—No exactamente, Remigio. Aquella sociedad del pasado era muy avanzada en lo tecnológico, pero muy poco en lo humano. No era para nada igualitaria y mientras en algunas zonas del planeta se nadaba en la abundancia, en otras se pasaba mucha necesidad, incluso hambre. Como enseñamos en la escuela, las desigualdades generan conflictos y cuando un conflicto se radicaliza los contendientes no atienden a razones, solamente quieren imponerse a toda costa al bando contrario. Y eso fue lo que pasó. El almacenamiento de datos de aquella sociedad no contaba con la adecuada protección. No parecía que fuese necesario, puesto que servía tanto a unos como a otros. Era impensable que nadie lo boicoteara de manera intencionada, ya que el bienestar de todos dependía de él. Gobernaba toda la organización social, económica, sanitaria y científica. Pero entonces sucedió lo inimaginable: una facción lo atacó y lo destruyó de la noche a la mañana originando un caos global. Sin acceso a la burbuja del conocimiento nada funcionaba. Los edificios automatizados se volvieron hostiles para sus habitantes, los suministros de agua y energía se cortaron, los vehículos se detuvieron, los hospitales se colapsaron y el acceso a los alimentos se volvió primero difícil y más tarde imposible. Al principio confiaron pacientes en que sería cuestión de horas, luego de días, finalmente de semanas y conforme se fueron percatando de aquello era el fin de una era, muchos, que no querían enfrentarse a lo que la vida les iba a deparar en el futuro, optaron por el suicidio.

—¿Suicidio…? ¿Esa acción antinatural que consiste en quitarse la propia vida? ¿Pero cómo? ¿Tan poco apego le tenían?

—En realidad tenían más apego a su civilización que a la vida misma. Quedó patente cuando los suicidios en masa se produjeron a lo largo y ancho del planeta. Sin embargo, no todos los hicieron: muchos trataron de resistir, especialmente los niños, que tenían más desarrollado el instinto de supervivencia.

—¡Vaya! Parece que a esa facción el tema se les fue de las manos.

—Exacto, Remigio, se les fue de las manos y aquello acarreó unas consecuencias terroríficas. Fue una época oscura. Hubo muchos crímenes horrendos: los humanos nos volvemos bestias despiadadas cuando nos arrebatan lo más elemental, nos volvemos como alimañas. Ciro se crio en aquel ambiente nefasto pero se daba cuenta de que tenía que hacer algo, tomar alguna medida para que nuestra raza pudiera pervivir. Por suerte, ya desde niño contaba con un carisma especial, fue un líder nato —puntualizó Astrid con vehemencia—. Reclutó a todos cuantos pudo para su causa, en su mayoría niños y jóvenes que habían quedado huérfanos como él. Se encargó de convertirlos en un ejército para el bien y juntos establecieron los cimientos de Concordia: son nuestros héroes y heroínas y merecen veneración por ello. Lograron una sociedad mejor que aquella de la que provenían. En Concordia hay libertad, hay equidad, hay justicia, hay bienestar. Lo único prohibido son los dispositivos electrónicos como el que tú has inventado. ¿Comprendes ahora por qué nuestra supervivencia como pueblo depende de su destrucción?

Remigio se dio por vencido. Profundamente consternado comprendió que la Gran Maestra tenía razón y le dio de manera voluntaria aquella máquina que tantas y tantas horas de sueño le había costado para que la destruyera. Había sido un necio al creerse más inteligente que nadie. Se avergonzaba por haber puesto en peligro a su pueblo de una manera tan frívola. La Gran Maestra Astrid pareció leerle el pensamiento:

—No te sientas mal. Solo los mejores son capaces de explorar por sí mismos el camino. Sin curiosidad no hay progreso…

—Creía que estaba en contra de él.

—No te confundas, Remigio, el progreso nos gusta, lo deseamos. Pero tiene que ser cabal, servir para hacernos mejores como sociedad y como individuos. El progreso que nos esclaviza o que explota a una parte de la sociedad en beneficio de otra no es progreso, es retroceso. Al Consejo y a los Grandes Maestros especialmente nos toca velar para que no se produzcan estas distorsiones que darían al traste con nuestros anhelos más nobles, nunca lo olvides… En eso consiste la evolución

Evolución, evolución… En la mente de Remigio quedó flotando el eco aquellas sabias palabra pronunciadas por su antecesora. Ella supo hacerle reflexionar y devolverle al buen camino. Pero después de varias décadas, la historia se repetía: una joven inquieta había vuelto a poner en peligro aquella comunidad próspera y pacifica denominada Concordia. Y le tocaba a él, como Gran Maestro, atajar aquella amenaza. Solo esperaba persuadir a la intrépida muchacha con el mismo acierto que Astrid lo hizo con él tantos años atrás. Era su único deseo.

 

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

Últimos post porAvelina Chinchilla Rodríguez (Ver todos)

Open modal
0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Deja un comentario