Cuando llegó al piso que compartía con Alicia le extrañó encontrarlo vacío, y aunque todavía quedaba algo de su ropa en el armario, enseguida se dio cuenta de que su cepillo de dientes no estaba. Tampoco sus cremas. Sin embargo, en la vitrina del baño continuaba aquel carísimo frasco de perfume de precio prohibitivo, que él le había regalado por San Valentín. Todavía resonaban en sus oídos los reproches que le hizo por gastarse tanto dinero: «Ignacio, no necesito que me compres cosas tan caras. Tan solo es una colonia… Ya sabes que mi mejor regalo eres tú, compartir mi vida contigo». Pero a él no le había importado el dispendio con tal de complacerla, ya que sabía que lo mucho que le gustaba esa fragancia. Dejar allí aquel perfume no podía ser un simple despiste, un olvido casual. Era un mensaje sin palabras que Ignacio comprendió a la perfección: Alicia se había marchado y no quería saber nada de él. Tal vez lo odiara y no podía culparla por ello. Sabía que tenía que hacer  algo para conseguir que lo perdonara y pronto. Pero antes tenía que encontrarla. Llamó a los padres de ella y a todos los amigos comunes que pudo localizar, pero nadie sabía nada a cerca de su paradero. De repente ya no sabía qué hacer. Su castillo de naipes, sus planes de disculpas, sus deseos de reconciliación… ¡Todo se había venido abajo!

Se maldijo una y mil veces por no haber sido capaz de afrontar antes el problema, cuando todavía habría sido posible un arreglo. Pero Alicia lo había abandonado, le había pagado con su misma moneda. Demasiado tarde se daba cuenta de que dolía… y mucho. Ahora se encontraba perdido, no sabía qué hacer ni a dónde ir y la angustia lo tenía por abatido completo.

Al cabo de un buen rato, volvió a llamar a su amigo Emilio en busca de consuelo. No estaba en casa y le contestó Carmen, su mujer. Aun así, no pudo reprimirse y se deshogó con ella. Esta, compasiva, lo invitó a comer, pues ya era casi la hora. Ignacio aceptó encantado, ya que si algo no podía soportar en ese momento era la sensación de soledad. Así que, en apenas unos minutos, se plantó en la casa.

Estuvo cabizbajo durante toda la comida, inapetente, comiendo casi por cumplir y aguantando con resignación las crueles burlas de Emilio que parecía no darse cuenta de lo mucho que estaba sufriendo.

―¿Pero qué esperabas, casanova, donjuán de pacotilla…? ―le espetó sin miramiento―. A las mujeres no se las puede tratar así. Si no, pregúntale a Carmen.

Menos mal que esta última se mostraba bastante más comprensiva con la situación y procuró no hacer más leña del árbol caído. Por ese día Ignacio ya había tenido suficiente.

La sobremesa se hizo bastante larga y tediosa, ya que parecía no querer marcharse. Pero a eso de las siete de la tarde y contrariado se decidió dejarlos, ya que ellos le habían avisado de que tenían otro compromiso.

Cuando regresó a casa todavía estaba un poco achispado por el alcohol y con los sentimientos medio adormecidos, pero tenía la remota esperanza de que Alicia hubiera vuelto. Sin embargo, el piso seguía vacío y no encontró mejor forma de evasión que mirar el televisor hasta la madrugada, aunque la programación era bastante soporífera en pleno agosto.

A pesar de lo poco que había comido se encontraba pesado por el alcohol y se acostó sin cenar, pero tenía los nervios a flor de piel y no conseguía dormir. No paraba de dar vueltas en la cama. El calor y la preocupación lo pusieron cada vez más alterado e incómodo, de modo que, se levantó y se asomó por el ventanal para tomar el fresco.

Vio a un hombre en el balcón de enfrente que también parecía absorto en sus propios pensamientos y fumaba un pitillo. Debido al calor sofocante, ambos vestían solo con ropa interior y estaban desnudos de cintura para arriba. Aunque, Ignacio, parapetado tras la ventana, no se sentía tan expuesto como el desconocido. Aun así, sus miradas se cruzaron en un momento dado y se sintió incomodo por lo que consideró una intromisión en su intimidad.

Entonces decidió a salir a caminar. Cualquier cosa era mejor que quedarse en la cama dando vueltas y rumiando su inquietud.  Así que, mientras recapacitaba sobre todo lo acontecido se puso una camiseta y unos chinos, se calzó las deportivas y salió a la calle.

La ciudad estaba del todo desierta en la madrugada de agosto y las calles tan vacías tenían un aspecto extraño. Deambuló un buen rato por esas calles solitarias y al cabo de unas dos horas, cuando ya se encontraba agotado, volvió a su casa. Pensó que ahora que estaba tan cansado dormiría con facilidad pero aun  así, la noche se le hizo larga, muy larga.

 

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
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