ORFEO NEGRO

Cuando abrió los ojos estaba solo. El día era luminoso y una luz blanca se filtraba por la amplia terraza de su estudio de arquitectura, que hacía las veces de bulín en Delfim Moreira, bajo el que se extendía la playa de Ipanema, y la incomensurable infinitud del Atlántico hasta las remotas costas de Namibia.
En la mente flotaba como una nube de humo el recuerdo todavía vivo, muy vivo, de una noche de carnaval en un club de la ciudad; o más bien parecía una casa particular con piscina, césped y barbacoa. No se atrevía a jurarlo, tampoco recordaba con claridad.
La cabeza le estallaba era como si no fuera suya, era un dolor externo como de martillazos que le recorría desde la sien hasta la nuca, de tal forma que el resto del cuerpo parecía una extremidad del mismo dolor, un apéndice que se contorsionaba como el cuerpo de un gusano para encontrar un alivio fugaz.

Fue recomponiendo poco a poco el rompecabezas de la noche anterior, la llegada a la casa, la fiesta en la piscina, los versos hechos música de Moraes y el sabor de la caipirinha que todavía se sentía en sus labios. Siguió recordando todavía acostado. La mirada furtiva de una criatura órfica, el salvaje centellear de sus ojos negros ocultos bajo un antifaz burlón y macabro . La primera sonrisa de su boca mulata, el temblor primero del deseo sexual, volvió a sentir en los labios el regusto al alcohol y al anhelo a los labios todavía no encontrados y tan solo sugeridos. Fueron conversando, eso sí lo recordaba, ella no le dijo su nombre y le quedaba solo el recuerdo fugaz de sus risotadas de loca, de sus labios carnales y de sus dientes de nacar impregnado el recuerdo del perfume suave de una planta carnívora dulce y fatal.

Se agarró a las sábanas para recordar más, comprendió que había perdido su vuelo, aún confuso pensó en cambiarlo, lo haré luego a mediodía ya igual no tiene remedio. Siguió acostado, cogieron un taxi y recorrieron las calles bulliciosas de Río inundada toda del frenesí de la vida brotando a flor de piel, de la comedia humana en uno de sus rituales más lúdicos y ancestrales, el sacrificio de la realidad circundante y la anulación del yo ahogado en el magma de una fatua hoguera colectiva de sensualidades y carnes.

Se recuerda absorto se bajaron en una calle en cualquier calle y se dejaron arrastrar por la riada de cuerpos agitados por el ritmo frenético de las percusiones de los danzarines de samba y ante él la figura imponente de aquel cuerpo cimbreante de aquella criatura desconocida y bella. Era ella todo el misterio de la vida diluido en un baile primario y rítmico que le aturdió los sentidos bañados por su gozo sensual y salvaje; mañana vuelo, que demonios, no me importa qué le voy a hacer. Volvió a sentir el dulce abandono de la noche anterior y su cuerpo permaneció laxo y relajado en la cama.
Hizo esfuerzos pero no recordó mucho más, comenzó entonces la ceremonia de todas las mañanas, de todos los despertares, en que el mundo onírico primero se funde con la cotidaneidad hasta que alguna señal, casi siempre prosaica y vulgar del acontecer diario, nos recuerda que hemos pasado de un plano de la realidad a otra. No estaba seguro de lo que había pasado, ni si aquello tendría algún sentido. Revisó sus bolsillos para buscar alguna pista, alguna señal con la esperanza de volver a verla, o al menos para saber si todo aquello fue verdad. Pero nada había, registró su móvil y repaso los mensajes con el mismo éxito, ninguno.
Decidió vestirse, casi a tientas y todavía mareado. Encendió la tele y en el noticiero anunciaron la tragedia en última hora, el vuelo de Rio a París había desaparecido. Un temblor le recorrió la columna como una espada de hielo, ese era mi vuelo musitó como si hablara con alguien, absorto se sirvió agua y se hundió en el sofá.
Anoche bailé con la muerte atinó a pensar, pero y si todo fue un sueño? se dijo. Entre las sábanas revueltas asomó un antifaz con sus ojos vacíos y su mueca burlona. Turbado se bebió el agua, el sol le calentaba la espalda mientras el movil no paraba de emitir sonidos de aviso, una sensación de vacío profundo le atravesó la garganta como una nausea como en un relato de Camus, se sintió estremecer hasta que sorbo a sorbo fue comprendiendo que al fin y al cabo estaba vivo, aún.

ademar

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