Sin embargo, quien peor lo pasó aquel domingo infame fue Ignacio. Desolado y malhumorado a partes iguales por la infructuosa búsqueda del día anterior, se encontraba como un animal enjaulado en su mugrienta habitación. Ganas le dieron de liarse a patadas con puertas y paredes: tan necesitado estaba de liberar la agria adrenalina que se le había ido acumulando durante todos estos días, en los que su vida se le estaba yendo a pique.

Sí, ahora comprendía que aquello era una especie de castigo divino —en su caso debía de tratarse de una especie de sucedáneo ya que él no era creyente— por su inmadurez, por no haber sabido valorar a tiempo lo afortunado que había sido compartiendo su vida con Alicia, por su falta de consideración hacia ella y por tantas y tantas cosas malas que había hecho a personas inocentes a lo largo de su, todavía, corta vida.

Si aún conservara un ápice de fervor religioso se hubiera puesto a rezar como un niño y le hubiera pedido a Dios que hiciera retroceder el tiempo justo hasta el momento antes en el que él se marchaba de casa, dando aquel portazo digno del mejor de los melodramas.

Por desgracia, Ignacio era un ateo militante, porque nada de lo que había pedido le había sido concedido. Cuando vivía su padre —él, apenas un niño— a menudo le imploraba con vehemencia que no llegara borracho esa noche, arrebujado en su cama, sin apenas sacar la cabeza del embozo, de puro miedo.

Pero en ninguna de esas ocasiones lo escuchó Dios. Bueno, puede que sí, en una o dos como máximo. Pero la mayoría de veces aparecía su padre bebido pasada la media noche, y comenzaban el escándalo, los gritos y los lloros. Su madre suplicándole que dejase al muchacho en paz, pero eso era algo que rara vez ocurría; lo habitual era que, después de la tunda a la madre, le tocara el turno al hijo.

Ignacio, cuando oía a su padre acercarse a la habitación, se solía orinar encima presa del pánico. Lo aguardaba atemorizado, escondido entre las sábanas húmedas y calientes, esperando la vaharada espesa de ese aliento atufado de alcohol rancio que tanto asco le daba. Se sentía impotente, sabiendo lo que le esperaba, deseando ya que durase poco esa espera, pues no hay nada peor que tener la seguridad de lo que te va a suceder cuando eso es malo, más que malo: penoso, traumático, insoportable. Esos momentos de incertidumbre, de no saber si esa noche se libraría o no de la paliza, eran tan angustiosos para él, o más, que la paliza misma. Y en pocas oportunidades se libró de ella.

Al día siguiente, en la escuela, con el cuerpo lleno de moretones fingía que se había caído con la bici —que por cierto, nunca había llegado a tener— o que se había peleado con algún coleguilla. Aunque, en el fondo, todos sabían lo que ocurría, nunca nadie hizo nada por remediarlo.

Cuando su padre murió en aquel accidente, nunca del todo esclarecido, pero que según todos los indicios fue provocado por él mismo, que probablemente condujera ebrio, sí pensó que por fin Dios lo había escuchado, que había accedido a sus ruegos y plegarias, y por un tiempo renació su fe. Pero dicen que la alegría dura poco en la casa del pobre, y ¡qué verdad es! Tan solo había transcurrido unos cuatro años de la muerte de su padre, cuando su madre enfermó.

Se la veía empeorar día a día. Nunca le dijo a Ignacio nada sobre ese mal que parecía estar devorándola por dentro, pero él volvió a pedir con mayor devoción si cabe, que no se la llevase también a ella, que con el canalla de su padre ya había tenido suficiente botín.

Pero, una vez más, le dio la espalda y una fría noche de marzo, cuando a Ignacio le faltaba un mes escaso para cumplir los quince años, su madre se fue para siempre abandonándolo a su suerte. Desde entonces Dios, el concepto mismo de Dios, desapareció de la mente de Ignacio. Juró que nunca más pensaría en él, que jamás pronunciaría su nombre, y así lo había hecho, incluso cuando había estado sumido en el más profundo de los pozos.

Era verdad que no había salido solo de allí, otros le ayudaron a convertirse de nuevo en una persona en lugar de la bestia en que se transformó después de morir su madre. Pero ninguno de ellos había sido Dios. Todos eran personas de carne y hueso, buenas personas con nombres y apellidos. Dios se lo había quitado todo y ni siquiera le había dejado el mísero consuelo de la fe. Él y Dios estaban reñidos para siempre e Ignacio lo ignoraba como este había hecho con él, porque amor con amor se paga, ¿acaso no era eso lo justo?

No obstante, de todo eso hacía ya muchos años. En el momento actual, era el sueño del laberinto el que le había puesto con un humor de perros y dejado con mal sabor de boca.

Aunque había llegado hasta allí para buscar a Alicia,  poco podía hacer durante el fin de semana.  Así que decidió tomárselo con calma, ¿qué otra cosa podía si no, hacer hasta el lunes?