5.00 Promedio (97% Puntuación) - 1 voto

Hablaron de cosas intrascendentes durante toda la comida. Se rieron con algunas anécdotas que se contaron mutuamente. El ambiente estaba muy distendido hasta que a Alberto se le ocurrió decir:

—Si no quieres no me cuentes nada, Alicia, pero ayer… cuando te desmayaste en mi taller, no pude evitar oír lo que te dijo el doctor Marcilla.

El rostro de Alicia se demudó al instante. Ahora su semblante traslucía ansiedad y preocupación. En un movimiento nervioso apartó el plato a un lado  dejando de comer y, sin darse cuenta, hizo trizas con las manos una servilleta de papel. Alberto se arrepintió enseguida de haber pronunciado esas malditas palabras. Hubiera deseado poder recogerlas, pero eran como agua derramada, imposible de devolver al recipiente original. El mal ya estaba hecho y Alicia, sin variar su expresión de inquietud, se tomó su tiempo para contestar.

—Supongo que ya no puedo ocultártelo, ¿no? ¡Está bien! —prosiguió en un tono lastimero— Anoche no fui del todo sincera contigo. Bueno, en realidad fui muy poco sincera —se aclaró la garganta con suave carraspeo y continuó.

»Solo te conté lo que quería que supieras de mí. Pensarás que soy una oportunista y una falsa, y no me extraña…

En ese momento, Alicia, bastante frustrada por el cariz que estaba tomando la conversación, la interrumpió con un brusco silencio. Alberto no sabía dónde esconderse Continuó, de nuevo, con su discurso, al cabo de unos segundos interminables.

—La verdad, me siento tan confundida en este momento… —y comenzó con un llanto entrecortado por suspiros. Pero ya que había empezado a desahogarse no parecía dispuesta a callar. ¡Ni siquiera se había hecho la prueba todavía!

Estas últimas palabras las había proferido con un aire más compungido aún. Alberto mientras le ofrecía un clínex y trataba de consolarla lo mejor en que podía, aunque sus esfuerzos resultaron vanos.

Juanito, que en ese momento se acercaba para servir uno de sus famosos postres «Lágrimas de chocolate», desconcertado por lo que estaba viendo, interrogó a Alberto con la mirada. Este, resignado a que se le considerara culpable se limitó a encogerse de hombros, como diciendo que la cosa no era por él. Juanito sin inmiscuirse en sus asuntos se limitó a servir los platos y a desaparecer.

—¡Qué tonta soy! —terminó diciendo Alicia mientras se secaba las lágrimas—. ¡Está bien! Te lo contaré: tengo novio. Bueno, al menos lo tenía… ¡Hasta hace bien poco! Estoy casi segura de que hay otra. Y ahora estoy sola y posiblemente embarazada. ¿Qué te parece? ¡Bonita historia! ¿Eh? —Su tono dejaba traslucir un resentimiento que desagradó a Alberto.

—A mí, ni me parece ni me deja de parecer —respondió él, de forma un tanto lacónica. Ahora mostraba el mismo aire de congoja que Alicia—. Apenas nos conocemos pero…, me gustas. No tengo oportunidad de conocer a muchas chicas en Fontina. ¡Tú!…,  me encuentro a gusto contigo, pero  no quiero que por mi culpa te sientas todavía más presionada —a continuación, sus palabras se tornaron casi en una súplica—. ¡Por favor!, olvida lo que te he dicho. Mencionarlo ha sido una torpeza por mi parte. ¡No tenía ningún derecho a entrometerme! —en verdad que sus disculpas sonaban sinceras.

—Sí, tienes razón, disfrutemos del día. Tú también me caes bien. Brindemos: ¡por nosotros!

Sin embargo, algo se había quebrado ya en al aire. Aunque en apariencia todo volvía a estar en orden, Alberto se  percató de que las  risitas de Alicia, ahora resultaban algo forzadas y el buen ambiente anterior había desaparecido como por encanto. Cuando terminaron de comer dieron una vuelta por los alrededores y a media tarde, después de un café, regresaron a Fontina. Alberto condujo su coche con extrema suavidad y apenas hablaron durante el camino. A eso de las ocho estaban de vuelta.

Cuando Alberto se marchó a su casa tras dejarla en la pensión no dejaba de fustigarse por ser un auténtico metepatas. Su inoportuno comentario había echado a perder el día. No encontraba reproches suficientes para mortificarse. Para una vez que se le ponía un pichoncito a tiro, erraba como un novato,  lo que en realidad era. Tenía poca experiencia con las mujeres ya que el personal femenino en edad de merecer escaseaba en el pueblo y pocas veces había podido disfrutar de una situación tan favorable para ligarse a una forastera.

Por su parte, Alicia subió a su habitación y se tumbó en la cama un rato antes de la cena. Se encontraba agotada. El día había sido demasiado intenso. «¡Dios…!», pensó. Se había sentido tan mal durante la conversación con Alberto… ¿Cómo pretendía explicar a nadie aquello que no podía ni explicarse a sí misma? Sentía un vacío en la boca del estómago, una especie de vértigo interior. No podía seguir con esa incertidumbre, era mejor tener una certeza. Se haría la maldita prueba lo antes posible…

Sacó el móvil del bolso y lo observó durante un buen rato, dudando entre encenderlo o dejarlo apagado. Quizás podría llamar a alguna de sus amigas y desahogarse, o a su madre, que, a buen seguro, la apoyaría de forma incondicional. También podría llamar a casa y ver si había vuelto Ignacio… Desterró ese último pensamiento al instante ese cabrón no se lo merecía después de lo que le había hecho. Así que mantuvo el teléfono apagado, ni siquiera quiso escuchar los mensajes de voz de Ignacio.

Estaba tan cansada y tan deprimida que le pidió a María que le subiera la cena a la habitación, pero apenas la probó. Después se durmió con un sueño tranquilo, propio de quien ya ha tocado fondo y su vida ya no puede sino mejorar, pues caer más abajo es un desafío del todo irracional para las leyes de la física.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

Últimos post porAvelina Chinchilla Rodríguez (Ver todos)

5.00 Promedio (97% Puntuación) - 1 voto

Deja un comentario