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Odio las fiestas, las aglomeraciones de gente. Me agobio, me asfixio y, al final, siempre termino sintiéndome fuera de lugar. Más si son fiestas de disfraces, mi sentido del ridículo es más fuerte que cualquier otra cosa. Pero a esta tengo que acudir, no me queda más remedio. Sé que van a estar varias de las personas más influyentes en mi sector y puede ser una oportunidad de oro para mi negocio. Eso sí, lo máximo que voy a hacer va a ser ponerme una máscara veneciana que solo me oculta medio rostro. No voy a renunciar a mi estricto traje de chaqueta, mi decoro está ante todo. En cualquier caso, quizá la máscara me ayude a sentirme más cómoda entre tanta gente. Puede que, a pesar de todo, no sea tan mala idea.

Cuando he llegado al impresionante ático de lujo donde se celebraba la fiesta, reconozco que aún me sentía un poco intimidada. Quién iba a pensar que, un auténtico tiburón de las finanzas como yo, podría sentir miedo escénico en situaciones tan concurridas. Más que miedo, pánico. Pero después de tomar tres copas de vino de las bandejas que iban pasando los camareros entre los invitados, ya me he sentido bastante más relajada.

Aún no he tenido la oportunidad de contactar con ninguno de estos magnates a los que se debe mi asistencia aquí hoy, pero lo que sí he logrado ha sido encontrar una sonrisa que me ha cautivado por completo. Acodado sobre la barra, con una máscara similar a la mía pero de color negro y con un disfraz de época con capa y todo, se encuentra el orgulloso portador de la misma. Me mira y sonríe. Siento licuarme por dentro.

Una copita más de vino y ya hemos entablado conversación. Me encuentro muy cómoda con él, tanto, que incluso se me escapan detalles de mi proyecto que no tendría que haber revelado. Pero me encuentro hipnotizada por esa sonrisa.

Abandonamos juntos la fiesta y, mientras bajamos en el ascensor, se desprende de la máscara, para mostrarme los ojos más bonitos que he visto jamás. Ya no estoy licuada, soy una verdadera catarata.

—Quítate la máscara —me pide, en tono meloso, al oído.

Por favor, ¿cómo puede alguien tener esa voz? Suave, grave, varonil, sensual, incluso un poquito erótica. Yo, que hace años que no acato ninguna orden, hago lo que me pide, sumisa.

—No, esa no. Todas las demás.

Madrileña de 40 años. Financiera de profesión, escritora de vocación. Escribo todo lo que pasa por mi mente, dando rienda suelta a esa dosis de locura que todos llevamos dentro, sin encasillamientos. Me encanta partir de una imagen para crear un texto. Y aquí estamos, intentando cumplir mi sueño de la infancia, reinventándome cada día un poquito más. Pero, sobre todo, aprendiendo. Aprendiendo a escribir, aprendiendo a vivir...

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