La primera impresión de Valdetoro que se llevó Ignacio fue bastante mala. El paisaje era tórrido y desabrido. El pueblo le pareció inhóspito y para remate, la estación quedaba lejos del pueblo, así que no le quedó más remedio que caminar bajo el sol abrasador del mediodía durante un buen rato.

Por fin, vio un bar que le inspiró menos desconfianza que los demás y pensó que era un lugar como otro cualquiera para iniciar sus pesquisas. De allí lo mandaron al Hostal Paqui, el mejor del mundo entero en opinión del camarero que lo atendió.

La habitación donde se instaló no podía ser más penosa. Las paredes estaban llenas de desconchones, ya que hacía siglos que no habían visto una mano de pintura. El baño, a pesar de que saltaba a la vista que lo habían limpiado con escrupulosa meticulosidad, apestaba a lejía revenida y tenía un aire de decrepitud altamente contagioso, para el que Ignacio no estaba vacunado en absoluto. En la cama, sobre las sábanas ásperas como el  papel de lija y con algún remiendo, lucía una raída colcha de hilo que, aunque alguna vez había sido blanca, amarilleaba en algunas zonas y que también se veía carcomida por la polilla en varios puntos. Ya,  para colmo, la única ventana, en lugar de dar a la calle, se asomaba a un sombrío patio de luces. ¿Se podía pedir más…?

Ignacio, sin sacar sus exiguas pertenencias de la bolsa, se dio una ducha rápida con ánimo de refrescarse, tras la cual salió en busca de fortuna. Una vez abajo, preguntó al conserje por el taller mecánico más cercano. Este le dijo que en la misma calle, dos manzanas más arriba, había uno. Inmediatamente enfiló hacia el taller.

No le costó demasiado trabajo dar con él, y había tenido suerte, ya que, por tan solo cuestión de minutos, lo había encontrado abierto, aunque en el interior solo quedaba un muchacho terminando de lavar un Volkswagen Golf.

—¿Grúa? —repitió, receloso, la última palabra proferida por Ignacio, obligándole así a reformular la pregunta.

—Te digo, que si conoces algún sitio dónde haya grúa, para transportar coches.

—Nosotros no tenemos grúa —reiteró este, con absoluta indiferencia ante la insistencia de Ignacio.

—¡Sí!, ya sé que aquí no!, pero habrá grúas en algún lugar de Valdetoro, ¿no, chaval? —volvió a preguntar con obstinación, por tercera vez, ya bastante molesto ante la actitud desganada del joven.

Entonces, este le contestó a regañadientes que había dos empresas de grúas en Valdetoro, pero solo se acordaba de una de ellas, Grúas Fernández, y de la dirección no estaba seguro del todo. Le dijo que preguntara más arriba.

Decepcionado, Ignacio pensó que sería mejor ir a comer, pues ya se iba haciendo hora. Se echaría una siestecita hasta las cinco y media o las seis, y ya, con el sol algo más bajo, haría un nuevo intento.

Cuando volvió a salir, descansado por el sueño reparador, comprobó con impotencia que todo estaba cerrado, «¿cómo no he caído en la cuenta de que es sábado?», pensó lleno de frustración. Ahora tendría que esperar hasta el lunes para continuar su búsqueda por los talleres, aunque todavía le quedaba la posibilidad de seguir indagando en hoteles y pensiones.  «¡Algo es mejor que nada!», se dijo a sí mismo, tratando de no dejarse abatir por las contrariedades, y dedicó lo que quedaba de tarde a recorrer las calles semivacías, preguntando a los pocos transeúntes con los que se encontraba. La mayoría lo miraban con extrañeza y, sin darle apenas respuesta, se alejaban a toda prisa. Tan solo algunas personas de buen corazón, al verlo tan desalentado, le dieron diversas direcciones. Como es natural, de nada le sirvieron, pues el objeto de sus deseos no se encontraba en esa población.

Después de cenar en un tugurio apestoso una cena que le pareció sospechosa, volvió como pudo a su pensión, ya que tenía los pies reventados por toda una tarde de infructuosas caminatas.

Se echó en la cama, vestido como estaba, y se quedó dormido al instante. A pesar de su cansancio, su sueño distó mucho de ser tranquilo. Tuvo una horrible pesadilla en la que se perdía en un lugar desconocido, una especie de tortuosos laberinto cuya salida no conseguía encontrar. Al final, empapado en un sudor frío y, ya de madrugada, se despertó con mal cuerpo y peor talante. Achacó su mal estado a la cena infame de la noche anterior y por más que lo intentó no consiguió conciliar el sueño de nuevo.