0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Desde luego, no era una situación como para dar saltos de alegría. Aun así, prefería seguir manteniéndolo en secreto, si bien tenía que reconocer que le daba mucho gusto imaginar a Ignacio, aunque fuera por una vez, desolado por su ausencia y removiendo cielo y tierra para encontrarla.

Mientras iba pensado todas esas cosas, se habían callado las chicharras y había comenzado  a anochecer. Llevaba esperando un buen rato. Ya eran las nueve pasadas. El aire se había tornado un poco más fresco, de modo que volvió al coche en busca de cobijo.

Encendió la radio y tras varios intentos fallidos consiguió sintonizar una emisora en la que sonaba la voz de Serrat entonando una nostálgica y triste canción: «… llueeeeeeve, detrás de los cristaaaaaales, llueve y llueeeeeeve sobre los chopos medio deshojaaaaaados, sobre los pardos tejaaaaaados, sobre los campos llueeeeeve…». Seguía sumida en la melancolía cuando de pronto vio aproximarse por el retrovisor a un vehículo grande. «Estoy salvada», pensó aliviada.

En efecto, se trataba de su grúa que estacionó delante de ella. Después bajó el operario, un hombre de mediana edad rondando el metro ochenta de estatura. Era tirando a delgado, aunque algo barrigudo. Su fisionomía, no obstante, era anodina, sin ningún rasgo remarcable, a excepción  de una calva esplendorosa y una descuidada barba entrecana  de tres o cuatro días. Vestía el típico mono azul, bastante rozado en cuello y mangas y con algún que otro lamparón atribuible al noble desempeño de su oficio, pero que, con la luz crepuscular, quedaba disimulado.

Le tendió a Alicia su manaza, al tiempo que se presentaba. Ella correspondió al contundente saludo de forma cortés, aunque con cierta indiferencia. A continuación intercambiaron unas breves palabras, tras las que él se dispuso a cargar el coche.

Tardó unos minutos en terminar con la operación. Después la ayudó a subir a la cabina, y, tras dar la vuelta, partieron hacia Fontina, último pueblecito por donde había pasado Alicia unos minutos antes de sufrir el percance y al que no le hacía demasiada gracia volver. Sin embargo, no tenía elección. El siguiente lugar habitable, Valdetoro, se encontraba a unos cincuenta kilómetros y la carretera era pésima. El gruista no había querido siquiera contemplarlo como una opción.

―Aún ha tenido usted suerte ―le confió en un alarde de sinceridad al verla con el gesto contrariado―. Normalmente no hay grúa en Fontina. De no haber estado allí, hubiera tenido que esperar a que la recogieran desde Valdetoro y no le habría quedado más remedio que pasar la noche en el coche.

Dada las circunstancias, Alicia, con su paciencia ya agotada, se dejó conducir hasta Fontina sin poner más impedimentos.

Para cuando llegaron era noche cerrada. El ambiente se había tornado ventoso, desapacible y presagiaba tormenta. Paco, que así se llamaba el hombre, descargó el coche a las puertas del taller, que ya se hallaba cerrado a esa hora. Tras ayudarla a recoger sus cosas se ofreció a acompañarla al hostal donde él se alojaba, que además era el único existente en el pueblo.

―¡Marííía! ¡Marííía! ¡Te traigo una nueva clienta! ―bramó al entrar en la posada.

La dueña, que estaba departiendo con la cocinera,  acudió con prontitud al mostrador. Era una mujer mayor, aunque de edad indefinida, bastante enjuta y de rostro apergaminado. Sin embargo,  sus ojos eran cálidos y vivarachos y su sonrisa afable. Se desvivió por atender a Alicia.

―¿Ha cenado usted ya? ―le preguntó tras el mostrador.

Alicia puso a la mujer en antecedentes de lo sucedido y esta, a su vez, le ofreció una cena fría, ya que la cocina hacía bastante rato que estaba recogida.

Cenó sin demasiado apetito, ya que se encontraba algo destemplada por los nervios, pero notó cómo se le iba entonando  el cuerpo mientras comía y, sobre todo, con el vaso de leche con cacao que le sirvió después.

Ya rendida, subió a su habitación, que le pareció pequeña y desaliñada bajo la mortecina luz de la lámpara.  A pesar de ello, las sábanas se veían limpias, con aspecto fresco, y la cama  la invitaba a echarse en ella, cosa que no dudó en hacer.

Se durmió de puro cansancio conforme se acostó, pero su sueño fue inquieto. Estaba intranquila por todo lo acontecido y no paraba de dar vueltas en la cama. Se encontraba en ese limbo por el que todos hemos pasado alguna vez: ese duermevela, esa frontera entre el sueño y la vigilia en la que somos conscientes de que dormimos y por lo tanto no estamos del todo dormidos.

La violenta tormenta que se desencadenó en plena madrugada se introdujo de forma subrepticia en su sueño haciéndolo todavía más desasosegado.

 

Photo by spablab

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

Últimos post porAvelina Chinchilla Rodríguez (Ver todos)

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Deja un comentario