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Huele a cera de cirio viejo. En la mesa de la pequeña capilla, oscura, arden dos velas. Está todo a media luz, las ventanas cerradas. Solo un rayo de sol entra con fuerza, insolente, para romper el aire denso. Cuando entra el torero la madera cruje. Se acerca a la mesa, al altar. Coloca sobre él, a los pies del crucifijo, sus cuatro estampas -aquéllas del abuelo-. Tras el altar, sobre el terciopelo grana un lienzo grande de la Virgen del Carmen. Se sienta en una silla frente al reclinatorio. Dobla el capote por encima de los antebrazos, cayendo sobre sus muslos. Hace silencio.

Su cabeza altiva, engominada, poderosa, hierve por dentro. Cierra los ojos. Anticipa el drama y se ve después triunfando. Se imagina empitonado y muerto, y después saliendo a hombros. Se ve perdiendo sangre, la mano en la herida, el costado abierto. Luego se ve mirando al cielo, feliz: el triunfo pleno, dos orejas y la plaza que revienta con ovación de gala.

Le sudan las manos. Se le seca la boca y entonces piensa en ella. Se imagina con ella juntos y para siempre y luego se ve solo, sin pareja, triste. Se ve abrazándola fuerte, enamorados y luego la imagina lejos, caminando ella sola hacia ninguna parte. Se ve feliz con ella, imagina los hijos que tendrán, ¡qué guapos! ¡Son cuatro! Luego se ve sin hijos, sin ella, sin nada, vestido de torero. Como ahora.

Hace aún más silencio.

Parece que ha elegido. Y en esa misma tarde, de rosa palo y oro –el traje del abuelo- inmola su sueño de torero en el altar doméstico.

Abre los ojos, se pone la montera, abandona el capote, recoge las estampas y anda hasta la puerta. Entra el sol y la charanga, los ruidos de los bombos, de los petardos y los platillos, la música de samba, el son de chirigota. La fiesta ya ha empezado, corre el vino, la gente está en la calle, todos van disfrazados.
En breve paseíllo se mete entre el gentío. Se junta con la chusma entre gritos de ¡torero torero!, a carcajada limpia de todo el personal. Un grupo de borrachos le pasean a hombros con su traje de luces. Hay grupos con pancartas. Peña “barrio las cruces”, Peña “los merengones”, Comparsa “Los Manolos”. Y de repente él, perdiendo el equilibrio encima de los hombros se encuentra cara a cara con la mirada de ella. Está con sus amigas detrás de su pancarta: Comparsa anti taurina “Un carnaval sin sangre”. Antes de desplomarse desde su trono al suelo, le dice con los ojos: sí.
Y la plaza revienta con ovación de gala.

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