Dos horas después y con la ayuda de  Juan entraba de tapadillo en el dormitorio del anciano. El cuarto olía a una extraña mezcla de lejía rebajada y colonia de lavanda. Al entrar puede verlo recostado en la cama. Me pareció un viejo vulnerable y frágil que, pese a ello, dormía de manera plácida, como si ningún peligro pudiera ya alcanzarlo. Tenía los pómulos muy marcados y todas las arrugas del mundo surcaban su tez morena. Juan le tocó con suavidad el hombro.

―Despierte, abuelo. Ya está aquí aquella señorita de la que le hablé. ¿Lo recuerda? Al final la he convencido para que viniera. Ella escuchará lo que tenga que contarle.

El anciano abrió los ojos y su rostro se iluminó de repente. Me pareció que irradiaba una sabiduría y humanidad propia de tiempos pretéritos.

―Pues claro que me acuerdo ―repuso de manera muy lúcida, aunque con una voz algo vacilante―. El tiempo nos apremia. En cualquier momento me puedo ir para el otro barrio, donde llevan esperándome desde agosto del 36 ―se le escapó una media sonrisa al pronunciar aquellas palabras―, así que, empecemos cuanto antes.

Me sorprendió mucho su carencia de acento andaluz, pero no dije nada al respecto.

―Entonces, será mejor que yo me vaya. Señorita Zurano, avíseme cuando termine.

Juan salió de la habitación y cerró la puerta, dejándonos cara a cara al anciano y a mí.

―Le importa que grabe la entrevista ―le pregunté mientras sacaba un viejo y aparatoso casete compacto, toda una antigualla. Con la informática bajo amenaza, era lo mejor que pude procurarme para la ocasión.

―En absoluto, señorita. Puede hacer lo que quiera. ¿Cómo se llama?

―Me llamo Alma Zurano. ¿Y usted? ¿De verdad es Lorca? El caso es que sí que se parece, aunque claro los únicos retratos suyos que conozco son de cuando era joven… ―dudé.

―Por la gloria de mi madre, le juro que sí, que soy Federico García Lorca. Ya sé que es difícil de creer. Fusilarme me fusilaron, no se vaya a creer que no lo hicieron, pero sobreviví. A veces pienso que la misma inquina que me tenían aquellos fascistas fue lo que me salvó. Como los primeros tiros fueron para mí, caí al suelo inconsciente antes que los demás. La montonera de cuerpos que se formó después debió de protegerme de nuevos impactos.

―Aun así sigo sin comprender que pudiera salvarse, que pueda escuchar esta increíble historia de boca de usted. ―Le miré a los ojos llena de asombro―. Si perdió el conocimiento y estaba herido, quizás alguien lo ayudaría… ¿no? Me parece imposible que escapara solo de allí. ¿Cómo es que nadie echó de menos su cadáver? ―con el  hombre allí, delante de mí y todavía vivo, sentí cierto reparo con aquella palabra.

―Puede decirse que la suerte estuvo de mi lado. Por lo visto, acabada la faena, los hombres muy exaltados por la carnicería que acababan de cometer, lo celebraron por  todo lo alto allí mismo. Corrió el vino y acabaron ebrios sin tan siquiera haber enterrado a los muertos. No hicieron bien el trabajo y aquel descuido propició que yo haya seguido con vida. Al menos hasta ahora ―pude apreciar un sarcasmo en su voz―. Un padre y su hijo pasaron por allí mientras los asesinos todavía dormían la mona. El joven tenía el oído muy despierto y oyó mi quejío que salía de la pila de cuerpos inertes ―la  palabra quejío sí que la pronunció con un auténtico deje granadino―. Aquellos hombres eran buena gente y aun riesgo de sus propias vidas pusieron todo su empeño en salvarme. A día de hoy todavía les agradezco cuanto hicieron por mí. Hace mucho que no sé de ellos ―se lamentó mientras una escueta lágrima que consiguió conmoverme le resbalaba por la mejilla―. Lo más seguro es que ya estén muertos, como yo también lo estaré muy pronto.

― ¿Y qué pasó después? ―pregunté fascinada por la narración del vejete, aunque todavía tenía mis dudas―. Si sobrevivió a aquel funesto episodio, ¿por qué ha permanecido oculto todo este tiempo? ¿Y por qué ahora quiere contarlo?

―Esa es una historia muy larga, pero intentaré resumírsela lo mejor que pueda. Es verdad que no morí, pero mi vida pendía de un hilo. Tenía heridas muy graves.

 

Photo by seier+seier

Avelina Chinchilla Rodríguez
Soy médica de profesión (con la especialidad de microbiología clínica) y escritora por afición. He publicado en antologías de relato y poesía. En solitario tengo tres libros de poemas "El jardín secreto" y "Paisajes propios y extraños" y "10 horizontes para una tierra de versos", un libro de relatos "Y amanecerá otro día", una novela romántica "La luna en agosto" y una juvenil, "El inspector Tontinus y la nave alienígena", primera entrega de la saga Univero Belenus. Cada nuevo proyecto me llena ilusión me hace avanzar.
Avelina Chinchilla Rodríguez

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