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Alicia, agotada, por fin dejó de llorar y se lavó la cara. Se durmió después de comer,  pero tuvo un tristísimo sueño en el que se mezclaban de forma estrafalaria sus últimas vivencias y en el que su vida acababa hecha pedazos. Sin apenas transición con su sueño, se despertó llorando. Sin embargo, el mismo llanto actuó como un bálsamo y poco a poco se fue calmando, aunque en ningún momento dejó de cavilar acerca del día tan horrible que había tenido.

Había salido a toda prisa del taller, conmocionada por la insinuación del doctor respecto a su estado. Ni siquiera le había agradecido a Alberto lo amable que había sido con ella. Se había comportado como una niña mimada, con una gran falta de consideración hacia todos. Ella no era así. Solo tenía una disculpa: se encontraba trastornada por completo, atrapada por los últimos sucesos que comenzaban a entretejerse y conformaban poco a poco una tupida red que la estaba apresando. Sí, era como una trampa. Una trampa sin sentido que le estaba tendiendo la vida.

Al salir del cuarto de baño miró por la ventana. La tarde era agradable y parecía que el calor sofocante del sol ya comenzaba a decaer un poco. Decidió marcharse a dar una vuelta ya que necesitaba respirar aire fresco. Un buen paseo la ayudaría a recapacitar  sobre sí misma y sobre el giro que estaba tomando su vida.

Caminó durante un buen rato rehuyendo las miradas indiscretas de los escasos transeúntes, que atribuyó a su condición de forastera y que la hacían sentirse bastante incómoda.

Al cabo de un rato torció por una esquina y al poco se encontró andando por una trocha que se internaba en el monte. La vegetación se hacía más espesa conforme avanzaba por aquel camino agradable y tranquilo.

De pronto decidió que se haría la prueba de embarazo. Un breve escalofrío le recorrió el espinazo. No se sentía en absoluto preparada, pero carecía de alternativa…

El camino moría de forma repentina en medio de un pequeño promontorio lleno de maleza. Subió hasta allí y vio que de ahí nacía otro sendero, más estrecho todavía, que bajaba por la ladera contraria. Continuó por él y, al cabo de algunos minutos, llegó a un pequeño llano en donde se hallaba situada, contra la pendiente del monte, una vetusta fuente de piedra. La vereda seguía y se perdía serpenteante, pero Alicia pensó que ese era un buen lugar para descansar y decidió quedarse allí un rato.

Se veía que la humedad y el tiempo habían causado estragos en la rústica estructura. Del murete manaban tres caños, el central estaba situado un poco más alto que los otros dos y encima de él había un letrero oxidado en el que a duras penas podía leerse «Agua potable». Debajo, en una grafía mucho más pequeña y en cursiva «27 de marzo, 1962», sin duda, la fecha en que había sido inaugurada por la autoridad competente.  Por encima, ya en la falda de la loma, las ramas de un frondoso sauce llorón descendían a modo de cascada hacia los caños, aunque sin llegar a tocarlos.

La fuente estaba flanqueada por dos poyetes de piedra, también bastante estropeados por el tiempo, que se construirían en su momento para facilitar el descanso a los viajeros, y acaso también, a desorientados excursionistas como ella.

Alicia se refrescó la cara y los brazos y bebió un poco, haciendo un cuenco con las manos. Tenía un sabor diferente al agua embotellada que estaba acostumbrada a beber, con un ligero toque amargo al paladar. Aun así la encontró muy  refrescante y alivió su sed.

A continuación, se sentó en uno de los poyetes y continuó encadenando sus razonamientos. ¿Qué haría, si realmente estaba esperando un hijo? El momento no podía ser peor, ya que ahora mismo le gustaría borrar a Ignacio de su vida. Era cierto que tenía su propio negocio: la peluquería, que le iba bastante bien. Clientela no le faltaba. En ese sentido no tenía problemas. Aunque varias preguntas rondaban por su mente: ¿Podría cuidar ella sola a un bebé? ¿De verdad deseaba ser  madre soltera?

No tenía respuesta para ninguna de ellas. Cuanto más intentaba pensar, más embrollado lo veía todo, así que decidió parar porque la cabeza le estallaba. «Todavía queda tiempo para tomar decisiones», se dijo tratando inútilmente de consolarse.

En ese momento todo le pesaba como una losa. Parecía que le había caído encima la gran montaña que había a su espalda y su peso le impedía respirar. Miró a su alrededor y descubrió en esa naturaleza apenas domesticada por la mano del hombre toda la armonía que le faltaba a su vida.

Decidió dejar  a un lado sus elucubraciones y disfrutar un rato del espléndido paisaje. Sin darse cuenta quedó sumida en un estado contempletativo, como suspendida en el tiempo. No fue consciente del lapso transcurrido, pero en cierto momento volvió en sí y le pareció que ya era hora de regresar, porque empezaba a sentir hambre y sobre todo porque la luz comenzaba a escasear.

Volvió por una de las sendas que se abrían al promontorio desde donde había divisado la fuente, pero luego, a pesar  de que lo intentó en varias ocasiones y por distintas vías, no daba con el camino de vuelta. Tuvo que admitir que se había perdido.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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