosis de tranquilizantes capaz de tumbar a una vaca, o sea a mí. Yo me tomaré la mía y verteré la suya en la urna y luego me la tomaré también con los últimos restos de sus cenizas. Sé que no hay vuelta atrás. Me dormiré para no volver a despertar.

Se lo ruego. No es necesario que lloren por mí: tan solo soy una vaca.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
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