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El bullicio de las gentes recorriendo las conglomeradas calles de la gran ciudad. Las luces, que como un destello en medio de la oscuridad iluminan nuestros cielos. Los hombres y las mujeres; los primeros, vistiendo sus bellos y engalanados trajes cubiertos por grandes capas, negras y rojas; las segundas, vistiendo sus bellos vestidos dorados, adornados con bellas perlas del mar. Como olvidar a los más pequeños y diminutos seres del mundo, los niños corriendo, abriéndose paso a través de las grandes multitudes; felices y dichosos por la celebración. Sin duda, a excepción de tan amigables criaturas, todos los que han acudido a la gran celebración portan bellas y finísimas máscaras. Elaboradas con premura –durante casi un año– por cada habitante de la gran ciudad de Soledad. Sueños, esperanzas y anhelos depositados en tan bellas caretas –que buscan– en su más noble despertar, entregar al mundo felicidad.
Ya no existen los reyes ni los príncipes, y los nobles hombres se han extinguido. Tan solo quedan seres humanos que, protegidos por sus célebres antifaces, se entretienen y escapan por fin de la realidad de sus ajetreadas y tumultuosas vidas.
Se alzan magnánimas las águilas a la distancia; y los bellos y extraños especímenes, que recorren fugaces y sutiles los muros de la bella ciudad. Y yo observo desde lo alto de mi torre a bellos seres jugando a divertirse, ¿no será que disfrutan de los amores? ¿Será que acaso ya no hay sinsabores? Me dispongo y tomo mi máscara con celeridad. Es el momento de actuar. Es el momento de disfrutar. ¿Será que ya ha dado inicio el carnaval?