Una voz masculina que procedía de  ningún sitio y de todos a la vez narraba los hechos.

—Siéntete un privilegiado —le dijo Astrid nada más comenzar la proyección—.  Este documento gráfico está reservado tan solo a los Grandes Maestros. Desde la fundación de Concordia eres el primer ciudadano corriente al que se le ha concedido acceso.

Las imágenes se iban sucediendo sin solución de continuidad. Al principio Remigio vio lo que parecía una ciudad próspera. Los edificios eran muy bonitos y altos, mucho más que cualquiera de los que él conocía. La gente bullía en las calles y en apariencia se la veía feliz. Eran hombres y mujeres de todas las edades, bien vestidos, con aspecto de estar sanos y bien alimentados. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que apenas interactuaban  entre ellos. Muchos, casi todos los que tenían edad suficiente para hacerlo, caminaban al mismo tiempo que miraban un aparato extraordinariamente parecido al de su reciente invención. También unas especies de habitaciones rodantes, que Astrid denominó vehículos, circulaban por la parte central de la avenida —por filas ordenadas y en ambos sentidos—, mientras que los laterales se reservaban para aquellos que iban a pie.

La acción continuó avanzando y Remigio pudo ver al cabo de un tiempo la misma ciudad devastada y desierta. En el centro de la calle estaban muchas de aquellas habitaciones rodantes abandonadas a su suerte, oxidadas por la acción del tiempo y la intemperie, como si hubieran  dejado de funcionar todas a la vez y la gente se hubiese marchado de allí a la desesperada. Apenas un grupo de niños desharrapados y famélicos, sin ningún adulto al cargo, deambulaba entre las ruinas de los edificios. La proyección acabó y la imagen quedó congelada en la pared.

—Gran Maestra Astrid, no estoy muy seguro de lo que acabo de ver —dijo Remigio desolado y perplejo por aquella visión apocalíptica.

Astrid señaló a uno de los niños, al que parecía de mayor edad.

—¡Fíjate bien, Remigio! Él fue Ciro, nuestro primer Gran Maestro. Construyó Concordia desde los cimientos, partiendo de cero, ya que de la civilización de sus mayores no quedó nada. Entonces la humanidad era muy soberbia. Había una gran prosperidad. La ciencia y las comunicaciones progresaban muy deprisa, demasiado… La tecnología se enseñoreó de todo. Esos dispositivos que has visto en manos de todo el mundo estaban interconectados entre sí y a su vez con en una especie de burbuja del conocimiento. La gente dejó de leer, de estudiar. Permitieron que los libros se pudrieran en las bibliotecas. No necesitaban memorizar nada: sus aparatos lo hacían por ellos.

—Pero eso en sí no es malo. Seguro que trabajaban menos que nosotros, que no tenían que perder tiempo en realizar tareas tediosas y podrían entregarse a actividades más nobles: la filosofía, el arte… ¿Qué sé yo?

—¿De veras lo crees? ¿Y si te digo que aquello ero un mundo de fantasía, una especie de castillo en el aire que no podía durar mucho? Ya lo ves, hoy en Concordia no queda ni rastro de aquello.

—Puedo preguntar a la Gran Maestra qué fue lo que pasó.

—Puedes y debes, querido Remigio. Puedes y debes… —apostilló Astrid con el semblante entristecido—. Nuestros antepasados fueron muy descuidados a la hora de proteger su forma de vida, que era altamente vulnerable como quedó luego demostrado.

—¿Me quiere decir que la sociedad de nuestros ancestros quedó destruida por una especie de accidente?

Photo by John Cunniff

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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