0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Aquella tarde se presentaba difícil. Por primera vez su autoridad sería puesta a prueba en un caso complicado. Tan complicado para Astrid, la Gran Maestra de entonces, como el que el propio Remigio protagonizó siendo todavía un muchacho imberbe. Le asomó una sonrisa melancólica al recordar aquella otra tarde tan lejana en la que tuvo que comparecer ante ella. Entonces, su osadía juvenil le dio la fuerza necesaria para sostener la mirada escrutadora de aquella increíble mujer. En un primer momento no comprendió por qué se estaba mostrando tan severa con él. Ella lo observó con el semblante pétreo, reflejo de un rigor que juzgó excesivo para lo que en aquel momento a él tan solo le parecía una levísima falta. Al presentar aquel proyecto en la evaluación de ciencias no se imaginó ni por un momento que iba a desatar semejante revuelo. Desde luego, tampoco que sería su propio profesor quien, lejos de compartir su entusiasmo ante aquel ingenio electrónico, lo denunciaría ante la máxima autoridad de Concordia.

Astrid hizo un leve gesto con la cabeza y Remigio trató entonces de explicarse:

—Gran Maestra, mi intención solo era hacer la vida más sencilla a mis conciudadanos, mejorar las comunicaciones, ir en aras del progreso…

—¿Progreso, dices? —le interrumpió ella—. ¿No sabes que si esta tecnología endiablada está proscrita en Concordia desde el principio de los tiempos es por un buen motivo? ¿Acaso faltaste a la escuela el día que tocaba esa lección?

—No señora, no falté. No soy un ignorante: conocía la prohibición. Pero nunca entendí las verdaderas razones. Jamás nos las explicaron —repuso con cierta insolencia.

Astrid no replicó. Se limitó a negar con la cabeza con gesto de preocupación. Ajeno a sus cavilaciones, Remigio prosiguió con su alegato:

—¿Sabe cómo podría evolucionar el mundo con mi invento? ¿Se imagina lo que significaría poder hablar con personas que están a cientos, a miles de kilómetros? Nadie volvería a sentirse solo. El padre hablaría con el hijo, la esposa con el marido, el hermano con la hermana, el amigo con la amiga sin importar dónde se encontrasen cada uno de ellos. Y todo eso sin contar con el impulso que se podría dar a los avances científicos…

La Gran Maestra le permitió continuar con sus argumentos todavía un poco más.

—Estoy seguro de que mi invento permitiría un avance mucho más rápido en todos los campos del conocimiento. Los grupos de estudio podrían coordinarse mucho mejor al compartir  sus experiencias. No como ahora, que cada uno investiga sin tener en cuenta al resto. Eso, por no hablar de la medicina…

Creyó que la había impresionado con aquella retahíla de nobles intenciones, porque advirtió cómo el rictus de Astrid se relajaba. Sin embargo, las palabras que la mujer pronunció a reglón seguido dejaron claro que no había cambiado de parecer con respecto a aquel artilugio.

—Eres joven y atrevido. Te crees que lo sabes todo. Hoy, sin embargo, te voy a enseñar algo que desconoces y que espero que te haga reconsiderar tu actitud. Pero antes de mostrarte nada me tienes que hacer una promesa: todo lo que veas y oigas a partir de este momento debe quedar en secreto. En Concordia muy pocos están  preparados para lo que tú estás a punto de descubrir. ¿Tengo tu palabra?

—Juro por mi honor que no faltaré a esta promesa —contestó Remigio desconcertado por lo que parecía una muestra de confianza más que el correctivo que esperaba.

—Creo que ahora mismo sobrevaloras tu honor —dijo la mujer sin perder un ápice de la seriedad que la caracterizaba—. Eres apenas un púber y aún nos has pasado tu ceremonia de iniciación.

—Entonces, por la memoria de las heroínas y los héroes fundadores de Concordia: prometo guardar silencio sobre todo aquello que hoy me sea revelado.

La Gran Maestra pareció satisfecha con aquella respuesta. Le pidió que se sentara, accionó un mecanismo y sobre la blanca pared de la sala comenzaron a proyectarse las imágenes de un mundo antiguo y desconocido.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

Últimos post porAvelina Chinchilla Rodríguez (Ver todos)

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Deja un comentario