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Valencia, octubre de 2018

 

Cuantas veces quisiste hablar conmigo, mamá, y yo no lo admití. Prefería mantenerme en aquel silencio hermético y autoimpuesto que tanto daño te hacía. En realidad, nos lo hacía a las dos. Y ahora que te veo ante mí indefensa, inerte, cómo me arrepiento… Sé que tu vida ha sido dura y que yo he contribuido a hacerte más infeliz si cabe. No fui una niña fácil, lo sé. No te perdoné que papá nos dejara tan pronto, como si la culpa en alguna medida hubiese sido tuya; como si tu vida no se hubiera truncado también aquel día en que falleció de un ataque al corazón, con solo cuarenta y cinco años. Era tu marido, nuestro padre y qué solas nos dejó a las tres. Y yo me sentí tan triste de repente. Cómo decirlo: tan… tan huérfana. Yo, que había sido la niñita de papá, de la misma manera que Raquel era, y es, tu ojito derecho. ¡No, no me lo niegues! Sé que fue así desde el primer momento, desde el día en que nacimos. Porque Raquel y yo seremos gemelas idénticas, pero en el fondo siempre hemos sido muy diferentes. Y mientras vivió papá, nuestra familia estuvo equilibrada.  Pero al morir él, todo se descompensó y yo creí llevarme la peor parte. Sentí que me quedaba sola. Y mientras que Raquel y tú compartíais la pena, yo me lamentaba en solitario. Cuando ella suspiraba al recordar a papá, conseguías consolarla a base de carantoñas. Pero yo no podía aceptar tus caricias y me enrabietaba porque tus besos no me lo podían devolver. Pensaba que a vosotras no os podía doler su ausencia tanto como a mí. Al fin y al cabo os teníais la una a la otra, mientras que yo… yo ya no tenía en quien apoyarme.

¿Te das cuenta, mamá, de que todo empezó el día en que murió papá? Fue entonces cuando se me cerró el estómago por primera vez. Simplemente dejé de comer. Cuando me insistías, se me hacía un nudo que me impedía tragar y que me dolía. Me dolía como si toda la congoja que sentía se me quedara atascada en la garganta. Sí, aquel fue el primer tropiezo, pero he tenido tantos después…

Recuerdo que como no paraba de adelgazar me llevaste al médico, a don Matías. Todavía puedo ver su rosto ancho y moreno explicándote no sé qué de los nervios. Yo entonces aún no podía entender la relación que había entre los nervios y las ganas de comer y lo miraba con cara de incredulidad. Si me concentro, aún noto sus manos enormes, pero suaves y delicadas palpándome la barriga, que viéndolo tan grandote, nadie hubiera adivinado que era pediatra.

—Es que, además, encima la niña no me duerme nada, se pasa la noche en vela danzando por toda la casa —te quejaste con un tono de impotencia que hoy, al verte tendida en esta blanca cama de hospital y luchando por recuperar tu vida, por recuperarte tal como eras hace apenas unas horas, hace que se me salten las lágrimas.

¿Por qué no hemos sido capaces de cuidar de ti, mamá, como tú siempre lo has hecho de nosotras? ¿Por qué no te quejabas? ¿Por qué ponías tan buena cara cuando te veíamos?  Siempre tan bien maquillada, siempre tan alegre y dicharachera, como si nada te pasara. ¿Por qué…? Supongo que un ictus no es algo que anuncie su visita con antelación. Da de repente y punto. No, es verdad. No tengo ningún derecho a reprochártelo. Si pudieras, saltarías ahora mismo de la cama y me lo dirías a la cara sonriendo con picardía, con ese gesto tan tuyo: «Nena, nenita, cómo querías que te dijera nada, si yo misma no tenía ni idea de lo que me iba a pasar. ¿Acaso crees que quiero estar aquí?». ¡Ojalá me lo pudieras decir!

—Tranquila, doña Blanca. Ya se le pasará. Dese cuenta de que hace todavía muy poco tiempo de… ya sabe —dijo entonces don Matías, sin atreverse a nombrar directamente a papá—. Tenga confianza, mujer, que no hay mal que cien años dure —volvió a insistir, tirando de refranero.

Tras un análisis de sangre, que demostró que no me pasaba nada, todo se resolvió con unas vitaminas y un jarabe para abrirme el apetito.

—Solo son los nervios. Ya verá como en poco tiempo mejora —concluyó don Matías muy convincente.

El tiempo dio la razón al buen doctor acerca de que no tenía ninguna enfermedad —al menos física— y poco a poco fui recuperando el peso perdido, aunque nunca alcancé a Raquel. Pero tú y yo sabemos que ya no volví a ser la misma. La muerte de papá me dejó una cicatriz cerrada en falso que todavía me duele. Me cambió el carácter, me convirtió en una niña solitaria y atormentada. Desde entonces, en pocas ocasiones he podido ver el lado bueno de la vida.

Luego de aquello y durante mucho tiempo pensé que todo lo malo venía de fuera, de lo que la vida me hacía. De los palos que me daba, siempre quitándome a mi gente, a los que me importaban. Porque papá tan solo fue el primero. Luego me quitó también a Elena en aquel estúpido accidente de metro que nadie sabe a día de hoy por qué tuvo que pasar, pero pasó. Y un tiempo después, aunque de otra manera, también me quitó a Carlos: quizás el único hombre al que he amado de verdad y al que puede que ame todavía. Quién sabe, después de todo lo que ha pasado entre nosotros. Y ahora la vida me quiere dejar también sin ti. Precisamente ahora, que sé lo mucho que te necesito. Mamá querida, no le abras la puerta a la muerte. Niégate a ella, que te quiero aquí conmigo, que tengo que hablarte de tantas cosas que teníamos pendientes. Porque si bien lo piensas, tú y yo nunca tuvimos una conversación como es debido y sé que fui yo quien la hizo imposible. Pero se acabó. De ahora en adelante serás mi primera confidente.

Ya sé que hice de la queja permanente mi modo de vida, sin concebir que también yo, con mi manera de actuar, contribuía a mi desdicha. Tampoco era consciente de que mi infelicidad era contagiosa, capaz de trasmitirse a los demás como se si fuera una mala gripe. Mi cortedad de miras hacía que me envolviese en una coraza de acero para que aquel mal imaginario proveniente del exterior no pudiera atravesarla, pero lo que ocurría es que me aislaba de todo lo bueno que la vida me ofrecía. La coraza, en lugar de protegerme como yo pensaba, me mantenía prisionera, rehén de mi misma, imposibilitando mi sanación. Porque si don Matías acertó de pleno en que a mi cuerpo no le pasaba nada, ignoró que estaba devastada por una enfermedad del alma. Sí, estaba enferma de egoísmo, de melancolía y de una rabia que volcaba principalmente contra mí misma. Mi amargura era como la heroína para un adicto: cuanto más me recreaba en ella más la necesitaba. He tardado mucho en reconocer que necesitaba una cura de abstinencia, que debía pedir ayuda para pasar el síndrome. Pero por fin ahora lo sé, me he dado cuenta, mamá y te lo quiero decir, aunque he tardado demasiado y ahora ya no sé si me podrás oír. ¡Tienes que recuperarte! Me has aguantado tantas impertinencias, tantas salidas de tono. Has sufrido tanto por mí, y ahora que quería darte una alegría, no me puedes escuchar. No importa, te lo diré igualmente, lo escribiré si es necesario para que no te pierdas una palabra de todo lo que te quiero decir.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
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