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A media tarde, la despertó el timbre del teléfono de su habitación. Era María, para decirle que Alberto estaba esperando abajo y deseaba subir para hablar con ella. Eso contravenía todas las normas de posadera. Era más que probable que a ningún otro hombre se lo hubiera consentido, pero él era su ojito derecho, lo conocía desde niño y entre ellos existía un lejano parentesco, así que lo consideraba un poco como al hijo que nunca tuvo. Además, había sido muy amiga de su madre en vida y esto acrecentaba, más todavía, sus sentimientos maternales hacia el muchacho. Alicia, todavía medio adormilada y sin saber muy bien lo que decía contestó que bien, que subiera…

Alberto había pasado el día muy nervioso. No había parado de pensar en Alicia un solo minuto y sin saber muy bien por qué, se sentía responsable de todo lo que le estaba ocurriendo a ella, al menos, mientras se encontrara bajo los dominios de su territorio.

Confiaba en que ella se hubiera pasado por la mañana por el taller, pero su espera había sido infructuosa y eso lo había puesto, si cabe, más nervioso todavía y, además, de un humor algo sombrío, cosa rara en él, pues era de natural afable y pocas cosas le afectaban a ese extremo. Pensaba, no sin motivo, que estaría enfadada. ¿Quién era él para inmiscuirse en su vida de esa manera? La verdad es que la había abordado sin ningún miramiento y quería disculparse por haber sido tan torpe y grosero el día de la excursión.

No podía ya más con su zozobra y, ya que ella no había aparecido por el taller, había decidido ir él a la pensión, a buscar su perdón. Lo que nunca hubiera imaginado era que María le permitiese subir a la habitación, esa sí que había sido toda una sorpresa… ¡Pero allí estaba él! Dispuesto a comportarse como un hombre de pelo en pecho, dicho sea en un sentido metafórico, ya que su torso era más bien lampiño.

Tocó con los nudillos en la puerta, intentando sacudirse la timidez. Alicia le abrió al momento, pero inmersa todavía en el sopor del sueño que, de forma tan brusca,  le habían interrumpido, no cayó en la cuenta de que su única vestimenta consistía en un picardías, ciertamente muy sexi, pero muy poco apropiado para recibir a un hombre, a menos que intentara seducirlo, claro está. Pero no parecía que ese fuera  el caso.

Cuando Alberto la vio con semejante atuendo se le enrojecieron  hasta las uñas de los pies y ella, al percatarse, se sintió igualmente avergonzada y sin saber que hacer, si correr como una demente a ponerse más ropa encima, con lo que daría todavía más relevancia al incidente, o, por el contrario, aguantar el tipo y quedarse como estaba. Al fin y al cabo, en cualquier parte del litoral se podía ver muchísima más carne  de la que ella enseñaba con esa prenda. Tal vez, dejándose llevar por la inercia del momento, optó por la segunda opción, prefiriendo pasar por fresca antes que por mojigata. Aun así trató de actuar con la mayor naturalidad que le fue posible.

Como únicamente había un asiento en el dormitorio, que además, no parecía nada cómodo, una vez pasada la vergüenza del primer momento Alicia invitó a Alberto a que se sentara en la cama junto a ella. Este, venciendo su inicial pudor aceptó. Así y todo se le veía azorado e incapaz de iniciar una conversación con un mínimo de coherencia, pues encontrarse a Alicia de ese modo le había causado una gran conmoción interna. Por eso tuvo que ser Alicia quien empezara a hablar:

—¿No te lo ha dicho María antes de subir …?, hoy me hecho la prueba, estoy embarazada —estas últimas palabras las dijo con un hilillo de voz apenas audible, como si fuera un pajarillo asustado e indefenso y ya con las lágrimas comenzándole otra vez a brotarle de los ojos.

»¡Oh Dios mío!, y ¿ahora qué haré? —se lamentó con una vocecita que parecía apenas un susurro.

Alberto no soportaba verla en semejante estado de congoja y pesadumbre, así que la abrazó con ánimo de consolarla. Dejó que llorara un rato sobre su hombro, pero como su llanto no amainaba comenzó a besarle los ojos con dulzura, como si quisiera beberse sus lágrimas. Ella le dejó hacer, sin darse cuenta de que se estaba poniendo cada vez más melosa, al tiempo que el manantial de sus lágrimas se iba secando. De los suaves y tímidos besos de consuelo pasaron sin apenas transición, a apasionados besos de tornillo. Ninguno  de los dos pensaba, tan solo se besaban con ardor, como si ellos fuesen los únicos seres sobre la tierra y se fuera a acabar el mundo.

Hicieron el amor como dos enamorados que no se hubiesen visto en años, tal era la pasión que derrocharon. Después de un primer asalto, rápido y apasionado, Alberto comenzó a acariciar con morosidad ese cuerpo de diosa que la providencia había puesto a su alcance. No hubo rincón  de su piel, recoveco de su anatomía que dejara por explorar: los suaves y firmes senos, la perfecta espalda, las mórbidas nalgas… Con cada caricia  de él, ella sentía un nuevo escalofrío de excitación que le recorría la espina dorsal. Él, por su parte, se deleitaba sin prisas por todos los rincones de su cuerpo, ahora tocaba el fértil vientre, con la tentadora oquedad de su ombligo perfecto en su centro. Después fue descendiendo lentamente hacia el monte de Venus.  Lamió con deleite sus ingles, y después retrocedió al centro de su sexo que lo atraía con sus aromas de reminiscencias marinas y que saboreo con amorosa suavidad y lentitud, consiguiendo que Alicia tuviera un orgasmo interminable, perdiendo prácticamente la conciencia.

Más tarde, cuando se hubo recuperado de la marea de sensaciones, quiso corresponder la generosidad de Alberto de la misma manera, pero él  la hizo rodar y la subió sobre sí y entonces ella con  movimientos lentos y cadenciosos cabalgó sobre él,  haciéndolo vibrar de puro placer.  Alicia también se volvió a excitar muchísimo y después de muchos jadeos y resuellos por ambas partes les llegó un nuevo orgasmo en intensas oleadas que parecía que nacían del mismo centro de sus entrañas y que se expandían, salvajes, por todos y cada uno de los átomos de sus cuerpos. No hubo resquicio alguno al que no llegara  el clímax que, los dejó agotados y henchidos de gozo.

Con cara de seráfica felicidad y con sus cuerpos todavía entrelazados se quedaron traspuestos. Cuando despertaron, algo sobresaltados por el tiempo que habían estado adormilados, ya era casi hora de cenar, pero no podían bajar así ya que  estaban hechos unos auténticos pingajos. Alicia, como buena anfitriona, dejó que Alberto se duchara primero. Después ella hizo lo propio, se maquilló ligeramente y bajaron al comedor.

María tuvo que mirar a Alicia un par de veces para poder reconocerla. No tenía nada que ver con la chica afligida que había subido a su habitación a mediodía. Luego echó una mirada maliciosa y cómplice a Alberto, al que sin duda consideraba el artífice de semejante cambio, si bien, no dijo nada y les sirvió la cena como si tal cosa.

Por su parte, ellos se encontraban exultantes de felicidad. Se miraban a los ojos, embelesados como dos adolescentes y de repente comenzaban a reír sin ton ni son. Menos mal que el comedor estaba medio vacío. Aun así, María les lanzaba de vez en cuando miraditas con cierto aire recriminatorio que ellos parecían no ver, haciéndose los desentendidos. La cena, que consistió en unas verduras salteadas y una merluza a la romana, lo más probable, congelada, la encontraron exquisita. Cualquier cosa les hubiera sabido a gloria bendita.

Después de cenar, salieron a dar un pequeño paseo por la pequeña localidad. Alicia, ahora, la encontraba encantadora. No le extrañaba que Alberto estuviera tan enamorado de su pueblo, ella casi podía decir que también lo estaba.

Al cabo de un rato, cuando habían hecho un recorrido casi completo por todas las calles, Alberto la acompañó de nuevo a la pensión. Se despidieron en la puerta con un tímido beso en la mejilla, pues ninguno de los dos había asimilado, del todo, lo ocurrido. Alicia le dijo que se pasaría al día siguiente por el taller para ver si había llegado ya la luna de su coche.

Aunque al principio había tenido unas ganas locas de salir corriendo de Fontina, ahora se sentía a gusto en este pueblo tan pequeño como acogedor. Era un paréntesis delicioso que le había tocado en suerte, como en una lotería. Alicia entró en la pensión y se topó de cara con María:

—Oye, ¡qué bien ha sabido consolarte este muchacho!, si hasta pareces otra persona. ¿Dónde dejaste olvidadas la mala cara y las ojeras? ¡Jajaja…!

Pero dijo todo esto con cierto tono de broma, de quien ha vivido mucho y ha visto más y con una sonrisa franca, alegrándose en el fondo de que los dos tortolitos hubieran hecho su nidito de amor entre las paredes de su casa. Alicia, aceptando de buen grado su complicidad, se acercó y le dio un efusivo abrazo y un suave beso en la mejilla. Subió a su habitación, se desmaquilló y se puso un camisón limpio, pues el otro había quedado en un estado deplorable. Se acostó y se durmió al instante.