Alberto fue puntual. Recogió a Alicia a eso de las diez de la mañana y partieron en su flamante BMW de color azul metalizado. El día había salido espléndido. Se adentraron por una carretera secundaria, estrecha y sinuosa. A Alicia le pareció que la conocía bien y que conducía con soltura,  además a una velocidad excesiva para el estado tan sensible en el que se encontraba ella. Le rogó que aminorara la marcha y él, obediente, cumplió la orden al instante, aunque le preguntó con cierto tono de ironía acompañado de aires de gallito bravucón:

—¿Tienes miedo?

—No, no es eso… —le contestó Alicia, tratando de buscar de manera rápida una excusa plausible—. Es que últimamente ando con el estómago un poco revuelto…

—Ya… —dijo Alberto a su vez con una sonrisita cínica.

Ascendían por la carretera y el paisaje era espectacular. Alberto iba señalando como un auténtico maestro de ceremonias todo aquello que resultaba digno de atención: la cadena de picudas montañas que se veía a lo lejos en el horizonte, el embalse que parecía un espejo que duplicaba el paisaje, aunque dándole un tinte algo más sombrío y más adelante, la garganta por donde zigzagueaba el río que había estado labrándose su lugar entre las piedras a lo largo de los siglos.

En la cumbre había un mirador fantástico y Alberto decidió parar allí durante un rato para disfrutar de la panorámica. Alicia contemplaba todo aquello con los ojos de una niña que llevara años sin ir de excursión. Reparó en que había estado demasiado tiempo sin salir de la ciudad, encerrada en la peluquería.  Demasiado tiempo enredada en broncas con Ignacio.

—Mira, Alicia. ¡Allí está Fontina! ¿Verdad que es bonito? —exclamó Alberto, señalando un punto en la lejanía.

Se notaba en el tono de voz la pasión que sentía por su pueblo. Ella asintió, contagiada por su entusiasmo, aunque se encontraba algo cansada y le pidió que volvieran al coche. Durante el resto del viaje ya no hablaron mucho. Tan solo de vez en cuando Alberto recordaba su papel de guía y señalaba a Alicia cualquier accidente geográfico digno de mención. Se dio cuenta de que un velado pesimismo envolvía su semblante y no quiso cansarla  demasiado con banales observaciones.

Un poco antes de las dos llegaron por fin a su destino. Era un pequeño mesón situado en un lugar inverosímil. Se llamaba La Fonda del Diablo y, desde luego, su emplazamiento le hacía plena justicia a ese nombre tan peculiar. Aparcaron el coche en la explanada que había debajo y subieron a pie los escalones esculpidos en plena roca que le daban acceso.

Arriba les recibió Juanito dueño, y además cocinero, de ese increíble lugar. Al parecer, aunque era bastante mayor que Alberto —Alicia calculó a ojo de buen cubero que andaría por los sesenta años— entre los dos hombres existía una gran amistad.

—No os preocupéis por nada. Aquí está el viejo Juanito que se encargará de todo. ¡Os voy a preparar una comida de chuparse los dedos! —afirmó mostrándoles una campechana sonrisa. A continuación preguntó—: por cierto…  ¿cómo se llama la señorita? —su tono era entre curiosos y solícito.

—Alicia, me llamo Alicia Lamata. —dijo dándole la mano de manera cortés y sin esperar a que Alberto la presentara.

El hambre les apremiaba y Juanito, que se lo leyó en los ojos, los acomodó con presteza en la mesa que les tenía preparada justo al lado del magnífico ventanal. Desde allí era posible apreciar toda la grandiosidad del paisaje que los envolvía. Alberto se atrevió a preguntar, no sin cierta timidez, por el menú que les tenía preparado, pero Juanito, algo contrariado, le dijo que tendría que esperar porque se trataba de una sorpresa.

—Tú  y yo no hacemos más que perdernos por el monte y comer juntos —dijo entonces Alicia, que se mostraba otra vez de buen humor.

—Sí, eso parece, pero espérate a probar las delicias de Juanito… —enseguida añadió—: no es que la comida de María sea mala ¡no!, pero Juanito tiene un toque supremo para la cocina… además, ¡este lugar es tan especial…!

—Pues en ese caso, comamos y brindemos —dijo alzando la copa de vino—. ¡Por Juanito y su toque supremo! —Alicia se manifestaba ahora casi eufórica, y eso que aún no había bebido.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
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