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Sus vidas, aun y con todas sus diferencias, no dejaban de tener cierto paralelismo. Lola acabó su carrera de historia del arte, pero debido a que no tenía salidas muy prometedoras, fuera de dar clases, bien en secundaria o bien en enseñanza universitaria, aprovechó la ayuda de su acomodada familia para montar por todo lo alto una tienda de antigüedades.

Tuvo muy buena aceptación, sobre todo por un público de cierto nivel adquisitivo. De esta forma, había sido capaz de compaginar pasión con negocio.

En general, salvo la primera época en la que apenas cubría gastos, y en la que sobrevivió, otra vez, con la ayuda inestimable de la familia, había acabado yéndole muy bien, incluso había podido recompensar con el tiempo a los suyos, en especial a sus padres, con ciertos detalles más que generosos por su parte.

Su próximo deseo era abrir una galería de arte. De momento, el proyecto estaba apenas iniciado, pero estaba poniendo toda su ilusión en ello.

A Alicia, en cambio, le había costado algo más abrirse camino. Aunque también había acabado conciliando, al igual que su amiga, la obligación con la devoción. Primero había empezado trabajando por cuenta ajena en un salón, aunque los sueldos en el sector no eran demasiado boyantes.

Su único afán había sido abrir su propia peluquería, pero para eso necesitaba tener ciertos ahorros, y tan justa de dinero como solía ir, no era tarea fácil. Su familia también la ayudó cuanto pudo, pero era gente mucho más modesta que la de Lola. Sin embargo, juntando los pequeños capitales de todos —padres, hermanos y abuelos—  a los suyos propios, más un pequeño préstamo que le concedió el banco, eso sí, poniendo como aval la vivienda familiar, al final consiguió su propósito. Su responsabilidad había sido muy grande, ya que si las cosas le hubieran ido mal sus padres podrían haber perdido el piso, que constituía su única posesión material.

Aunque al principio se mataba echando horas, por no querer contratar a nadie más hasta que las cuentas estuvieran claras, le fue, quizá, mejor de lo hubiera pensado en un principio.

Era verdad que los seis u ocho primeros meses apenas le daba para sufragar costes       —suerte que todavía vivía con sus padres y no tenía que preocuparse de necesidades más perentorias—, pero al poco, una vez  hubo reembolsado la mayor parte de la inversión, empezó a obtener modestos beneficios, a pesar de que no, por ello, dejaba de devolver a sus familiares, poquito a poquito, el dinero que entre todos le habían dejado.

Lo cierto era que público no le había faltado desde el primer momento, ya la situó en un barrio del extrarradio, donde vivían muchas familias, pero había pocos negocios y la acogida fue extraordinaria desde el principio.

Con el tiempo, cuando se ya estabilizó del todo su economía, busco un modesto apartamento en la zona y se mudó, dejando a sus padres desconsolados por su marcha.

Ella trató de convencerles diciéndoles que era ley de vida, que los hijos, llegado el momento tenían que volar solos, y pese a que no parecían convencidos del todo, no les quedó más remedio que aceptar la voluntad de su hija, y fue, al encargar los armarios empotrados para su nuevo hogar en la carpintería de Emilio, cuando conoció a Ignacio y comenzaron la relación. A los pocos meses invitó a Ignacio a trasladarse a vivir con ella. Desde entonces y hasta el momento actual, pese a algún altibajo ocasional la relación había sido sólida.

Claro está, que Ignacio no había sido ni mucho menos su primer novio, pero sí con el que había llegado más lejos y con el que había establecido un proyecto de vida en común y que ahora se hallaba amenazado de muerte.

Sin embargo, en las cuestiones de amoríos Lola parecía haberse llevado la peor parte. Había pasado varios años siendo pareja de un pintor de poca monta. Lo que le faltaba de talento lo suplía con su exagerado ego y su mal carácter. La había tenido amargada, haciéndola incluso sentirse culpable por sus fracasos continuados.

Aunque había llegado a estar muy enamorada de él, al final, lo había abandonado porque sus extravagancias, impropias de un artista de segunda como él, y su temperamento taciturno hacían la convivencia más que difícil.

Por eso, ahora que veía a su amiga ante una situación similar a la que ella había pasado no hacía tanto, volcaba en ella toda su solidaridad y empatía, aunque había sido del todo  sincera al decirle que no pensaba que ellos hubieran puesto el punto final a su relación.

 

 

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
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