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El domingo siguiente no fue un buen día. No lo fue para nadie. Amaneció frío y lluvioso, desapacible y triste.

Alberto, todavía atormentado por el pésimo resultado de la excursión, que con tanta ilusión había preparado para complacer a Alicia el día anterior, se levantó tarde y enfurruñado consigo mismo. Se quemó con el café al tirárselo por encima, distraído como estaba por sus taciturnos pensamientos. Untó con saña la tostada, como si fuera la culpable de todos sus males y, esta, en justa venganza, se le cayó al suelo siguiendo el certero criterio de la ley de Murphy; es decir, por el lado de la mantequilla. Renunció a prepararse otra  e intentó comer unas rancias magdalenas que encontró en el fondo de la despensa, pero su aspecto repugnante y mohoso le hizo desistir de probarlas. Así que, dio por terminado su desayuno después de tomar el poco café que le había quedado en la taza tras derramarlo.

Después salió a comprar el periódico, costumbre sacrosanta de todos los  domingos. No solo acostumbraba a leerlo con auténtica fruición desde la primera a la última página, sino que cualquier supuesto observador neutral hubiera opinado que trataba de aprendérselo de memoria, tal era la devoción con que solía devorar las páginas. Pero aquel día, apenas si podía concentrarse en los titulares, por lo que lo arrojó, con una furia mal contenida, sobre el suelo del salón.

A continuación, quiso escuchar algo de música, para templar un poco los nervios; pero no encontraba nada que mejorase su estado de ánimo. Por el contrario, todo lo ponía más melancólico y malhumorado.

El día tampoco acompañaba para salir de casa, por lo que al final, cerca de la una de la tarde y en contra de sus sobrios hábitos, en cuanto a la bebida en particular, y a todo lo demás en general, se tomó algún que otro güisqui.

Acabó quedándose dormido en el sofá de puro aburrimiento, aunque hay que decir que los efluvios alcohólicos también aportaron su granito de arena.

Se despertó cuando ya casi era de noche, tomó una cena ligera sin demasiado apetito, vio una película en el DVD, nada más que para matar el tiempo, y muy temprano se fue a dormir; los días laborables se levantaba a las seis y media de la mañana y no era cosa de añadir penalidades físicas a las sicológicas, ya sufridas durante ese fin de semana maldito.