Mientras tanto, había oscurecido por completo y comenzaba a tener frío. Sintió de repente una angustia espantosa, una sensación terrible de soledad. También le entró algo de histeria al pensar que nadie iba a reparar en su ausencia ni salir en su búsqueda.

Ya no quedaba ni un ápice de claridad cuando de pronto sus pensamientos cesaron porque vio la luz de una linterna avanzando hacia ella, al paso. Se quedó quieta, aguantando la respiración, expectante y atemorizada por la presencia de un desconocido en un paraje tan solitario. Sin embargo, la luz, y con ella quien la llevaba, que no parecía haberse percatado de su presencia, se le vinieron encima con tanta rapidez que no los pudo esquivar. El hombre, retrocedió al instante, casi tan sobresaltado como ella y alumbrándole a la cara durante un breve instante, dijo con patente alivio:

―¡Ah…! ¡Es usted! Siento haberla asustado. ―Alicia, deslumbrada, por un instante fue incapaz de ver nada, pero reconoció la voz de Alberto―. Lo siento. ¡Es que nunca hay nadie por aquí! ―añadió, insistiendo en su disculpa.

―Entonces, no saben lo que se pierden ―respondió Alicia, ya más serena.

La verdad era que se encontraba aliviada por la presencia protectora de Alberto, aunque los nervios le habían desatado la lengua.

―Es un sitio precioso, pero me he perdido y me he equivocado de sendero…

Alberto sonrió con disimulo al observar de soslayo un mohín de vergüenza en el rostro de ella:

―No te preocupes, yo te acompañaré ―sin darse cuenta había pasado al tuteo―. A mí también me ocurrió. Una vez, de pequeño, estuve perdido unas dos horas, hasta que me encontró mi padre, que salió a buscarme muerto de miedo.

Ahora era ella quien lo miraba entre extrañada y divertida, casi sin poder creer lo que el joven le estaba contando.

―Todavía era invierno. Pasé muchísimo frío y también miedo. Desde entonces, siempre que vengo traigo mi linterna.

Estaba claro de que se traba de una estúpida manía por su parte, secuela de aquella traumática experiencia de su infancia, porque a esas alturas hubiera sido capaz de volver al pueblo hasta con los ojos cerrados.

Un poco abochornado tras haberle mostrado ese signo de debilidad añadió:

―Me gusta venir aquí cuando cierro el taller, sobre todo ahora, en verano. Me relaja este sitio.

―Pues tu costumbre ha sido mi salvación. ―Para entonces, Alicia ya se había calmado por completo—. Por cierto… no te he dado las gracias por lo de esta mañana. Has sido muy atento y ahora me vuelves a rescatar, así que te debo dos.

Mientras iban conversando, Alberto la había cogido suavemente del brazo y había comenzado a guiarla por el camino de vuelta. Ahora ya se divisaban a lo lejos las primeras casas del pueblo con las luces de los soportales encendidas.

Alicia pensó que le debía a Alberto algo más que las gracias y lo invitó a cenar para corresponder a toda la amabilidad que estaba derrochando con ella. Este, al principio fue algo reticente, pero por fin aceptó. Tan solo le impuso una condición, tendría que pagar él. Este gesto tenía más de orgulloso que de galante, pues menudo pitorreo podía llegar a organizarse entre sus amigotes si se enteraban de que se había dejado convidar por una mujer. Ella no comprendió muy bien este empeño de Alberto, puesto que el propósito era  agasajarlo a él, pero al final se dejó convencer, sin dar mayor importancia a ese pequeño detalle. Decidieron cenar en la pensión, ya que no había muchos lugares donde elegir.

 

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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