Sin embargo, su situación parecía más que complicada. Invadido por completo por el pesimismo, no pudo más que rememorar su doloroso pasado. Entonces resurgieron sus antiguos fantasmas y tuvo miedo de encontrarse otra vez caminando por el filo de la navaja.

Su adolescencia y primera juventud habían sido bastante problemáticas. Por circunstancias diversas había tenido que  crecer solo, a su aire, sin una figura de autoridad que lo guiara.

A pesar de que había conseguido, en último término, sobrevivir a los ambientes marginales y a las malas compañías, había tenido que pagar un alto precio por ello. Aun así no podía quejarse del todo, ya que sabía de muchos que habiendo pasado por vicisitudes similares, habían sucumbido ante ellas, víctimas de la mala vida y anclados a una existencia miserable. Así que su historia era en realidad tan corriente y triste como tantas otras que había tenido la desdicha de conocer de primera mano.

Su padre había sido un taxista borrachín que les pegaba a su madre y a él cada vez que llegaba ebrio a casa, cosa que ocurría con frecuencia. Por suerte se mató en un accidente de tráfico, antes de conseguir desgraciar de una paliza a ninguno de los dos.

Aunque ambos quedaron en una situación económica muy precaria tras la muerte de su progenitor, y aun contando con la pequeña indemnización que les correspondió, Ignacio recordaba como dichosa la época en la que habían vivido solos su madre y él.

Por desgracia, aquello tampoco duró mucho, pues su madre había nacido sin estrella y falleció de un  terrible cáncer que la fue carcomiendo por dentro en cuestión de unos pocos meses, cuando él apenas contaba quince años.

Sin ella se encontró en total desamparo y tuvo que sobrevivir con los pocos recursos de que disponía. Prácticamente vivía en la calle. Todo lo que sabía lo aprendió en ella, y después, esta, prestamista siempre usurera, le cobró su tributo en forma  de algunos años de correccional.

A pesar de su mala fortuna, fue lo bastante listo como para aprovechar ese periodo entre barrotes aprendiendo un oficio. De esta forma se convirtió en un buen carpintero, cosa que le permitió  ganarse bien la vida cuando salió en libertad.

Llevaba trabajando varios años en la carpintería de Emilio, quien no había tenido inconveniente en contratarlo a pesar de sus antecedentes. Si había albergado algún recelo hacia él por su condición de exconvicto, nunca se lo había hecho saber y, pese a esa mácula en su biografía, con el tiempo se habían convertido en grandes amigos, casi hermanos, y se tenían confianza plena. De hecho, Emilio le acaba de dar una gran muestra de amistad al acogerlo en semejante estado.

Pero retomando la crónica de su pasado, lo cierto era que Ignacio había salido de aquel mal trance con la lección bien aprendida y ya hacía mucho que no había vuelto a tener ningún encontronazo serio con la ley. Hoy en día, a punto de cumplir los treinta y dos, era un hombre totalmente centrado.

Desde que estaba con Alicia se sentía feliz, quizá por primera vez en toda su vida, aunque nunca se había atrevido a contarle nada de su tortuosa vida anterior. Por supuesto tampoco que su triste infancia, y no otro, era el motivo por el que se negaba en rotundo a tener hijos. No quería que sufrieran todos los sinsabores que él había tenido que soportar.

Pese a ello se daba cuenta de lo absurdo de esa idea porque sabía que hubiera sido incapaz de comportarse con una criatura como su padre lo había hecho con él. Es más, casi estaba seguro de que podría llegar a ser un buen padre si es que, a pesar de su vehemente oposición, estaba escrito en su destino que ello le sucediera alguna vez.

Pero un miedo solapado e irracional hacía que no quisiera siquiera oír hablar del tema y siempre que Alicia le había insinuado la posibilidad de tener un bebé, él había acabado cerrándose en banda.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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