La pensión era una antigua casona del pueblo restaurada de manera conveniente a ese fin. Por fuera conservaba el aspecto típico de las otras casas, aunque era bastante más grande ya que,  en realidad, se trataba de tres inmuebles contiguos cuyas fachadas se hallaban unificadas por una pintura en un tono verde lima, que contrastaba con el blanco predominante de las  demás casas.

Si por fuera se habían atrevido a darle un color atrevido, por dentro, la restauración había sido exquisitamente escrupulosa con su aspecto primigenio. Las paredes estaban pintadas de blanco. Los techos, que eran bastante altos, tenían las vigas oscuras de madera a la vista. El suelo era de barro cocido ―aunque de un material bastante más moderno y práctico que el original― y la escalera que daba al piso superior, donde se encontraban las  habitaciones, contaba con una barandilla negra de hierro forjado, que hacía resaltar aún más el piso de color teja.

Un mobiliario recio de estilo castellano, unas lámparas a juego y unas puertas  de madera, en roble oscuro, le daban al conjunto un aire campestre y sencillo. Unos claros visillos de hilo cubriendo las ventanas, terminaban de de dar el toque de época al establecimiento.

En la planta baja, además de la cocina y otras dependencias ocultas a la vista, se encontraban la barra del bar y un pequeño salón con unas cuantas mesas, que se usaban tanto para que los parroquianos echaran sus partiditas de cartas o dominó, que como salón de comidas.

La clientela era en su mayoría autóctona, pero de vez en cuando se dejaba caer algún foráneo despistado.

Eligieron una mesa situada en uno de los rincones más discretos y apartados del comedor. Fue la propia María quien les atendió durante la cena, de forma muy diligente y parando de tanto en tanto la oreja, lo que en el fondo divirtió mucho a Alicia.

La conversación tuvo sus altibajos, auque en algunos momentos estuvo bastante animada. A Alicia no le quedó más remedio que reconocer que su acompañante distaba mucho de ser el patán pueblerino que se había imaginado en un primer momento.

Era un joven guapo y bien plantado, algo más alto que Alicia. Con cierta corpulencia,  aunque alejado del prototipo de musculitos de gimnasio que tanta grima le producía a ella. Tenía el cabello liso, de un tono castaño oscuro, y lo llevaba muy corto. Su tez estaba bastante curtida por el sol, lo cual contrastaba con sus risueños ojos de un claro azul turquesa que eran el principal foco de su atractivo.

Alicia, olvidando por completo sus preocupaciones, escuchaba embobada todas las explicaciones que le estaba dando acerca de su vida en el pueblo. No entendía cómo no se había fijado en él por la mañana. Aunque, claro está, en esas circunstancias,  mareada y con todo dando vueltas a su alrededor, no estaba como para reparar en los encantos de nadie.

Le contó, entre otras muchas cosas,  que tenía veinticuatro años y que no siempre había vivido en  Fontina, sino que había estudiado en la capital y había retornado para hacerse cargo del taller de coches al jubilarse su padre. También, que llevaba la mecánica en la sangre y era un enamorado de su trabajo. Por desgracia sus padres habían fallecido jóvenes. Su madre cuando aún era niño y su padre hacía apenas un par de años. Se lamentó porque eran los dos peores trances por los que había tenido que pasar en toda su vida. No tenía hermanos y vivía solo en la vieja casa familiar.

Estas últimas confidencias le hicieron sentirse algo culpable y desagradecida con la vida, ya que por suerte, los suyos, seguían vivos y sanos, y podía contar con ellos para todo.

Ya, para terminar, le confesó que Fontina le gustaba, que allí vivía bien, que tenía sus amigos y que, por ahora, no tenía novia.

Alicia, por su parte, le hizo un pequeño resumen de las peripecias de su frustrado viaje, aunque tuvo buen cuidado, más por picardía femenina que por otra razón peso, de no contarle nada referente a Ignacio.

Alberto ya se marchaba cuando de repente volvió sobre sus pasos.

―¿Qué te parece si vamos mañana de excursión? ―le propuso, ya que los sábados no abría el taller―. Conozco un lugar pintoresco en el que hay una fonda donde podríamos comer después. El dueño es un viejo amigo.

―De acuerdo. No parece un mal plan pasar el día. Al fin y al cabo no tengo nada mejor que hacer ―dijo sonriéndole  con picardía.

 

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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