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El despertar de Alicia no fue mucho mejor. Ella también se sentía afligida por su frágil situación y por lo mal que se le había dado el día anterior.

Bajó temprano a desayunar y María, muy observadora, se percató al instante  de la pesadumbre de Alicia. Se le notaba en la expresión por más que tratara de disimular con una afectada sonrisa.

La posadera trató de ser amable y le preguntó si se encontraba bien. En realidad, por mera cortesía y sin esperar una respuesta concreta. Pero su demanda surtió mucho más efecto del esperado y Alicia se desmoronó de repente, comenzando a llorar de forma queda y con cierto disimulo, pues le daba vergüenza que la vieran así en un lugar público.

Pero al final, tragándose las lágrimas, se sinceró, contándole, más o menos, todas sus andanzas desde la última discusión con Ignacio hasta su llegada a Fontina. El resto de la historia, ya lo conocía de primera mano, por lo que no hizo falta repetírselo de nuevo.

Ella se alegró sinceramente de que por fin Alicia se hubiera desahogado, ya que estaba segura, de que el simple hecho de hablar de sus problemas, si bien no les restaría importancia, sí le haría observarlos bajo una perspectiva bastante menos catastrofista. No era la primera mujer, ni sin duda la última, que se encontraba en una situación semejante. Le insinuó que debía darle otra oportunidad a su novio, ya que, en su modesta opinión, todavía era posible una reconciliación

—Torres más altas han caído —le dijo con convicción y sin ningún tipo de pudor. Y, en seguida añadió—: ¿sabes?, la farmacia está abierta las veinticuatro horas del día, domingos y festivos incluidos, así que, si eso es lo que quieres, tan solo tienes que decírmelo e iré yo misma a traerte la dichosa prueba.

Alicia asintió, dejándose convencer con docilidad,  y subió a descansar a su habitación porque se encontraba sumida en un estado de apatía total que le impedía incluso pasar el tiempo  leyendo, algo que tanto le gustaba.

Al cabo de una media hora, más o menos, llegó María con el test. Estudiaron atentamente las instrucciones  como si fueran madre e hija. La situación no dejaba de resultar un tanto cómica por lo inverosímil, pero decidieron de común acuerdo posponerlo hasta el día siguiente, ya que el prospecto indicaba de forma clara que la prueba era mucho más fiable con la primera orina de la mañana. Al fin y al cabo, ¡qué podía importar un día más de incertidumbre!

La buena mujer la trató con mucho mimo el resto del día y le dijo que si no quería, no hacía falta que bajase al comedor, ya que podían subirle la comida a su cuarto. Alicia declinó la invitación con amabilidad, pensando que tanto aislamiento le haría más mal que bien.

Cuando bajo a comer parecía mucho más tranquila y relajada que por la mañana, aunque, la procesión, a buen seguro, iba por dentro. Comió con buen apetito y después de charlar un rato con María de cosas intrascendentes subió otra vez a su habitación con intención de seguir leyendo La luna en agosto, una novelita de corte romántico, que la tenía del todo enganchada desde que había comenzado a leerla.  Pero no le duró en las manos ni dos minutos. Al instante se quedó dormida y el libro se le fue escurriendo hasta caer con suavidad sobre el suelo.