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Ignacio, pese a todos sus esfuerzos, no había podido evitar pasar otra mala noche. Al despertar se encontró de nuevo en el lugar de sus pesadillas: esa habitación inmunda de una no menos inmunda pensión que estaba aprendiendo a odiar con un resentimiento de raíces cada vez más profundas.

Ese rencor era absurdo, y él lo sabía, ya que ni Valdetoro, ni la pensión, ni su propia habitación, tenían culpa alguna  de que él fuese un necio y de que se hubiese equivocado de principio a fin al iniciar la búsqueda de Alicia, de cuya desaparición, en todo caso, él era el único culpable.

Aparte de martirizarse con ese tipo de pensamientos, no se le ocurría qué podía hacer para que el tiempo transcurriese con más celeridad. Ya se había recorrido Valdetoro en todas direcciones y sentidos varias veces. En sus alrededores no encontraba nada que lo atrajese. Además, él no se encontraba haciendo turismo. Había emprendido ese viaje con un propósito muy concreto, encontrar a Alicia. Y hasta el momento nada le había salido a derechas.

Pasó por un kiosco y se le ocurrió, además de comprar el periódico, como venía haciendo a diario, algún libro entretenido que lo sacara del tedio de pasarse horas y horas sin saber qué hacer. Compró uno que le recomendó el dependiente, pues en eso de la literatura andaba bastante pez. Nunca había sido un gran lector, al contrario que Alicia, a la que le encantaba leer, sobre todo novelas románticas. Le costaba entender cómo se le podían pasar las horas, metida entre las hojas de un libro, sin hacerle caso a él. Eso lo ponía un poquitín celoso, pero la dejaba a su aire porque sabía por experiencia que si la interrumpía se solía poner de muy mal humor. Era mejor dejarla hasta que se cansara y entonces, cuando abandonaba la lectura, lo solía colmar de mimos y carantoñas y su paciencia era entonces recompensada con creces.

Retornó a la pensión, justo, a la hora de comer, y después subió a la habitación dispuesto  a pasar el rato leyendo y dando alguna cabezadita si se terciaba. Pero la cabezadita fue enorme y se despertó pasada la media tarde.

Se refrescó un poco la cara, se peinó y volvió a salir a dar unas cuantas vueltas más por su gran jaula —entiéndase Valdetoro—. Paró en un par de tascas del más puro estilo valdetoreño a tomarse algunas cañas.

Parecía un  recluso de permiso,  que tan solo atendía a las horas de comer y de dormir. Hubo un tiempo en que llegó a conocer muy bien ese tipo de disciplina, tal vez por eso sabía arreglárselas tan bien con ella.

Volvió a cenar a su pensión, ya que no quería más experimentos con su estómago. Luego se tomó un güisqui, sin duda de garrafón, que le recordó algunos de esos brebajes que se solía tomar en los malos tiempos y subió a su habitación pensando, con cierto alivio, que ya había pasado la mayor parte de su espera. Al principio no tenía demasiado sueño y cogió el libro, pero le volvió a pasar lo mismo que por la tarde. Nada más comenzara a leer, un dulce sopor lo envolvió y se quedó dormido como un niño. Lástima que despertara tan pronto, aún de madrugada, y ya no fuera capaz de volver a conciliar el sueño.