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La noche estaba muy  avanzada y Lola ya había cenado hacía bastante rato, pero sin pensárselo dos veces, preparó a Alicia una cena sencilla aunque suculenta de la que esta dio buena cuenta.

Después le preparó la cama y salieron al porche a charlar, aunque terminaron por volver al interior de la casa al cabo de un rato, ya que afuera caía el relente de la noche y se quedaron muertas de frío apenas sin darse cuenta en unos pocos minutos.

Lola, entonces, preparó un café bien cargado, que ambas tomaron con leche, y que las hizo reaccionar. Mientras se tomaban la bebida caliente comenzaron con su particular puesta al día. La verdad era que hacía cierto tiempo que no se veían y tenían muchas cosas que contarse. Durante unas cuantas horas se dedicaron a conversar sobre todo lo que les había sucedido desde la última vez que se habían visto.

Lola, según dijo en un principio, no tenía gran cosa que contar. Seguía con su tienda de antigüedades, que le iba bastante bien y luego le habló de su último desengaño amoroso, ocurrido hacía ya algún tiempo y que le había hecho cerrar  por completo las puertas al amor.

—¡Anda!, ya será para menos… —dijo Alicia en plan de amiga, amiga—, ya verás como cualquier día de estos encuentras al hombre de tus sueños y te vuelves a enamorar. Ese día, ni te acordarás de esta conversación.

Alicia, por su parte, sí que estaba loca de impaciencia por contarle todos los acontecimientos que habían jalonado su vida durante esos últimos días. Lola no salía de su asombro en cuanto aquella hubo comenzado a hablar. Todo eran exclamaciones como ¡ah!, ¡sí!, ¡no me digas!, ¡en serio! Y así, toda una perorata interminable, imposible de pormenorizar.

—¿Y, ahora, qué harás? —preguntó, al fin, a su amiga, con una extraña mezcla de curiosidad e inquietud—, se lo dirás, ¡verdad! —añadió con cierta preocupación reflejada en el rostro.

—Mujer, claro que se lo diré — contestó Alicia con aplomo—, al fin y al cabo el hijo es suyo y aunque hayamos reñido, no se lo puedo ocultar.

—¿Sabes, Alicia?, yo creo que vosotros seguís enamorados, ya verás como continuaréis juntos.

—No me imagino cómo —repuso esta última, llena de escepticismo—, ¿no sé cómo te lo tengo que decir?, ¡se marchó de nuestra casa!

—Sí, pero, ¿acaso se llevó sus cosas?, ¡anda!, ¡dime! Cuando una pareja se separa, lo hace formalmente y repartiéndose las cosas. Ya sabes… los discos para mí, los libros para ti… Que yo sepa, vosotros no habéis llegado a ese punto todavía, así que, no puedes hablar con propiedad de separación, solo de crisis, aunque por lo que veo, ¡esta es de las gordas! —el tono de Lola quería ser conciliador, pero Alicia se mostraba mucho más pesimista al respecto.

—¡Bien!, ya se verá a su debido momento.

De este modo, con las últimas palabras pronunciadas en un tono seco y cortante Alicia puso fin a una conversación que empezaba a incomodarla.

Ya comenzaba a clarear el día cuando se acostaron.

El viernes se levantaron muy tarde, casi a la hora de comer. Lola estaba invitada a una barbacoa en casa de unos vecinos con los que tenía una relación más que cordial y pensó que no les importaría si Alicia la acompañaba. Pasaron un día muy agradable, ya que los vecinos eran gente educada y encantadora.

Tenían un par de niños, uno de tan solo unos meses de edad, y Alicia no pudo evitar imaginarse como sería su hijo, todavía un puntito diminuto creciendo en el interior de su vientre, a la edad de ese pequeño. La invadió un sentimiento de ternura tan grande que tuvo que esforzarse para que a sus ojos no se asomaran unas lagrimitas de emoción. Pero trató de disimular sus sentimientos porque prefería no hablar de su incipiente embarazo, ni quería dar explicaciones a extraños, por muy amigos de su amiga que fuesen.

La sobremesa se prolongó hasta muy entrada la tarde y para cuando volvieron a la casa de Lola ya era prácticamente de noche. Ninguna de las dos quiso cenar, ya que la comida había sido opípara, pero, volvieron a retomar, casi de forma inmediata, la conversación de la noche anterior. Se repitieron las mismas frases, casi palabra por palabra, llegando a las mismas conclusiones que la víspera, aunque, en esta ocasión, se retiraron a descansar  a una hora mucho más prudente.

 

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
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