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Alicia ya no quiso demorar más la espera y siguiendo al pie de la letra las instrucciones del prospecto, el lunes recién levantada, se hizo el test de embarazo. El minuto de espera se le hizo interminable, pero al fin allí estaba el resultado, que no podía ser otro que positivo. La verdad es que no se sorprendió demasiado porque desde que había tenido el desafortunado encuentro con el doctor Marcilla había ido haciéndose a la idea de lo que parecía inexorable. Aunque, ahora que tenía la prueba en sus manos, se encontraba bastante confusa. No sabía a ciencia cierta si la noticia la hacía feliz o, por el contrario, la disgustaba. Sentía una cierta indiferencia, como si su mente tratara de poner una distancia entre ella misma y su nueva situación. Pasó un buen rato tratando de digerirla, y cuando al fin consiguió recomponerse,  se arregló y bajo a desayunar.

María estaba impaciente por conocer la noticia de primera mano, aunque bien que lo había intuido todo desde el primer momento. Cuando Alicia se lo confirmó, la pobre mujer se sintió ante un gran dilema, pues no sabía si felicitarla o darle las condolencias. Al final, optó por lo primero, ya que lo segundo, al margen de ser de bastante mal gusto, no lo había visto hacer a nadie en todos largos años de su dilatada existencia. Así que, sin aspavientos, con la profesionalidad que da el estar acostumbrada a tratar con todo tipo de gente durante muchos años, le dijo que a partir de ese momento debía cuidarse mucho, y mejor aún dejarse cuidar por los demás.

Le sirvió un abundante desayuno, que Alicia, a pesar de que tenía bastante apetito y puso mucha voluntad en ello, no fue capaz de terminar. Después pensó en ir al taller por ver si había alguna novedad respecto a su coche, pero lo pensó mejor porque no le apetecía demasiado enfrentarse cara a cara con Alberto. Además, recordaba que le había dicho que tardaría como mínimo una semana y todavía era lunes, así que ¡a qué preocuparse! Cambió de idea y se dirigió por el sendero que ya conocía y que llevaba a La Fuente del Sauce, que era como la llamaban en el pueblo. A pleno día, estaba segura de que no tendría ningún problema de orientación y encontraría fácilmente el camino de regreso.

La mañana estaba agradable y todavía no apretaba mucho el sol. Además, después del día anterior, tan lluvioso, había refrescado un poco. A pesar de ello, aún sintió la pesadez cansina del sol sobre su cabeza a la vuelta, cuando ya hacía más calor, y lamentó no haber llevado ninguna botella u otro recipiente  para recoger agua de la fuente, de modo que llegó a la pensión sedienta y extenuada casi por igual.

María le ofreció un vaso de limonada, y le recomendó que se sentara en el porche a descansar un rato hasta la hora de comer. Alicia no se recuperó del todo del cansancio de la excursión y después de la comida subió a dar una cabezadita, pero estaba tan agotada que se durmió profundamente.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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