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A la mañana siguiente a Alicia todavía le duraba el buen humor, pero comenzaba a darse cuenta  de que en lugar de esclarecerse las cosas, se estaban complicando todavía más. Alberto le caía bien, le había demostrado que era un buen chico, y además, a qué negarlo,  se sentía bastante atraída hacia él.  Hacer el amor había sido un estupendo antídoto contra su tristeza, la había puesto a tono y llenado de vitalidad, pero se daba cuenta de que una historia seria entre ellos era algo imposible….

Desde luego no sintió ningún tipo de remordimiento por haber hecho lo que el cuerpo le pedía, ya que Ignacio había sido el primero en abandonarla, y sin darle ningún tipo de explicación. Todo había sido obra del destino y en ningún momento había planeado sobre ella el afán de revancha. Las cosas habían ocurrido así, y punto. No quería calentarse la cabeza con eso.

Pese a todo, Alicia era lo bastante inteligente para darse cuenta de que el camino que acababa de emprender no la llevaba a ninguna parte. Lo ocurrido, sin embargo, la hacía ser un poquitín más compresiva con Ignacio, ¿qué sabía ella de las circunstancias  que se habían dado para que Ignacio hiciese lo que hiciese en su momento?, o lo que ella suponía que había hecho, ya que carecía de pruebas fehacientes y hasta ahora, todo eran meras conjeturas suyas.

Pero el problema entre ellos no radicaba solo en los malditos cuernos, sino también en esa increíble manía  de no darse por enterado de nada, de no abrirse ni a aun a la persona en la que se suponía que debía tener más confianza y a la que más quería, o al menos eso decía él. O sea, ella. Le hacía cierta gracia pensar, que después de todas las broncas que le había montado, comenzaba a perdonarlo, así, sin más, aunque solo fuera un inicio de perdón. Pero, por mucho que su perdón, al fin resultara completo, había un detalle que no podía pasar por alto. Ignacio la había abandonado y eso le daba un cariz bastante más complicado a todo el asunto.

Aquel día bajó más tarde a desayunar. Cuando María la vio, se dio cuenta de que traía un aire ensimismado, y, no exento de desasosiego, que contrastaba mucho con la despreocupada alegría de la noche anterior.  Alicia le contó a su patrona, que se estaba convirtiendo cada vez más, también en su confidente, todos los pensamientos que la abrumaban desde que se había despertado.

Esta le dijo que demostraba mucha sensatez al plantearse todas esas cuestiones tan importantes, pero que dejara de preocuparse tanto. En la vida, todo lo que ha de ser será, dijo en un tono algo machacón que recordaba al de la famosa y cansina canción  que Doris Day interpretaba al final de la película El hombre que sabía demasiado, y que dejó a Alicia sin más argumentos para proseguir con la estéril charla.

Tras desayunar de forma pausada, dio un paseo hasta llegar al taller de Alberto. Este, cuando la vio, se puso bastante nervioso y la hizo pasar a ese cuchitril al que él solía llamar despacho.

—Tengo una buena noticia para ti —dijo sin gran entusiasmo. Como si la noticia fuera al mismo tiempo mala para él—. Mañana por la tarde traerán la luna, por lo que tu coche estará listo el jueves a mediodía… ¡Ves!, una semana, tal y como te dije, Alicia.

Tras una breve pausa, prosiguió, aunque, ahora balbuciendo  a duras penas las palabras.

—Creo…, creo que deberíamos hablar sobre nosotros…., te invito a cenar esta noche en Casa Domingo, no es un sitio muy fino pero es mucho más discreto que tu pensión, ¿qué me dices?

—Sí, está bien. Yo también necesito hablar, ¿a qué hora?

—Te parece bien a las nueve.

—De acuerdo —contestó Alicia, marchándose  al  instante del taller.

Alberto también se había hecho muchas preguntas a lo largo de la mañana ¿estaría enamorándose de Alicia? Ello no tenía nada de malo en sí mismo, pero Alicia no pertenecía a Fontina y pronto se marcharía. Por otra parte, también  tenía la curiosidad  de saber si ella sentía lo mismo, o si por el contrario, seguía colgada todavía de ese gilipollas que acababa de dejarla en la estacada.

En el mejor de los casos,  que los dos estuvieran enamorados, ¿qué futuro podía tener su relación? Ella no querría renunciar a su ciudad donde tenía su vida y su negocio y él tampoco querría marcharse de Fontina ni aunque intentaran llevarlo por la fuerza entre diez hombres bien fornidos. Hubiera sido infinitamente mejor para sus intereses haberse enamorado de alguna chica de su pueblo, que, aunque pocas, las había, y alguna bastante atractiva. Todo hubiera sido tan fácil: un tiempo razonable de noviazgo y después una boda que mejorando lo principal, es decir, la permanente sensación de soledad y su perpetua hambre de sexo, mantuviera todo lo demás en su sitio. Pero ya se sabe, el amor no se busca, se encuentra, y a él le había surgido de la manera más difícil y con la persona más equivocada.

Por lo demás, el hecho de que Alicia  estuviera esperando un hijo de otro, no hubiese sido un impedimento para él, ya que era una persona generosa y además le gustaban los niños. Por todo ello, le parecía tan importante que hablaran cuanto antes sobre todas esas cuestiones que a él se le antojaban vitales. Necesitaba saber por boca de la propia Alicia si podía albergar alguna esperanza o si por el contrario debía esforzarse en olvidara cuanto antes.

Ese día se fue casa antes de lo habitual y le dijo a Toni que por la tarde no acudiría al taller. Este último no dio crédito a sus oídos, porque era la primera vez desde que trabajaban juntos, que Alberto se ausentaba sin un motivo de vida o muerte y menos todavía, sin dar ningún tipo de explicación. Pero la ansiedad que sentía era insufrible y no le dejaba concentrarse en el trabajo. Por ese motivo decidió marcharse a su casa y ver, si allí, la espera se le hacía más llevadera. Comió lo primero que se le presentó y trató de pasar el tiempo de la mejor forma que pudo hasta la hora de la cita, algo que no le resultó nada fácil.