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Pasó el día sin pena ni gloria, andando de allá para acá, buscando un restaurante para comer que tuviera una apariencia de mínima decencia. A continuación, volvió a la pensión a descansar un poco, ya que tenía los pies en carne viva de tanto caminar.

Luego ya, a media tarde, bajó al bar y pidió un café con hielo para entonar el cuerpo y de paso, mitigar un poco el sofocante calor que lo tenía medio asfixiado.

Aburrido como estaba, después de varios días sin haber hablado apenas con nadie, no pudo menos que reparar en una conversación pescada al azar entre dos parroquianos que compartían la barra, a escaso medio metro de él.

—Pues sí, Federico, allí, con el parabrisas hecho una braga estaba la gachí, esperando mi grúa, como quien espera el agua de mayo…

Tras una breve pausa para dar un sorbo a su cerveza, el desconocido continuó hablando.

—Así que, como paraba mucho más cerca de Fontina  que de aquí y ya era noche cerrada, allí que la llevé. ¡Ay, la pobre!, estará pasando unos días de retiro espiritual porque…, ¿a ver qué va a hacer una chica de ciudad como ella hasta que le arreglen el coche? Si en un garbeo de diez minutos ya te has visto el pueblo entero…

Sin duda, para un tipo con una vida tan monótona y anodina como la de Paco, lo ocurrido suponía una ocasión única para bacilar delante de su amigo, que hasta el momento ni siquiera había tenido la oportunidad de abrir la boca.

—¡Disculpe! —le interrumpió Ignacio, al que comenzaba a aguijonearle la curiosidad—, ¿dice que recogió a una mujer en la carretera  y que la llevó a Fontina?

Continuó sin esperar respuesta, ya que se trataba de una pregunta más bien retórica.

—¿Recuerda qué día fue?

—Miércoles o jueves. Sí, creo que fue el jueves, algo pasadas las nueve de la noche… —contestó Paco, tras hacer memoria sobre lo ocurrido unos días atrás.

—¿Y cómo era? —siguió preguntando, ahora de forma bastante atropellada, porque ya estaba con el corazón a punto de salírsele por la boca. De repente, quería ponerse al corriente de todos los detalles.

—Pues muy guapa, ya lo creo, aunque no tenía buena cara. ¡Parecía muy contrariada! A nadie le gusta quedarse tirado en una carretera así. Era pelirroja, aunque puede que teñida, que yo no entiendo mucho de estas cosas, ¿qué sé yo?, y ¡con un cuerpazo de escándalo…!

—¿Y el coche, no sería por casualidad un Nissan blanco? —prosiguió Ignacio haciendo caso omiso de la insinuación, un tanto procaz, que el hombre había hecho sobre su chica.

A esas alturas ya se  encontraba a al borde del infarto, tras tanta ansiedad acumulada, y nada más que veía la posibilidad de encontrar por fin a Alicia. Tantos días buscándola como un poseso y la solución a sus pesquisas estaba acudiendo, como quien dice, sola hasta él.

—Sí, en efecto, no me diga que la conoce —repuso Paco, queriéndose dar cierta importancia.

—Ya lo creo, ¡cómo que es mi novia! Llevo buscándola toda la semana, pensando que estaría aquí, en Valdetoro… —Ignacio estaba ya, por completo, preso de la impaciencia.

—¡A  lo mejor es ella la que no quiere dejarse encontrar! —le espetó Paco, resuelto y algo chuleta, sin conciencia de que estaba metiendo el dedo en la llaga, y a buen seguro, sin tener ni idea de con quien se la estaba jugando.

—Bueno…, ¡sí!, tuvimos una pequeña discusión. Ya sabe, cosas de enamorados…, pero nada que no se pueda remediar con un buen achuchón, ¡usted ya me entiende…! —prosiguió Ignacio contemporizando, aunque sin poner demasiado énfasis en tratar de convencer a su interlocutor. Además, qué demonios le importaba a él lo que había pasado.

»Por cierto, ¿cómo puedo llegar hasta Fontina? —añadió, tratando de suavizar por un instante la expresión de su rostro, consciente de que por momentos se estaba volviendo feroz y sabiendo que necesitaba de su colaboración.

—Amigo mío… —comenzó a decir Paco, a la vez que ponía cara de circunstancias—,   me temo que lo tiene rematadamente mal. Solo hay un autobús, los sábados. Claro…, que ¿si quiere que yo le lleve personalmente….?, el martes, he de ir a hacer allí una entrega.

Ignacio no sabía ya si reír o llorar. Siempre había pensado que eso de la histeria era patrimonio exclusivo de las mujeres. Sin embargo, en ese momento, él estaba completamente histérico, requetehistérico, megahistérico, si se permite la expresión. Todos esos días indagando como un loco por Valdetoro y Alicia nunca se había encontrado allí, sino en otro pueblo a bastante distancia. «¡No puedo ser más estúpido!», se repetía sin cesar.

Hasta el martes aún faltaba mucho, pero no le quedaba más remedio que esperar, así que se citó con Paco a las cinco de la tarde en ese mismo lugar. Pagó con gusto las consumiciones de este y de su amigo y salió de nuevo a dar un paseo.

Al contrario que Fontina, que estaba rodeada de hermosos parajes y magníficas montañas, en los alrededores de Valdetoro no había nada digno de contemplación. Solo estaba el pueblo y los desmontes en las zonas de expansión, y luego el páramo. Un páramo desierto y seco, sin apenas una mala hierba que cubriese esa tierra árida y yerma, requemada por el calor del ardiente verano.

Ignacio anduvo durante un buen rato por las calles desiertas de agosto, de un pueblo que para él no presentaba ningún aliciente. Pensó en todos los errores que había cometido a lo largo de su vida, aunque de manera especial, en el último. «Pero siempre es posible una reparación», se dijo a sí mismo, mascullando entre dientes, tratando de animarse. «Estoy a punto de encontrar a Alicia, ojalá que pueda perdonarme y todo vuelva a ser como antes. ¡Que digo como antes!, no, ¡mucho!, ¡muchísimo mejor!», seguía musitando, con la única intención de no dejar paso a la desesperación, que intentaba abrirse camino con la fuerza indestructible de la razón.

La tarde gris plomiza iba perdiendo la luz segundo a segundo hasta que anocheció por completo. A pesar de lo nublado del cielo, desde un claro absolutamente inverosímil en una noche tan desapacible y con el cielo tan cubierto, se asomaba la luna a punto de alcanzar su plenitud. Ignacio se detuvo absorto contemplando su magnífica silueta. «Pronto habrá luna llena», pensó, mientras retrocedía el camino andado con intención de volver a la pensión, buscando una cena sencilla pero comestible, y que no sometiera a su organismo a los horrores pasados la noche anterior. Aunque para ser sinceros, sus trastornos no fueron exclusivamente causados por la cena.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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