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“El inspector Tontinus y la nave alienígena”, de Avelina Chinchilla
“Botas de hule”, de Arturo Ortega
“Mar de sueños azules”, por Mar Maestro.
 

 

Estoy incomunicada. Me permitieron hacer una llamada pero nadie me contestó. No conozco a nadie y tendré que esperar hasta que concluyan las averiguaciones, ¿Cómo fue que me convencieron para venir a este lugar? Me enviaron en el último minuto. Maldito viaje.
Salí en la madrugada en un vuelo charter que iba completamente lleno. Algunos cedieron sus lugares a cambio de unos dólares; esa fue la manera de solucionar el sobrecupo. Todo demoró el vuelo por más de dos horas. Estuve tentada a quedarme pero la cita concertada me obligó a desistir. Tomé el vuelo somnolienta y cansada.
Una gran turbulencia impidió que durmiera. Cuando llegamos a El dorado, había clareado por completo. Además de agotada me sentía molesta. Esperé a que bajaran todos los pasajeros para evitar la aglomeración. Tomé mi bolsa de mano y me dispuse a esperar el resto de equipaje en la banda. Vi venir mi maleta y la tomé sin miramientos
Me detuve para llenar el formato de inmigración. No tenía nada que declarar: ni dinero en exceso, ni plantas o animales, ni armas o algo semejante. Tal vez ocupé unos tres minutos en marcar los recuadros de la papeleta. Para entonces, con el tiempo perdido en el desembarque y el trámite del papeleo, los demás pasajeros habían salido.
Me acerqué al módulo de inmigración, papeleta en mano. ¿Por qué nos visita?, preguntó el agente aduanal. Viaje de negocios, contesté.¿ Nada que declarar? Mi respuesta obvia fue no. ¿Qué empresa visita?, Le mostré nombre y dirección. El funcionario revisó mi pasaporte y lo regresó con un hosco adelante.
Acaso había dado unos cinco pasos cuando me vi rodeada por policías y perros. Levante las manos, alguien dijo. Me detuve con sorpresa mayúscula, no sabía qué hacer. Enseguida me condujeron a un cubículo aislado.
Los perros husmeaban alrededor de mi equipaje. Abrieron la única maleta que había recibido. Mis ojos no daban crédito a lo que veían: dentro sólo había paquetes envueltos firmemente con plástico y cinta adhesiva. ¡Ésa no es mi maleta!, grité.
Me he cansado de contar la misma historia a todos los que me han entrevistado. No me creen. He pedido que revisen los vídeos desde mi salida. En algún punto deberá aparecer quien realizó la permuta. No entiendo cómo no me di cuenta del intercambio. ¡Hay tantas maletas iguales!
El lugar es frío, oscuro y húmedo. No he visto a nadie desde hace horas. Estoy sola en un país extraño, con un sabor amargo en la boca, temblando sin querer. Tengo miedo, pienso a quién recurrir. Alguien llega. Una mujer uniformada se acerca a mí y murmura Permítame revisarla. Me toca por todos lados y siento que muero de vergüenza

 

Photo by s4nt1

 
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Lorena Guadalupe Páez Aguirre

Cuando pequeña, soñaba y escribía. Jugaba con mis hermanos a "la escuelita" y yo era la maestra, esto último se cumplió. Durante muchos años gocé de las satisfacciones que deja la docencia en casi todos los niveles, en consecuencia, la escritura se fue postergando. Mis circunstancias cambiaron. Ahora, escribir por fin es prioritario y mi país México, siempre me regala un motivo para hacerlo.
Lorena Guadalupe Páez Aguirre

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