No soportaba más la máscara. La asfixiaba. Demasiado ceñida a su cara, le robaba el aire y llevaba ya un rato resollando y sudando. Las piernas le temblaban, como si sus huesos se hubieran convertido en palillos de dientes y no la pudieran sujetar, hasta que esa opresión la arrojó al suelo, de rodillas.
No quería verse así. Esa debilidad era demasiado desoladora para soportarla. Tenía que luchar. Quitarse esa mascara perversa que ni era, ni reflejaba quién era ella, sólo escupía en los espejos una especie de metamorfosis desastrosa que nunca debió suceder.
Al principio la aceptó con gusto. Parecía bonita, era llevadera. Pero cuando fue acicalándola, siguiendo los consejos del resto, y siguiendo unas intuiciones que no eran tales, aquello comenzó a ser una especie de perifollo que no se correspondía con lo que ella había pensado que fuera en un principio. Y así comenzó la tarea de intentar arreglar esa “no satisfacción” que todos tenían. Ella más que nadie, pero se dejó hacer.
Pero ya no podía respirar, demasiada carga, tanto dolor acumulado en tan reducido espacio. Fue cuando se arrancó esa odiosa careta.
Incluso su estómago dio un respingo por el susto de notar el aire dentro, fluyendo con su sangre y la fuerza de sus manos ayudándola a levantarse del suelo. Era liberador, como reconciliar su yo de antes con su futuro yo.
Se puso en pie. Se miró al espejo. Vio máscaras en blanco en el tocador. Y supo que podría empezar, desde cero o desde cuatro. Desde donde quisiera, hacia donde deseara. Respiró. Lavó su cara. Y pensó “necesito hacer esto”.
La música entraba por su ventana. Cogió la máscara, los pinceles, los colores. El pulso le temblaba. No sabía por dónde empezar. Todo era tan nuevo, tan a estrenar. Aún le dolían los huesos y se notaba la cara demasiado desnuda. Tremenda sensación! Emocionada pensó que reinventaría una nueva máscara. Una que la empujara a nunca más faltar a un baile, ni dejar de oír una melodía, ni permitir que se le escapara una emoción más. A buscar gente con máscaras como la suya, que apotaran a su vida más vida.
Aferró el pincel, y ya sí, decidida se dijo “Ya. Empecemos ya.”

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