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A primera hora de la mañana, tal como tenía previsto, Ignacio salió en el tren que le llevaría de retorno a hogar. Se preguntó si todavía lo tendría, al fin y al cabo, el piso era de Alicia y él había vivido allí en calidad de consorte. Pero, de momento, no tenía otro sitio a donde ir, y, además, todas sus cosas las seguía teniendo allí.

Alicia también regresaría pronto, porque a ambos se les acababan las vacaciones y el lunes debían volver a sus respectivos trabajos. Le pareció que lo más conveniente sería ir a casa y esperar allí su regreso. Tendrían que hablar sobre ellos, sobre los últimos acontecimientos.

Ahora que se acercaba el momento clave ya no estaba tan seguro, ni mucho menos, de que Alicia fuese a disculparlo con tanta facilidad. Pero debían comportarse como seres civilizados y si ella no lo perdonaba no le quedaría más remedio que aceptarlo. Le pediría unos días para buscarse otro  lugar donde vivir y se marcharía de su casa. «¡Bastante daño le he hecho ya!», pensaba contrito.

El viaje de vuelta, todo lo contrario que el de ida, se le había pasado en un suspiro. A la hora de comer ya había llegado el tren a la estación. Pensó en su nevera vacía y se comió un bocadillo allí mismo.

Luego tomó el autobús para volver a casa. Se dio una ducha que lo dejó como nuevo  y le hizo olvidar todas las veces que lo había hecho en el deprimente baño de la pensión.

A continuación, se echó a descansar. Luego, como el calor no invitaba para nada salir a la calle, se puso a ver la tele para distraerse. Esta vez, tuvo algo más de suerte que en las anteriores ocasiones, porque, aunque antigua, estaban pasando una buena película de cine negro. Se mantuvo entretenido con ella durante un buen rato.

Después sintió hambre de nuevo, pero la nevera seguía vacía, así que se decidió salir a comprar algo en el súper que había al lado de casa: cosas elementales como pan, leche, huevos, patatas… Se haría una buena tortilla ya que la cocina se le daba bien.

Ya por la noche, una vez hubo cenado volvió a encender el televisor, pero sin  prestarle mucha atención, ya que no podía sino darle vueltas y más vueltas a su complicada situación. En un arranque de optimismo, se decidió a cambiar las sábanas, por si Alicia volvía también esa noche.

Luego pensó en la inutilidad de ese gesto, ya que lo más probable era que si ella regresaba, a él le tocara dormir solo en el sofá. Aun así lo hizo. Luego se recostó en el sofá y mientras se iba devanando los sesos con todas esas cuestiones, el agotamiento le hizo quedarse dormido. Al cabo de un tiempo, se medio despertó, pero como no le apetecía irse a la cama sin Alicia, apagó la tele, y también la luz para evitar que le comieran los mosquitos. Volvió a quedarse profundamente dormido en el sofá, exhausto como estaba, con las piernas estiradas, tan largas como eran.

 

 

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
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