0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

El traqueteo monótono del tren lo había amodorrado, pero la brusca parada en un apeadero, le devolvió de nuevo la conciencia. Miró por la ventanilla y vio un paisaje vasto y desértico, de colores pardos, agostado por el sol del verano. Se dio cuenta de que su pesado compañero de viaje, que tanto le había importunado con su cháchara incansable, ya no estaba, y suspiró aliviado. Ahora podría viajar tranquilo el resto del trayecto.
Pensaba que ya no debía quedar mucho para Valdetoro, tan solo una hora, a lo sumo hora y media. No estaba acostumbrado a viajar en tren y le costaba hacer el cálculo pero, a juzgar por los kilómetros que quedaban, el viaje pronto tocaría a su fin.
Intentó planear una estrategia. Lo primero que haría sería encontrar alojamiento. Eso lo tenía claro pero lo que ya no tenía tan claro era cómo continuar. Parecía una locura intentar encontrar a Alicia de esa manera, presentándose en el lugar en el que se perdía su pista, y casi pretendiendo que apareciese como por arte de magia. No se le ocurría ningún plan que tuviese una mínima garantía de éxito. «¿Será mejor preguntar en los hostales, o, por el contrario comenzar por los talleres de de coches?», pensó agobiado por las circunstancias. Casi le parecía una duda existencial…
En ese tramo, el paisaje cambiaba, se hacía algo más abrupto y comenzaba a verdear. De vez en cuando, pequeños pinares se alzaban en algunas laderas, poniendo el contrapunto al azul del cielo. La silueta de algún chalé se contoneaba desafiante sobre el claroscuro del monte haciendo desistir a Ignacio de la idea, por otra parte absurda, de que esos remotos parajes estaban por completo deshabitados.
Pensó en cómo sería Valdetoro, si se parecería a algún otro pueblo de los que él había conocido. Cerró los ojos, y, sin darse cuenta, volvió a quedarse dormido. Al fin, sobre las 13:30, y sin retraso, según el horario previsto por RENFE, llegó el convoy a su destino.
La primera impresión que se llevó Ignacio de Valdetoro, fue bastante mala. El paisaje era tórrido y desabrido. El pueblo le resultó bastante inhóspito y para remate, la estación quedaba algo retirada del casco urbano; así que no le quedó más remedio que caminar bajo el sol abrasador del mediodía durante un buen rato.
Por fin, vio un bar que le inspiró cierta confianza y pensó que era un lugar tan bueno como otro cualquiera para iniciar sus pesquisas. De allí lo mandaron al Hostal Paqui, el mejor del mundo entero en opinión del camarero que lo atendió.
La habitación donde se instaló no podía ser más penosa. Las paredes estaban llenas de desconchones, ya que hacía siglos que no habían visto una mano de pintura. El baño, a pesar de que saltaba a la vista que lo habían limpiado con escrupulosa meticulosidad, apestaba a lejía revenida y tenía un aire de decrepitud altamente contagioso, para el que Ignacio no estaba vacunado en absoluto. En la cama, sobre las sábanas, ásperas como un papel de lija y con algún que otro remiendo, lucía una raída colcha de hilo blanca, que amarilleaba en algunas zonas y que también se veía carcomida por la polilla en varios puntos. Ya, para colmo, la única ventana, en lugar de dar a la calle, se asomaba a un sombrío patio de luces. ¿Se podía pedir más…? O menos, según se mire.

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

Últimos post porAvelina Chinchilla Rodríguez (Ver todos)

0.00 Promedio (0% Puntuación) - 0 Votos

Comentarios

Deja un comentario